Crónicas y reflexiones de un dadaísta afectado

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vater

Cuando tengo que hacer pis, mi anatomía me permite hacerlo de pie, aun estando vestido, gracias a una ingeniosa combinación de braguetas con cremalleras por un lado y, por el otro, de calzoncillos diseñados de forma que ofrezcan un fácil acceso al organismo requerido para ejercer esta función de evacuación, generalmente desestresante, aliviadora, que mejora la predisposición al buen ánimo. Cuando, además de pis, uno se ve obligado a sentarse rápidamente y se consigue hacer caca copiosamente, sin que nada quede dentro, es entonces cuando se llega a ese nirvana de sentirse uno tan bien que se ve capaz de cualquier hazaña: conquistar un imperio, un príncipe, una princesa, o quizá, con suerte, un puesto de trabajo.

Ramsés II, Alejandro, Augusto, Carlomagno, Gengis… Todos ellos tenían un sensacional tránsito intestinal. Fue gracias a esto, junto con alguna cosa más, lo que les ayudó a dibujar primero e ir redefiniendo después el contorno de los diferentes imperios que se fueron sucediendo.

Alguien permanentemente pálido por no cagar bien lo tiene todo más difícil. Esta es la gran verdad, la gran revolución pendiente. Los gobiernos, para manejarnos, nos quieren  atontados. Es un secreto a voces. Hay quien rumorea que han pactado con las farmacéuticas algo diabólico consistente en echar un producto antilaxante a ciertos alimentos de gran éxito, de consumo popular, para generar personas grises, obedientes, dóciles. Estreñidas, en suma. Gente hinchada que no se revuelva ante nada, no sea que en un descuido se tire un pedo que pele a un perro (me dice mi hija, experta en conspiraciones, a la que he dado a leer un borrador de este escrito, que efectivamente pactaron con las farmacéuticas y también con los farmacéuticos, pero sólo había dos: Juanjo y el señor Rivelles; por contra, las farmacéuticas eran ciento diecinueve mil doscientas doce —el treinta y seis por ciento se llaman María Luisa—; y es por esto que pareció más adecuado decir “farmacéuticas” y no usar masculino neutro porque, al parecer ningún hombre que se precie de serlo quiere pasarse la vida ordenando probetas y matraces, manteniendo todo reluciente, sin polvo, cuidando de que no huela a azufre o a sulfato de amoníaco por los pasillos, y  por eso, nada más terminar Farmacia, estudiaron Ingeniería de Montes: para hacer el cabra por ahí, como Bárcenas, que dada su dilatada experiencia y dedicación esmerada, llegó a ser un cabra mayor, muy avezado; tanto, que le llamaban “Luis, el Avezadón; y es por todo esto que, desde que el mundo es mundo, los ingenieros de montes son también farmacéuticos).

Vivir con miedo a peerse inoportunamente debe de ser algo terrible. Cuando alguien no se atreve a agacharse por si le escapa una ventosidad, es alguien que no se atreve a esforzarse implicándose físicamente en nada. Gente así es gente a la que hay que mover y, por tanto, es gente que se deja llevar. Estas cosas los gobiernos las saben muy bien, como el de los Estados Unidos, que es una de las democracias más manipuladoras del mundo. Esto tan comprometido que digo se sustenta en los desaforados niveles de estreñimiento de sus habitantes. No hay más que ver una película americana en la que salgan americanos medios para darse cuenta de que Estados Unidos es el mayor productor mundial de metano humano. ¿Quién no ha visto alguna de esas ‘road movies’ donde sale mucho paleto de gran tonelaje, mucho ‘country’ con tripas como barriles grandes, mucha Dolly Parton, mucho canalillo de Dolly Parton y muchas cafeterías de carretera, alargadas, con mesas y bancos corridos de ‘sky’ para sentarse, pegadas a los ventanales, con camareras bordes y cocinero maduro, de fuertes antebrazos, en camiseta blanca, gorrito blanco también y una espumadera perenne en la mano? ¿A que en todas ellas salen, invariablemente, tipos gordos, muy gordos, que habrían inspirado a Hermann Melville, con gorra de béisbol o similares, gafas amarillas, una furgoneta con la parte de atrás descubierta y una escopeta en algún sitio a mano? ¿Alguien duda de que un solo Paleto de Arkansas sea capaz de acabar con setecientos kilolitros cúbicos de ozono por culpa del metano de sus huracanados eructos bajeros? ¿A alguno de vosotros, lectores, le habían hecho alguna vez, en su vida, preguntas tan largas como estas?

