Estíbaliz sin Sergio

0 Shares 0 Shares ×

Blanco Rivas, Uranga Amézaga, Mocedades, El Consorcio

Cuando Sergio, el de Estíbaliz, ha dejado a Estíbaliz sin Sergio, que era una cosa inimaginable, me han venido a la mente algunos recuerdos del tipo este que siempre me resultó simpático. La verdad es que no tengo ni idea sobre qué pensaba él de esto o de aquello. Sólo sé que era alto y de Bilbao, que cantaba con su chica y en compañía de otros, de toda la vida.

No sé si Sergio era ateo o creyente; ignoro si era nacionalista o no, o bien si se alineaba con lo ‘abertzale’. Ni lo sé ni necesito saber nada de eso. Sólo sé que era un tipo agradable de mirar, de sonrisa fácil, ojos de pícaro, y que cantaba. Pasó de ser un joven enchaquetado con aires de guitarrista de parroquia a convertirse en una especie de ‘hippie’ espiritual, quizá amante del yoga y del tantra. Con pelos largos y barba potente. Encajaba a la perfección con su opuesta, la bella Estíbaliz: chiquitina ella, larguirucho él; canalla él, pudorosa ella; desaliñado él, maqueada ella. Eran diferentes metales que, en afortunada aleación, empastaban perfectamente, como también lo hacían sus voces.

Fueron a Eurovisión en 1975. En pleno estrambotismo textil y capilar, alguien decidió una estética para ellos muy mal pensada, en opinión de muchos, pues Estíbaliz se quedó para siempre con esa imagen de niña ñoña, de coletas trenzadas, acompañada de un zangolotino crecidito, de chaqueta y corbata. Parecía que mismamente cantaban así, todos los domingos, en la iglesia de su barrio.

Ella tenía (y tiene) una voz muy bonita, cálida, brillante, con cuerpo. Él, discreto pero eficaz: su voz se ocupaba de enmarcar, de acompañar con sus armonías las tónicas que ella cantaba o, mejor dicho, trinaba, porque Estíbaliz lanzaba verdaderos trinos como los pajaritos que cantan bien. Sergio a menudo tenía que levantar un poco la cabeza para llegar a los agudos que a veces le exigía el pentagrama, pero el resultado era siempre más que decente.

“¿Quién compra una canción, quién compra una canción? / ¡Por el precio de una, vendo dos!”. No se me ocurre mejor melodía para una letra tan agradable ni mejores voces para entonarla, ni rostros que me la presenten mejor que los de Sergio y Estíbaliz.

Siento un agradecimiento sincero a Sergio, el de Estíbaliz, porque me ha regalado momentos felices mediante canciones construidas para que las emociones se alimenten. Lo hicieron bien y los emotivos como yo se lo agradecemos.

Nino Bravo, Freddy Mercury… La verdad es que no sé de ellos mucho más que la música que hacían y cómo impactaba en mi ánimo. La muerte me separó de lo que podrían haber sido a la vez que los hacía inmortales por lo que fueron.

La muerte está ahí, esperando, detrás de una esquina. Mientras llega, lo mejor que uno puede hacer es labrarse su propia posteridad y lo mejor que nos puede pasar es que esa posteridad sea voluntariamente compartida, por las buenas obras que dejemos al dejar de existir. Es bueno mirar a la muerte de frente y a los ojos para decirle: “Espera un poco, que no he acabado y tengo mil ideas”. Pero a veces la muerte no hace caso y se lleva a gente como Sergio, pudiendo haber hecho mucho más de lo que le dio tiempo a hacer.

La muerte es como ese maestro exigente y regañón, muy deseable para vagos de nacimiento, para dispersos incorregibles, que consigue que sus alumnos se pongan las pilas para que hagan los deberes y sean gente de provecho ante su sombría amenaza.

Por eso, cuando se muere alguien como Sergio, lamento su marcha al tiempo que grito, como Millán Astray: “¡Viva la muerte!”, y luego le añado: “Con tal de que llegue más tarde”.

Y después de vitorearla, me pongo a hacer cosas, no sea que se haga de noche de golpe.

Sé el primero en escribir un comentario