Los filisteos

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…………Cualquiera diría que voy a lanzaros una perorata alucinada como las de aquel mártir tarsence. Pero descuidad, que aún no se me ha ido la chaveta ni el nombre de mi columna se refiere a esos filisteos, a los que lucharon contra los israelitas en el año catapum, sino a los que demuestran con sus opiniones que tienen la sensibilidad artística de un yunque, un basilisco o, peor aún, el asa de un cubo, y así, juzgan una obra sin las debidas precauciones. Y no os sorprendáis: el pensamiento crítico no es un sombrerete que uno pueda calarse sólo cuando le pinte; hay que tenerlo puesto siempre para evitar las “infecciones cerebrales” que esclavizan nuestra inteligencia en favor de los engañabobos de costumbre, y el artístico es un ámbito como cualquier otro para ponerlo en práctica: sirva de demostración.
…………Si me hubiesen dado una moneda cada vez que alguien me ha dicho que tal obra es una basura o un portento por su ideario conservador o progresista —según la tendencia de cada zoquete—, por no ser fiel a la original que adapta, a la historia verdadera en que se inspira o que pretende contar, poco más o menos, ahora mismo podría ser uno de esos propietarios obtusos de una de las distribuidoras que lastran la evolución de su propia industria, por ejemplo. Y como no ha sido así, me limitaré a afirmar que los que lanzan esas opiniones no tienen ni la más remota noción de en lo que consiste el arte, y no con mayúsculas, sino a secas; desconocen sus procedimientos y su utilidad, su alcance humilde, sus valores y, en fin, lo que podemos considerar sólo suyo y lo que consigue, lo que despierta en las personas.
…………Detestar, negarse a atender y hasta aplaudir una obra dependiendo de su filosofía, o la de su autor, es como si un maestro suspendiera a un alumno, no quisiese corregir su trabajo o incluso le plantara una matrícula de honor por cualquier motivo ajeno a la materia evaluable, como el modo en que se peine. Aunque mi filisteo preferido es aquel que despotrica contra, pongamos, el cine español, no sólo por generalizar de forma tan estúpida tratándose de un asunto de autoría, sino porque, a sabiendas, ni lo huele, ni lo ha olido ni lo olerá: si hay que discernir lo que importa en el arte y lo que no, conocer bien aquello que se critica es tan elemental que resulta vergonzoso hasta decirlo.
…………Pero, para lo que nos interesa, ni la fidelidad histórica o en la adaptación ni la ideología sociopolítica de un filme o de una novela son valores artísticos. Las podéis analizar para una mayor comprensión de la obra, pero no deben influir de ninguna manera en lo que opinéis sobre la misma; como tampoco el carácter, las opiniones ni la trayectoria vital de su autor tienen nada que ver con el análisis de las virtudes o los defectos de su trabajo; ni siquiera su trayectoria artística debe condicionar el examen que hagáis de una composición concreta. De lo contrario, os guiaréis por prejuicios ridículos y vuestro criterio resultará tan injusto que seréis un caso claro de lo que alguien llamó “indigencia intelectual”: la del filisteo, la de la persona que carece de recursos mentales, de útiles adecuados para comprender y juzgar una obra artística; y eso sí que os convertirá en pobretones de espíritu, no por flaqueza ni falta de iniciativa, sino por ineptitud. Y es que, para muchas cosas, dicen que lo que cuenta es la intención, pero la crítica de arte, incluso la no profesional, no es una de ellas: la justicia es necesaria en esto porque la mala apreciación de una obra la puede condenar al ostracismo, y eso destruye la única de las funciones del arte que es imprescindible: la catarsis, “la liberación o transformación interior suscitadas por una experiencia vital profunda”, que solamente se consigue, como es lógico, si las obras llegan a algún destinatario, si alguien recorre las páginas de un libro, escucha una melodía o contempla lo que ha de ser contemplado. Y como impedirlo es labor de filisteos, no sé a vosotros, pero a mí que no me cuenten entre sus filas.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

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