Quimiofilia

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…………Hace unos días, Val St. John y Scott Fish, locutores de una emisora de radio de Florida, fueron suspendidos de empleo por una pequeña broma a sus oyentes. Con motivo del Fools Day, el equivalente anglosajón a nuestro Día de los Inocentes, que se celebra el 1 de abril, los locutores advirtieron a sus oyentes que la red de suministro de agua potable de Florida estaba llena de monóxido de dihidrógeno. Cosa bastante normal: como ya comentamos por aquí una vez, el monóxido de dihidrógeno no es otra cosa que el agua (recuerden, H2O, un átomo de hidrógeno y dos de oxígeno). Pero el resultado fue que los oyentes colapsaron primero las centralitas de los servicios de emergencia con llamadas para preguntar por la contaminación del agua, y luego las de la emisora, protestando por la broma. De hecho, a estas alturas no se sabe cuándo volverán a aparecer en antena Val y Scott, pero según una encuesta improvisada organizada por la emisora, la opinión abrumadoramente mayoritaria entre los oyentes es que no deben volver nunca.
…………Pero junto a este y otros muchos ejemplos de quimiofobia, a nuestro alrededor también tenemos casos en los que ocurre todo lo contrario: hay una especie de “quimiofilia”. Eso sí, tan mal entendida como la fobia, ya que, al fin y al cabo, es el producto de nuestra ignorancia, hábilmente aprovechada por fabricantes y comerciantes.
…………Volvamos al supermercado, pero esta vez al estante de la leche. Encontrar un envase que contenga solo eso, leche, sin estar “enriquecida” con calcio, fósforo, vitaminas, isoflavonas de soja, ácido oléico y demás es toda una proeza, solo comparable a la de localizar un yogur que esté compuesto únicamente por yogur. La de los alimentos enriquecidos es una auténtica fiebre, tan potente que nos permite superar nuestro miedo a los aditivos (al fin y al cabo, todas esas cosas son eso, aditivos) buscando esos beneficios para nuestra salud que prometen todos estos productos.
…………Que esa es otra. Hace algún tiempo, las autoridades europeas decidieron poner freno a las afirmaciones propagandísticas acerca de las propiedades saludables de los alimentos enriquecidos y productos “funcionales”. Si un fabricante, por ejemplo, quería vender un mejunje asegurando que fortalece las defensas del organismo, tenía que demostrarlo con los estudios clínicos pertinentes. El resultado inmediato fue una retirada masiva de este tipo de publicidad, que duró justo hasta que los fabricantes descubrieron que la misma normativa europea que contenía la ley tenía la clave para la correspondiente trampa: un anexo de afirmaciones permitidas. Así que, siguiendo con el ejemplo anterior, si el producto en cuestión contiene más de un quince por ciento de la dosis diaria recomendada de vitamina B6, resulta que sí se puede decir que ayuda al sistema inmunitario. De modo que el fabricante (los fabricantes, porque son muchos los que nos venden este tipo de potingues) se ha limitado a añadir un poco de vitamina a su fórmula original, añadir un asterisco hábilmente disimulado en su etiqueta, y seguir vendiéndolo como si esa “ayuda a las defensas” dependiera del ‘lactobacillus’ de turno y no de unos pocos miligramos de algo que podemos ingerir en mucha mayor cantidad, y a mucho menor precio, comiéndonos cualquier pieza de fruta.
…………Como dice el químico José Manuel López Nicolás, de quien he tomado ese ejemplo, el resultado de esto es doble: por un lado se está legalizando lo que en la práctica es un engaño al consumidor, pero por otro se está poniendo un freno a la investigación sobre los alimentos enriquecidos. Volvamos al ejemplo anterior: ¿para qué van a invertir las empresas en desarrollar un ingrediente que ayude realmente al sistema inmunitario si de acuerdo con la legalidad europea basta con añadir unos miligramos (o microgramos) de una sustancia común para poder afirmar eso mismo? Total, la publicidad va a ser la misma, y probablemente el sobreprecio del producto también, pero los costos de desarrollo y producción son muchísimo menores.
…………Pero hay un tercer aspecto: el de la quimiofilia mal entendida. Lo fácil y barato del truco supone una tentación para que los fabricantes hagan más atractivos sus productos simplemente aludiendo a las propiedades saludables de cualquier aditivo, o incluso a las del propio producto. Con la normativa europea en la mano, podrían vendernos un zumo de naranja del que se podrían hacer nada menos que quince afirmaciones de ese estilo (desde que “ayuda al normal funcionamiento del sistema inmunitario” hasta que “contribuye a la protección de las células frente al daño oxidativo”) simplemente porque todo eso se puede decir de los alimentos ricos en vitamina C. O una leche que “contribuye al metabolismo energético normal”, al “funcionamiento normal de las enzimas digestivas” y hasta “al proceso de división y diferenciación de las células”, cualidades que pueden pregonarse… del calcio que contiene. Solo que, visto lo visto, probablemente los fabricantes aprovecharían para “enriquecerlos” con algún producto inocuo (o alguno de los contenidos en la larga lista europea para meter alguna afirmación saludable adicional) y, sobre todo, para vendérnoslo con el correspondiente sobreprecio.
…………Porque, claro, eso de que un potingue haya sido “enriquecido” y que nos lo vendan como algo que “contribuye a mantener las funciones físicas y cognitivas normales” y “a la regulación normal de la temperatura corporal” seguro que nos anima a rascarnos el bolsillo para pagar por él un poco más… aunque, con la normativa en la mano, lo único que nos están diciendo es que contiene monóxido de dihidrógeno. O sea, agua.

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