Tarzán

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…………Tarzán parece tener una inteligencia notable. De no ser así, no se explica que haya sobrevivido en la selva desde que era un bebé hasta convertirse en un robusto atleta, y que la mayoría de los animales grandes y peligrosos lo teman o se sometan a él, ya sea en el plano personal o en el gutural, rindiéndose a sus hazañas musculares o respondiendo y acudiendo a sus sobrecogedores y famosísimos alaridos tiroleses.
…………Cualquiera diría que, cuando Tarzán pega uno de esos chillidos aterradores, se debe a que se ha esquirlado una tibia al aterrizar malamente en un cocotero por un viaje en liana mal calculado, o porque un hipopótamo le ha pisado un pie, pero no: ese grito pertenece al más genuino idioma tarzanés, con semántica, prosodia y prosopopeya propias, exactamente igual que la voz ‘angagua’, que sirve para todo y que la chimpancé Cheetah entiende a la perfección, al igual que otros muchos bichos que inundan aquellos andurriales (Cheetah, a partir de ahora Chita o la mona Chita, es, para quien no lo sepa, algo así como su novia pero sin derecho a roce, porque ella resulta escandalosamente peluda para un metrosexual de marca mayor como Tarzán, mucho antes de que Beckham inventase la sublimación apolínea y viril de la estilización depilatriz masculina).
…………Tarzán habla esencialmente el angagüés con Chita. El angagüés es el lenguaje más simple del mundo y consta de una sola palabra: ‘angagua’, pero de múltiples usos, y supera en esto al chino, que es la pera en lo que a polisemias se refiere pero ridículo si se lo compara con el angagüés. ‘Angagua’ es simultáneamente verbo, sustantivo, preposición, adjetivo, artículo contracto, pronombre e incluso onomatopeya. Y quien lo dude, que revise las viejas películas de Johnny Weismuller y con sonrojo tendrá que darme la razón, pues verá cosas como estas:
…………Si Tarzán quiere que Chita vaya a su vera, Tarzán dice: “Angagua, Chita”, y Chita va; ¿que Tarzán quiere que Chita traiga agua?, Tarzán ordena: “Angagua, Chita”, y Chita recoge gotas de rocío en una hoja de palmera y se las lleva a su jefe; ¿que Tarzán quiere que Chita distraiga a un rinoceronte que le embiste a toda velocidad mientras él está aturdido, en el suelo, por el revolcón previo que le propinó el animalote?, en estos casos Tarzán no tiene más que exclamar: “Angagua Chita,” y Chita se pone entre el rinoceronte y Tarzán, agita los brazos, chilla, salta, llama la atención del blindado viviente y, una vez que se fija en ella, la chimpanzá hace mutis por babor en pase torero, consiguiendo que el rinoceronte la siga, salvando la vida del hombre mono (así llamado porque buena parte de las chicas que van al cine a disfrutar de sus aventuras siempre dicen lo mismo: “Hay que ver lo mono que es este hombre”).
…………Estos alardes idiomáticos solo están al alcance de los tocados por la fortuna de las deidades protectoras del lenguaje. Yo siempre intuí que el secreto estaba en el matiz sutil de una ligera inflexión en el tono o en la pronunciación del angagüés, que es un dialecto del tarzanés, o quizá una lengua romance; esto último no se supo nunca porque, por una parte, Tarzán se volvió loco y, en su inutilidad, acabó siendo presidenciable de los USA y, por otra parte, cada vez que le preguntaban a Chita por el particular, ella se limitaba a dar saltos mortales para atrás mientras chillaba: “¡Iiiiiii-a-a-a!”, que significa “angagua” en chités, y los lingüistas no sacaban nada en claro al respecto.
…………Tarzán, además de saber idiomas e inventarlos, era un líder nato, rudo como él solo, que gastaba un carácter que no veas: tenía acojonados a los gaboni, que eran unos nativos negros bastante salvajes que corrían muy rápido, que tenían muy mala hostia y que eran mazo de crueles: entre otras lindezas, hacían sacrificios humanos con otros negros porteadores de expediciones, que iban vestidos con pantalones y camisetas, y a los que daban matarile por burguesitos y por presumidos. Los negros porteadores siempre morían chillando como sopranos, lanzando agudos imposibles, tanto cuando expiraban sobre el poste de tortura como cuando, portando grandes fardos, resbalaban y se despeñaban por un barranco de tres mil metros todo para abajo. Estas circunstancias les permitía lucirse aullando con un do sostenido en dieciséis compases que podría horadar incluso el tímpano de Helen Keller y hacía pensar a más de uno que quien se había despeñado era Shirley Temple y no un recio negrazo de 1.90 de estatura y ciento dos kilos de peso.
