La Hidra de doce cabezas con acento francés

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Terrorismo, yihadismo, Francia

Son de momento, y ojalá pare ahí la cosa, doce los fallecidos en el inquietante acto criminal del pasado miércoles en Francia, y otros cuatro el viernes.

Pienso en los veintisiete seres humanos que han sufrido en su propia carne la estupidez de varios islamistas descerebrados, con armas de fuego, y no puedo evitar pensar en la Hidra de Lerna: aquel ser mitológico de siete cabezas y enormes defensas, que constituyó el segundo trabajo de Heracles: darle muerte. El hijo de Zeus las pasó canutas porque, de cada cabeza que lograba cortarle al bicho, nacían otras dos y aquello incordiaba mucho su labor, pero logró vencerla gracias a aplicar fuego en los muñones de cada cuello cercenado para evitar que al monstruo le brotasen dos nuevas testas de cada herida, una vez cauterizada.

Pienso ahora en una nueva Hidra pero de acento francés, de muchísimas más cabezas que la de Lerna. Solo va armada con un lápiz, una goma, un sacapuntas… ¡y nadie la ha matado! Pese a su inofensiva carga bélica con olor a plumier, a pasillo de colegio, esta es mucha Hidra comparada con la mitológica. A la del miércoles solo consiguieron amputarle una docena de cabezas, preciosas, pero solo una docena. Otras cuatro resultaron muy malparadas y siete más, también heridas, probablemente estén deseando ponerse en forma lo antes posible para seguir con su labor, junto con el resto de cabezas que conforman ese formidable animal de leyenda que se llama Charlie Hebdo, al menos y a gran escala, desde ayer.

A la Hidra de bastón y canotier le han arrebatado esas doce identidades, cada una de ellas una pérdida muy dolorosa, irreparable pero no irremplazable: la razón de ser Hidra es la de tener y hacer uso de la capacidad de  autorregenerarse, como en este caso, a la velocidad de la luz y en forma geométrica. La Hidra Hebdo va a ver cómo le surgirán cientos de miles, millones de cabezas por cada una de las cercenadas, y lo harán para seguir expresando sin miedo lo que a cada cual le salga de su mente, pues para eso está: para usarla, para imaginar, para crear, para dejarla corretear por ahí, a sus anchas, pensando y diciendo lo que quiera, cuando quiera, donde quiera y como quiera.

No hay miedo ni precaución: de la seguridad se ocuparán las autoridades. El miedo es una mordaza que hay que descartar siempre, ignorándola.

Los niños no saben que el Coco existe, en realidad. La razón de ser del Coco es existir y dar miedo. Cuando los niños crecen un poco, cuando reciben libertad para correr, descalabrarse, jugar y reír hasta morir, no se acuerdan del Coco. Justo cuando uno deja de acordarse del Coco, el Coco se desvanece. No hay que pensar en el Coco salvo para opinar sobre él, sobre lo tonto que es, cuando nos venga en gana.

Pues eso es lo que hay que hacer y en ello estamos: en ser cabeza de Hidra. Una más entre cientos de millones, que se ríen del Coco, como se reía Charlie Hebdo.

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