Paredes locuaces

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hablar solo

Hablar con una patata no tiene sentido práctico a efectos inmediatos de lograr cosas, pero quien se atreve a hacerlo se atreve con casi todo y, además, se salta a la torera las barreras del “si no es útil, no lo hagas”.

Cuando alguien se rebela contra esa “prohibición” social de hablar con patatas, es fácil descubrir todo un mundo de utilidades insospechadas. Los procesos creativos individuales suelen realizarse en silencio, pero a veces, al hablar con la pared y preguntarle que cómo ve la vida, allí, tan anclada, ella puede darnos su versión, que verbalizaríamos en su nombre, y entonces nacería un conocimiento nuevo que hace que se pueda empatizar con un muro, e incluso idear una historia de amor entre tabiques muy cercanos pero que no pueden relacionarse entre ellos porque uno es el del baño, y el otro, el de la cocina. No pueden verse nunca. A efectos de ser pared, aunque estén separadas por uno o dos metros, sería lo mismo que si una estuviese en China y la otra en la Patagonia: una lejanía intolerable.

De las penurias y alegrías de una pared puede surgir un drama o una comedia interesante. Incluso algún valiente del estilismo palabrósico podría denominar estas conversaciones de paredes como “dramaturgia mural”. Esta pomposa denominación se pondría muy de moda entre neoesnobs de baratillo y cultivados lectores de prólogos, o entre los especialistas en moda que salen en la televisión diciendo las sandeces que suelen soltar los elitistas sobredimensionados en cosas prescindibles, algunos de ellos abanderados de la subjetividad más dogmática, no solo en lo referido a trapos. Sólo por verse uno promocionado por estos estrafalarios últimos reductos de nexo de unión entre la cultura y el respirante medio del siglo XXI, valdría la pena hablar de paredes que escriben iniciales y corazones paredianos en la tripa de humanos que pasaban por allí.

Hay personas que hablan con sus gatos: les dicen cosas y a veces hacen como que el gato les contesta. Para ello, inventan una voz, generalmente aguda: la que se supone que tendría un gato. Pero se avergüenzan de ello. Nunca lo harían en público. Incluso algunos preferirían cantar Els Segadors en el Bernabéu, durante la final de la Copa del Rey entre el Real Madrid y el Betis, antes que admitir que dialogan con su minino como si ellos fuesen José Luis Moreno o Mari Carmen Susmuñecos.

En casa hay dos gatos. Tienen cuatro meses: están en esa edad gatuna en la que corren de un lado para otro como centellas  enloquecidas. El otro día me dio por darles un besito en la cabeza, en ese momento en el que están adormilados y se dejan manosear. Les dije que les daba besitos porque son gatitos pero, sobre todo, porque no son rinocerontes. Me miraban con los ojos muy abiertos, por lo que me animé a explicarles que los rinocerontes no cabrían bien en la casa y que, cuando se subiesen al lavabo como suelen hacer los gatos, lo más probable es que el marmóreo lavamanos cayese en pedazos con gran estrépito, y esto le quita las ganas de besar a cualquiera, por muy cariñoso que sea y por mucho que ame a sus rinocerontes. Aparte, al besar a un rinoceronte en la frente corres el riesgo de que, si el bicho menea un poco la cabeza por el puro placer del arrumaco recibido, lo mismo te mete el cuerno por la garganta y te hace una traqueotomía descomunal, en la que se podría poner una garita de peaje, y si me apuras mucho, una tienda de comestibles.

El gato bostezó. Ni siquiera me concedió un “me gusta”. Estiró las patas y, sin mirarme más se fue a beber, que tenía sed. A mí eso no me molestó, pues los gatos son gatos y actúan como tales, pero le seguí explicando por qué resulta mucho más viable besar gatitos que rinocerontes. Me lo pasé bien y, además, ese episodio me sirvió para estar escribiendo esto, ahora, para La Columnata.