…………Los gaboni, además de masacrar otros negros más civilizados, también destripaban, despedazaban o descoyuntaban a occidentales vestidos de safari con salacot y pantalones cortos, entre los cuales siempre había un sabio anciano y bondadoso profesor; un gordito bajito, feúcho, graciosillo y también de buenos sentimientos, ayudante del profesor; un treintañero atildado, bien parecido, de bigotillo fino y ademanes aristocráticos, que al final resulta ser codicioso, ambicioso, sin escrúpulos; vamos, un mala sombramalísimo, más malo que la quina; y no me olvido, por supuesto, de la hija del anciano profesor, cuya razón de ser en estas expediciones es dar siempre calabazas al atildado maloso, poner a cien al gordito feúcho (cuya calentura siempre disfrazaba de ternura), a los negros porteadores y, cómo no, a los negros salvajes. Está científicamente comprobado que las hijas de los sabios bondadosos que van de safari siempre están como un queso, circunstancia que hace mucho más humana y comprensible la afición caníbal de los gaboni a antojárseles merendarse a semejantes macizas de prietas carnes y sonrosadas mejillas, por lo cual la ONU, Estrasburgo, la FIFA y la UEFA despenalizaron estas prácticas al entenderlas humanamente comprensibles.
…………Al releer un poco lo que llevo escrito, constato que lo malo de hablar de cosas selváticas es que uno se acaba yendo por las ramas con mucha facilidad y ha de retomar anteriores enunciados difuminados entre tanta divagación africana, porque la información es mucha y el espacio poco. Retomo: Tarzán acojonaba a los gaboni, y esto sucedía porque también era amigo de los elefantes y, cada vez que los salvajes estaban a punto de dar matarile a algún blanco, inefablemente acababan escuchando el grito de Tarzán y, como no eran tontos y esto había pasado ya muchas veces, tenían claro que ese grito era el preludio de acabar masacrados y pisoteados por los proboscídeos (‘elefantes’ en fino, para los de la ESO) que, curiosamente, también chapurreaban el angagüés y, a la orden de Tarzán, genocizaban lo suyo para salvar a los del safari de la peli de turno.
…………Esta aquiescencia hacia la supervivencia blanca frente a la minusvivencia negra es achacable a una conciencia gremial de Tarzán que no en vano es de Blackburn (Lancashire) y siempre toma el ‘five o’clock’ coco, aunque jamás estira el meñique porque en plena adolescencia se lo merendó un mandril durante una siesta profunda. Otros estudiosos apuntan a que no había implicaciones raciales y abogan por una más creíble hipótesis sustentada en que Tarzán iba más salido que la rama de un baobab, y su taparrabos levitaba asombrosamente durante horas pensando en las hijas de los sabios y bondadosos expedicionarios de turno y trataba de hacer machadas para ganarse sus favores. Los de las hijas, claro; no los de los sabios bondadosos.
…………Pero a Tarzán se le acabó el chollo de flirtear con estas chavalas recurrentes porque un día apareció en su vida una maciza expedicionaria perdida que se llamaba Maureen O’Sullivan (a la que él, para abreviar, la llamaba Jane, aunque bien podía haberla llamado Angagua, que suena más selvático). Jane se encaprichó de los tarzanescos pectorales y de su casa construida en la copa de un árbol con todos los elementos y adelantos de un hogar de clase media americana de los años treinta, aunque hechos a modo de los Picapiedra, y se quedó con él. Ya tenían a Chita, que era el equivalente a tener un perro (podían tener una hiena, pero no se saben subir a los árboles y dan muy mal rollo). Para que la estampa “home, sweet home” fuese completa, únicamente faltaba un hijo. Como por entonces en Hollywood imperaba una ley muy pacata en lo de la follandia fuera del matrimonio, era imposible que Tarzán y Jane tuviesen descendencia biológica, de manera que hubieron de esperar a que algún avión se estrellase por allí cerca, que además viajase un niño y que no cascase. Como pasaban los años y no se caía ninguno, Tarzán hizo señales de humo a los guionistas de la Warner Bros., amenazando con que, o se lo concedían o empezaba a fumar y, claro, le procuraron un bebé, superviviente único de un aeroplano siniestrado, al que la atlética pareja vistió con un taparrabillos y le enseñaron a meterse en todos los charcos, lagunas y fauces de cocodrilo para que Tarzán se dedicase a salvarlo todo el rato y así se evitaba que él se anquilosase en su nueva y burguesa vida, que ya le iba saliendo panza.
…………El niño creció y se expresaba con verbo florido y un excelente acento de Oxford, pero Tarzán seguía hablando como los indios, conjugando mal, usando siempre el infinitivo de cinco verbos básicos que le servían para casi todo: “¡Beber, comer, nadar, callar, cocinar!”, lo cual me hace pensar que tampoco era tan superdotado para los idiomas y, por otro lado, que tenía carencias de testosterona porque no necesitaba afeitarse: no le salía barba al muy nenazas.
…………Así que menos lobos, Tarzán; menos lobos.

2 comentarios

  • Responder noviembre 23, 2013

    Gedeón McHale

    Era Maureen O’Sullivan, hombre, no Maureen O’Hara, que cuando se filmó “Tarzán of the apes” tenía 12 años y llevaba coletas y calcetines…

  • Responder noviembre 24, 2013

    Alonso Posadas

    Es que no recordaba cuál de las dos era: Maureen o Sullivan. Tiré por la calle de en medio y me quedé con Hara. Tonterías mías aparte, es un certero apunte. ¿En qué estaría yo pensando? Gracias, Gedeón.

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