La tontería del horóscopo

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Signos del zodiaco, pseudociencia

Dejando aparte el hecho de que el Sol nos proporcione energía y que la Luna, a través de las mares, probablemente haya jugado un papel decisivo en la evolución de la vida en nuestro planeta, si lo pensamos fríamente, los astros solo pueden influir en nuestro destino de dos maneras: ofreciéndonos un espectáculo cambiante en el cielo de cada noche y haciendo que todos los niños quieran ser astronautas cuando sean mayores. Mi hija ha disfrutado de las dos cosas: le gusta asomarse al jardín para ver sus estrellas favoritas (Arturo, Deneb y Altair, por razones que desconozco), y en su día llegó a llorar cuando, a pesar de sus ruegos, le dije que no podíamos ir a Marte a darle un empujoncito al robot Spirit para sacarlo de su atasco. Pero quizá por eso mismo, porque sabe que las estrellas son ni más ni menos que enormes esferas de gas incandescente y que los planetas y satélites, por mucho que le fascinen los anillos de Saturno o el aspecto de pizza un poco pasada que presenta Io, son en el fondo simples aglomeraciones de metal, roca y gas, encuentra incomprensible que haya personas dispuestas a creer en la astrología. O, como dice ella, en la tontería de los horóscopos.

En el fondo, la astrología y otras creencias afines no son más que una muestra de las limitaciones de nuestro cerebro. Si creemos que la Luna llena provoca un incremento en los nacimientos es fácil que hagamos la conexión entre nuestro satélite brillando en el cielo y el hecho de que los vecinos del quinto izquierda acaben de tener un bebé, pero si el niño ha nacido con Luna nueva la idea ni siquiera se nos pasará por la cabeza, sencillamente porque no la tendremos a la vista para recordárnosla. Y si el horóscopo nos advierte de que podemos tener problemas de salud y da la casualidad de que ese día pillamos un constipado es comprensible que pensemos que el astrólogo de turno ha acertado (aunque haya redactado sus pronósticos sacando papelitos al azar de una caja de zapatos, como suele ser el caso), pero no nos acordaremos de las muchas veces que nos pronosticó lo mismo y estuvimos más sanos que una manzana, o de cuando pillamos un gripazo de alivio a pesar de que los Libra, según ese mismo periódico, íbamos a disfrutar de un día estupendo. En esto, como en tantas otras cosas, recordamos más “los aciertos” (aunque sean meras coincidencias) que los fallos, y más en un mundo como el de la astrología, que se caracteriza por su lenguaje ambiguo, sus pronósticos vagos y sus predicciones personalizadas que en realidad son aptas para todo el mundo.

Y sin embargo, hay maneras de verificar este tipo de cosas. Las estadísticas demuestran que el número de partos naturales que se producen cada día es prácticamente el mismo, sin relación ninguna con las fases lunares (para sorpresa, por cierto, de buena parte del personal de las maternidades). Los cruces de datos de fechas de nacimiento y, por ejemplo, profesiones, muestran que nuestro signo astrológico no tiene nada que ver con la profesión que tengamos (o, tal y como están las cosas, la que teníamos antes de engrosar las listas del paro). Y en los pocos casos en los que sí se producen desviaciones respecto a lo que cabría esperar por puro azar, las causas tienen muy poco que ver con que Júpiter esté en Virgo, en Aries o en Ofiuco. Por ejemplo, contando con las cesáreas y los partos provocados sí que se aprecia un pequeño incremento en el número de nacimientos justo antes de Navidad, Semana Santa o el mes de agosto, pero las causas, más que en el cielo, están probablemente en la disponibilidad de oxitocina y la inminencia de las vacaciones. Y cuando algún astrólogo ha descubierto que entre los deportistas de élite predominan ciertos signos zodiacales (Acuario, Piscis o Aries en el fútbol o el baloncesto, por ejemplo), ha echado las campanas al vuelo pensando en que por fin había encontrado una prueba científica de su superstición, sin pararse a pensar algo tan sencillo como que, a lo largo de su formación escolar, los nativos de esos signos solían ser más altos y más fuertes que sus compañeros de clase (ya que habían nacido a principios de año y les llevaban algunos meses de ventaja), y por tanto eran los preferidos por los entrenadores de equipos infantiles y juveniles.

Pero quizá los resultados más significativos son los que se han obtenido con el estudio de los llamados “gemelos astrológicos”. La hipótesis de partida de la astrología es que, de algún modo, la posición relativa de los astros en el momento del nacimiento influye en la personalidad y el destino del recién nacido, pero si esto fuese cierto estudiando la personalidad y el destino de dos personas nacidas en el mismo lugar y al mismo tiempo tendríamos que encontrar por fuerza numerosas coincidencias. Y aunque hay que descartar por razones obvias a los gemelos biológicos (que al fin y al cabo suelen criarse en el mismo entorno), lo cierto es que sí podemos encontrar muchos otros casos de personas cuya carta astral resulte absolutamente idéntica: en cualquier ciudad de cierto tamaño es inevitable que se produzcan varios nacimientos al mismo tiempo o con tan pocos minutos de diferencia que los bebés, en la práctica, son eso, “gemelos” desde un punto de vista astrológico.

Se han llevado a cabo varios estudios de este tipo, algunos con muestras más que repetables; Geoffrey Dean, por ejemplo, consiguió realizar el seguimiento de nada menos que dos mil cien parejas de “gemelos astrológicos”, nacidos en Londres entre el 3 y el 9 de marzo de 1958. Pero los resultados siempre han sido similares: cada uno de esos supuestos “gemelos” resulta ser, como suele decirse, de su padre y de su madre, y no hay más coincidencias entre ellos que las que pudiera haber entre dos personas cualesquiera.

Así que volvemos al principio: el Sol sigue proporcionándonos energía, la Luna (llena, nueva o en cualquier otra fase) sigue provocando con regularidad las mareas, mi hija Alicia aún estará a tiempo de ver a Arturo antes de que desaparezca del cielo nocturno por el Oeste, y ella, como cualquier otro niño de su edad, seguirá soñando con viajar a Marte para ver el Monte Olimpo, acompañar al Curiosity o darle un empujoncito al pobre Spirit. Pero la astrología, en realidad, sirve como mucho para que mi hija se eche unas risas diciendo aquello de: “¡Pero qué cosa más tonta!”

Y, como ven, en eso también tiene toda la razón.

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