Anotaciones de don Crispín. Tema de hoy: Ciberniños

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…………Juan Casillas era un niño gordo. Gordo y grande además de bondadoso, afable, tranquilo; siempre sonriente y discreto.
…………Se trataba de uno de esos escasos niños gordos que existían cuando yo era pequeño y la vida era en blanco y negro, en aquellos años en los que casi todos los hombres fumaban en el autobús, en el cine y, por supuesto, en la consulta del médico; esos mismos señores que vestían de traje, muchas veces el único traje; de camisa también única, frecuentemente arrugada y sucia, enmarcando una corbata fina de nudo exiguo, de color indefinido aunque, en apariencia, podría decirse que era negra, y además, usaban gabán: se trataba de aquella época, cuando, a los abrigos, algunas personas ya mayores los llamaban “gabanes” y aparentaba hacer más frío del que en realidad se estilaba. No en vano, aquellos primigenios abrigos eran prendas de paño fino y malo, que protegían poco del frío, y quienes los usaban se veían obligados a subirse el cuello y a llevar la nariz desollada y roja, creando una situación térmica equívoca a ojos de cualquier espectador de hoy que contemple Nodos o películas bicolor de por entonces.
…………Juan Casillas, como gordo, era excepcional. Igual que los tontos de los pueblos, de los que sólo hay uno por localidad, Juan cubría el cupo único de un niño gordo por aula. Yo estaba en 1º A junto con otros cuarenta y nueve críos, igual que los que contabilizaba 1º B, donde también se hacinaban cincuenta arrapiezos. Haciendo un rápido cálculo mental, puedo afirmar sin miedo a errar que en aquellos años el dos por ciento de la población niñícola era gorda. Por eso Juan Casillas era una excepción, no una norma.
…………En una ocasión, los Reyes Magos me trajeron un teatrito de guiñol y un muñeco de ventrílocuo. El títere cumplía todas las directrices dictadas por la Organización Mundial de Muñecos de Ventriloquía, es decir, se trataba de un muñeco espantoso, feo e inquietante. Una fábrica de pesadillas en el subconsciente infantil, pero como yo era un chiquillo bragado a la par que potencial desembragador y mi incipiente machorrería me impedía tenerle miedo o al menos parecerlo, me lo llevé al cole junto con el teatrito de marionetas e improvisé una función con el beneplácito del profe de Lengua y de casi todos lo demás.
…………Por entonces, la televisión daba sus primeros pasitos, pero yo fui ya un pionero en aquello de montar un ‘show’ y sacar al escenario a gente del público para humillarla y usarla como vehículo del poder que confiere ejercer de ‘showman’, a quien todo se le permite. Yo eso lo intuía y puteé a Juan Casillas todo lo que quise y un poco más cuando lo saqué a la palestra, a pie de pizarra, para que ejerciese de marioneta humana que interactuaba con mi patibularia, siniestra marioneta de cartón, vestida de botones de hotel, de rojo uniforme.
…………El muñeco, haciendo uso de mi voz, llamaba a Juan Casillas “Juan Casazas”. Todos se descojonaban, profe incluído, con la pueril ocurrencia.
…………En verdad, mi mordacidad infantil aún tenía dientes de leche y se manejaba torpemente por los vericuetos de la sutil jocosidad, de la fina ironía, y acudía directamente al ensañamiento verbal con el físico del ‘partener’, desde la impunidad del artista que idea, que crea, que hace espectáculo.
…………Pero Juan Casillas, bendito Casillas, también se reía. Por una vez era protagonista y, aunque todos se carcajeaban, Juan sentía que se reían con él e irradiaba felicidad.
…………Yo me sentía poderoso, pero fue una sensación efímera. Me avergoncé de mí mismo cuando, ya en el recreo, Casillas, todo candidez y quizá nobleza, vino a darme las gracias por haberle elegido a él, precisamente a él, para el numerito del guiñol.
…………“Gracias, Peribáñez”, me dijo sonriente. “Hoy ha sido uno de los días más felices de mi vida”.
…………Hoy ya no hay niños gordos como Juanito Casillas. Los niños de hoy tienen, como mucho, sobrepeso, y en los casos más extremos (que son casi todos), obesidad. Yo, que soy un eufemístico pues mi abuela se llamaba Eufemia y fue lo único que me dejó en herencia porque era pobre como una rata malaya, los llamo “ciberniños”, y los hay a patadas. Allá donde se mire, se nos llenan los ojos de ciberniños y uno tiene que pasarse el día frotándoselos para desalbergar un poco esas chacineras imágenes y poder dar cabida a algunas más refrescantes y juncalmente concupiscentes dentro de lo legalmente constituido y contemplable.
