La sonrisa de Maquiavelo

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28.000 dólares

Las estupideces hacen del mundo un lugar maravilloso. Decidme si nunca os habéis preguntado qué sería de él sin personas que, en vez de blandir la daga de la ciencia y del lógico discernimiento, suben a tribunas y pregonan la peste del bulo, es decir, publican a voces las falsedades que llevan para vender. La erudición científica se puede emplear para buenos o malos propósitos, pero el ocultismo, la seudociencia y las fábulas imposibles, obra e inventiva de ambiciones e intelectos rastreros, sólo acarrean el germen del mal: una equivocación irreflexiva o una vileza deliberada pero, así, mal en cuanto a que de ninguna forma es beneficioso. Por mucha intención de poder que viera Nietzsche o que Lyotard y otros posmodernos, plegándose a la tónica generalizada del último siglo, discutan la credibilidad de ciertas metanarraciones, respalda lo verdadero quien hace buen uso de la razón y es consciente de sus límites.

Pero no os hagáis los tontos: lo mismo suponen las engañifas paganas que los milagros de las religiones corrientes, ya que las unas y los otros se estrellan contra una robusta incredulidad en cualquier mente saludable. Dice Fernando Savater en ¿Ciudadanos o feligreses? que ha vivido lo justo “para no pretender privar a nadie de ningún consuelo que pueda hallar frente a la desbandada del tiempo y el dolor”, aunque no lo comparta. Pero el fin no justifica los malos medios, frase manida y, sin embargo, de ningún modo discutible porque no podemos admitir lo opuesto de forma instrumental, alejada de la ética en la tesis espuria de El príncipe. Hay que asumir lo que viene a nosotros sin temor, no caer en la debilidad de las falsas promesas en boca de mercaderes de misterios o predicadores de pacotilla, responsables de los dañinos bulos, aceptando lo que conocemos sin duda y que aún nos queda un montón por aprender. De lo contrario, nos hallaremos en las garras de la irracionalidad, a merced del dolor que sobreviene cuando nuestras concepciones absurdas se dan de narices con las realidades del mundo; y nos sentiremos tan desconcertados como quien, muy devoto, no comprende la actitud divina ante sus desgracias a pesar de que los caminos del Señor sean inescrutables, una triste evasiva que no aclara nada porque nada hay que aclarar; y seremos tan ridículos como el falto que, sin saber que existe la pareidolia, pagó veintiocho mil dólares por un emparedado de queso en el que se veía la supuesta cara de la Virgen; como los palestinos que descubrieron el nombre de Alá en el pelaje de una res que nació el día en que asesinaron al barbudo Sheikh Ahmed Yassin, líder de Hamás; como el cura polaco que aseguró ver el perfil del difunto Wojtyla en la foto de una hoguera; o esa anciana de Chicago y su hija que dijeron haber visto también la imagen de la Virgen en la panza de la tortuga que su parentela tiene como mascota. En este último caso, la portavoz de la Archidiócesis con sede en la ciudad declaró que, si algo como eso provoca que ciertos individuos piensen en Dios y se dignen a rezarle, ha de ser algo provechoso. Maquiavelo sonreiría en su tumba.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

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