A veces veo por la calle a gente que habla sin ir acompañada; no se ve atisbo de cables o de teléfonos portátiles. Por alguna razón, uno se siente inclinado a observar a esas personas y a imaginar qué terribles secuelas psicológicas de la infancia les ha podido llevar a esa patética situación. Les asignamos todo un entramado de enfermedades de la mente, nacidas de la soledad, de la incomprensión; observamos sus caras, de reojo, tratando de descubrir tics nerviosos, e incluso maletines en los que pudieran portar sierras eléctricas que quepan en un maletín. Tendemos a pensar que están locos, pero ¿por qué?

Imaginemos a Mario Vargas Llosa paseando por su amplio despacho y declamando una historia. “Loco. Está loco. O fumado. Habla solo; pobre hombre”, pensaría la caritativa doña Eduvigis si pudiese mirar por un agujerito de la pared. Pero, como doña Eduvigis es como es, trataría de saber más y aplicaría su escrutador ojo a la cerradura de esa puerta antigua que da acceso al despacho del señor Varga Llosa, con una gran abertura para meter una llave descomunal, de las de antes. La doña descubre, aliviada, que Mario Vargas Llosa no está solo: hay una joven, sentada, tomando notas taquigráficas en una libreta. “Aaah, esto lo cambia todo: no está loco; le está dictando un libro a su secretaria”.

La diferencia entre estar loco y no estarlo es el sentido práctico de las cosas que se hacen. Si cantas estando solo, no pasa nada. Cantar en soledad no está bien ni mal; a nadie le sorprende y nadie juzga la salud mental de nadie por hacerlo, ya que cantar tiene el sentido práctico de divertirnos, de causarnos placer. Sin embargo, declamar monólogos de Shakespeare en soledad es síntoma de locura salvo que el monologuista aclare que es actor y que está ensayando el texto. En este caso, no solo se trata de una labor encomiable, sino que además el solilocuaz queda impregnado de ese prestigio intelectual que suele acompañar a los shakespearianos de oficio.

Mi abuela decía que “comiendo canta, algún tornillo le falta”, o bien que “después de comer, ni una carta has de leer”. Esto era algo que siempre nos sorprendió mucho, porque era una imbecilidad sin pies ni cabeza. La abuela compensaba estas perlas de la insabiduría popular con verdaderas maravillas, como esa frase que siempre me impresionó y que, según la abuela, solía pronunciar su padre en la Guerra Civil española: “Hambre de veinte días y el pan colgado de las estrellas”. ¡Menuda frase! Sólo esto impidió que linchásemos a la abuela, que pretendía cercenar nuestra libertad de leernos la Ilíada tras los postres si nos daba la gana. Nunca supo explicar por qué eso de no leer tras comer. Era lo que había oído de niña y ella lo transmitía, bobamente, por tradición, que es lo que suelen hacer los humanos que están encantados de abdicar de sus privilegios de tales y prefieren la burricie por ser más asequible, más felizmente conviviente con un descansado mantener la cabeza vacía, solo para llenarla de cotidianidades prácticas.

Negarse a hablar solo en razón de una cordura que aplaudiría alguien que no le encuentra el sentido a la autoconversación ajena es negarse mucho y darle demasiado valor a esas personas, a sus parcelitas de creencias con vallas y alambres de espino.

Hablad con vuestro gato, con un libro; hablad con vuestros dedos a los que previamente les habéis pintado caritas de asombro para contarles historias sintiéndoos escuchados. Sed valientes e innovad. Verbalizar pensamientos es ponerle palabras a las ideas, y con esto se consigue que pasen de ser etéreas a resultar densas, tangibles, maleables como la plastilina. Dar volumen a la palabra es como hacer barquitos de pan en el gazpacho: un placer de dioses.

Hablar solo mola. ¿Me lo va a impedir usted? Claro que no, faltaría más. ¡Le invito a unos berberechos!

1 comentario

  • Responder junio 12, 2015

    Morocotó Merembembé

    Surrealista, poético, nostálgico, melancólico, reflexivo, humorístico, tierno. Y todo ello en una sola carilla. Me encantó

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