…………Como estoy de vacaciones en la playa y me gustan los deportes acuáticos, tengo alquilados un kayak, una tabla de ‘surf’, una sombrilla y dos hamacas para que me hagan de base de operaciones y cuasi vivienda al aire libre en mis largas jornadas playeras de vigor físico y proezas marítimas. Mis vecinos de sombrilla son los padres de un ciberniño, una especia de inmensa larva humana de adiposidades temblonas, sujetas a los influjos lunares, existiendo verdaderas mareas en los océanos de grasa que albergan sus trémulas y blanquecinas panzas inflamadas, caídas, bamboleantes, y sus atocinados pectorales, que en algunos casos alcanzan el rango de tetas. Verdaderas, bailonas, caídas y obscenas tetas. “Androtetas larvarias”, las llamo yo.
…………Sí, mi vecino de sombrilla es un ciberniño. Un inepto físico, un desheredado de la gracilidad, la juncalidad y lo apolíneo. Un futuro hambriento de sexo y de ese éxito social, superficial, que es de los mejores tipos de éxito que se pueden tener hoy en día y de los más agradecidos porque sirven para follar una barbaridad, pues no en vano el sexo es móvil y origen de casi toda guerra, poema, hazaña intelectual, política o financiera. Para fornicar a conciencia no hace falta saber quiénes eran Kant o Hegel. Con eso no se liga una mierda. Como mucho puedes llegar a quedar con una ciberchica, tan inexperta y desahuciada socialmente como el ciberchico, y mientras tanto, femeniles bellezones quitahipos se echan en brazos de semianalfabetos pero bien constituídos y descarados ejemplares masculinos a los que ya no les caben más muescas contabilizadoras de chavalas en las cananas de sus afortunados y cárnicos revólveres.
…………El ciberniño vecino no se bañaba. El ciberniño no salía de la sombrilla. Tumbado en la colchoneta, blanco, lechoso, hora tras hora manejaba con magistral habilidad el teclado de su tableta Sammie Sunguie Galaxer y jugaba, jugaba, jugaba, él sólo, anticipando miles, cientos de miles de horas en soledad, a veces en su habitación, a veces en el cuarto de baño. Y ahí es a donde yo quería llegar:
…………Al váter.
…………La diferencia entre los Juan Casillas de ayer y los ciberniños de hoy está en el váter de toda la vida, inodoro, para algunos, de hoy. Juan Casillas dejaba diariamente, varias veces al día, buena parte de su humanidad en su váter Roca, amplio, de charco grande, en el que, como mucho, a veces podías mojarte el culo por salpicaduras indeseadas, pero tras el proceso de descomer quedaba limpio cual patena vatérica. Es que estaban muy bien hechos e ideados, tan amplios ellos. Pero el ciberniño de hoy caga en unos inodoros esmirriados en los que es muy difícil apuntar bien para que la barra de abono caiga justo en la mínima porción de agua donde ha de zambullirse nuestro exyo, y todo se pone perdido. Un gran marrón, nunca mejor dicho, y el ciberniño, por vergüenza torera, debe dedicar más de media hora al día para deshacerse de la huella del crimen viandístico digerido y estercolerizante.
…………¿Por qué no fabrican váteres amplios, orondos, panzudos, de generosa charca y vigorosa evacuación como los de antes?
…………Ya que la vida de esos orondos ciberniños devoradores de colesterol, grasaza, saturados, transgénicos, mahonesa y y sal va a ser un erial de sexo, romance y emoción, al menos que no se tengan que pasar la vida con papel tisú en la izquierda y escobillas en la derecha, frota que te frota, a la salud de don Jacob Delafont, que es un tacaño y le echa poco mármol al asunto vaterofílico.
…………Pobres ciberniños, y qué cabrones son sus padres, a quienes habría que retirarles la custodia, la patria potestad y hasta el libro de familia por irresponsables.

5 comentarios

  • Responder agosto 17, 2012

    Santi Ramos

    Los que conocimos y crecimos con aquellos “niños gordos” sabemos perfectamente a qué te refieres. Es increíble la diferencia entre aquellos y estos ciberniños (gran término) que poco tienen en común. Y es que todo está cambiando vertiginosamente en este mundo loco, hasta las clases de “gorditos”.

    Me he divertido mucho con el artículo!!
    Saludos!

  • Responder agosto 18, 2012

    Alonso Posadas

    Me alegra que te gustase, Santi. En verdad siento mucha pena por esos niños, alguno de ellos que no pueden siquiera caminar sin darse cuenta de que caminan. Para ellos cada paso es un esfuerzo, a veces, un esfuerzo notable. Una pena, tanto donut, tanto donut.

  • Responder agosto 19, 2012

    G.D.

    Me encantan sus textos; están muy bien escritos y siempre me “plantan” una sonrisa.

  • Responder agosto 22, 2012

    Luis Lloredo

    Me ha encantado, Alonso, escribes de maravilla. Enhorabuena.

  • Responder agosto 23, 2012

    Alonso Posadas

    Muy agradecido por vuestros comentarios, G. D. y Luis. Saludos afectuosos.

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