Por eso, los americanos son muy patriotas y van a donde les diga que vaya cualquiera con carácter pero sentimental en el fondo, que se suba a un estrado y les hable grandilocuentemente de sentimientos, honor y banderas. Irán a donde les quiera mandar cualquiera que quiera ser su líder en cada momento. ¿Y por qué es esto así? La respuesta es: porque cagan mal. Inductivamente mal. Pero no es de Texas, ni de conspiraciones gubernamentales, ni de perros pelaos, ni de pedos, ni de caca, ni de ozono ni de los hermanos moteros de lo que yo quería hablar, aunque estos matices que he desarrollado eran necesarios. Justos y necesarios, como justo y necesario es volver al pis de arriba y que me dejé a medias. En esencia, para terminar con mi reflexión y ya, de paso, porque aparte de los dolores terribles de vejiga, resulta un poco molesto ejercer estas prácticas de retener el pis una vez que ya ha salido algún chorrillo, de manera que me pongo a ir cerrando frentes, que todo lo que uno empieza ha de acabarlo.

Mientras voy bajando imperceptiblemente de peso con la música de fondo del chorrete amarillo que va perdiendo fuelle a medida que va pasando el tiempo, pienso que lo de hacer pis es un acto emocionalmente interesante, digno de profundizar en él. Cuando hacemos pis somos mucho más nosotros que en la mayoría de los actos que presiden nuestra vida. En parte es lógico, claro, por razones obvias. Es el momento íntimo de abstraerse, de estar con uno mismo, pensando en algo o pensando en nada, que es también un ejercicio intelectual tan saludable como necesario.

Cuando yo hago pis, en mi casa, me pongo de cara a la pared, como casi todo el mundo. Bueno, de cara al váter, pero la pared está a escasos cincuenta centímetros. En la casa de mi amiga Nerea tengo que hacer pis con los ojos cerrados o con la luz apagada porque lo que hay justo delante del meador es… ¡un espejo! Por muy buena planta que uno tenga, pocas cosas hay tan poco edificantes y nulamente estéticas como verse a uno mismo haciendo pis. Por fortuna, en mi casa lo que tengo justo delante de los ojos cuando hago pis son unos baldosines de esos con ligeras rugosidades, vetas y cosas así que, caprichosamente, pueden conformar figuras, o rostros humanos, como si fuesen caricaturas de tebeo. Yo suelo buscar esas figuras cada vez que voy a un baño con baldosines de este tipo, y soy un maestro en encontrar estas formas, como quien encuentra ovejitas, conejitos o jurisconsultos en las curiosas formas que a veces encontramos en las nubes celestiales. También, la mayoría de mis ideas vienen precisamente de ese entorno hacerpisesco. Muchas veces, haciendo pis, me venía el chiste devastador, la idea descabellada pero viable, la solución sencilla a un problema complejo… Yo estoy convencido de que esto sucede porque, cuando hacemos pis, volvemos a ser el animal básico de necesidades básicas que inconscientemente se reencuentra con su interior y prescinde de los prejuicios, y esto permite un ángulo diferente de las cosas, más directo, más contundente, menos sutil pero quizá más efectivo.

El caso es que los baldosines de mi baño llevan ahí cuatro años. Desde que acabé la penúltima obra que hice. Esos baldosines son frustrantes: me cuesta horrores encontrar algún rostro en sus relieves y granulados. Encontré algo parecido a la cabeza de un romano con un casco muy rudimentario pero… hoy encontré la cara, esa cara que lleva cuatro años mirándome, sin yo saberlo,  mientras hacía pis.

El rostro de la pared que lleva cuatro años mirándome mientras hago pis. Que me mira y se ríe. Era de eso de lo que quería hablar y ya lo he hecho.

Salud.

2 comentarios

  • Responder septiembre 13, 2014

    Soplabilorio Camborio

    Año 1952.Diez de la mañana de un gélido invierno. No hay calefacción. En clase de ciencias, el compañero A.B.C., hoy científico de renombre jubilado, se levanta de un salto y abre un balcón de par en par:

    – ¡Fulanez se ha tirao un peo!

    Y el P. López, de cascada voz por viejo y fumóptero, …

    – ¡Cierra hijo, cierra, que de oler a mierda no se muere nadie y de pulmonías está el infierno lleno!

    Y hablando del espejo: un obeso de la familia, si algún crío aparecía por el cuarto de baño cuando hacía pis, mirándose la panza, le decía:

    -¡Dale recuerdos, que hace años que no me la veo!

    Quizá un espejo allí puesto le hubiese animado la vida, pese a la vejez, ¿no?

    • Responder septiembre 15, 2014

      Alonso Posadas

      Todo esto lo único que demuestra es que A.B.C. era un chivato y que el P. López era sabio. Muy sabio.

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