Anotaciones de don Crispín: el plátano sonoro

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…………¿Por qué no podía evitar mirarla? Llevaba ahí tres horas, frente a mí. Viajábamos en el último vagón del tren. Mi asiento estaba orientado en sentido contrario de la marcha del convoy. Muy incómodo. Debí haber sido previsor y averiguar si mi billete, además de corresponderle ventanilla, no era de esos en los que te sientas de cara al viajero de enfrente, rozando permanentemente sus rodillas, evitando miradas directas a los ojos.
…………Ambos teníamos curiosidad y nos examinábamos mutuamente, de manera furtiva, con tanta maestría que nuestros ojos raramente se cruzaban. Era una chica y hacía que dormitaba pero noté que de vez en cuando entornaba los ojos y me contemplaba. ¿Dónde miraba? ¡Vaya, hombre!; se estaba fijando en mi cinturón y justo encima del mismo resaltaba un pequeño pliegue de mi tripa, barriguilla de la que carezco pero que se marca ligeramente por la postura que mantenía. Dejé resbalar un poco mi trasero hacia delante procurando no rozar mis rodillas con las de ellas y también me hice el dormido. Así, en esa postura, mi vientre volvió a ser plano. Sin darme cuenta, mis pantalones vaqueros se ajustaron a la entrepierna pero ya no pude hacer nada. La chica de enfrente había realizado la misma maniobra que yo y mi pierna derecha se encontraba entre las dos de ella. Mi rodilla estaba más cerca de su oscuro objeto del deseo que de esas estilizadas pantorrillas. Me apretaba la entrepierna y la imaginé abultada, no por excitación sino por el simple volumen comprimido entre las telas que me abrigaban tan pudendas partes que se exponían a merced de la curiosidad de esa mujer de ojos tristes, redondos.
…………La había vuelto a cazar. Sus redondos ojos entornados paseaban por el interior de mis muslos, recorriéndolos, primero el izquierdo, luego el derecho, y en su exploración furtiva, la mirada se detenía en la abombada intersección de ambos. Me sentía desprotegido; debía hacer algún movimiento pero no me atrevía. Literalmente estaba siendo devorado por aquella extraña contemplación de la que estaba siendo objeto, de la que me sentía casi feliz víctima. Intuía en ella un deseo del que no me consideraba merecedor. El caso es que comencé a intentar no respirar fuerte y esto hacía que proveerme de aire se convirtiese en algo trabajoso y poco natural. Me dejé resbalar un poco más. Fortuitamente, nuestras piernas se juntaron y mi corazón palpitó, igual que el de la chica, supongo, pues no hizo movimiento ni gesto alguno. Parecía dormitar pero un leve rubor, quise imaginar que más de deseo que de pudor, tiñó levemente sus mejillas. Llegó el revisor. Abrí los ojos, me incorporé para gran alivio de mi entrepierna y busqué el billete. La chica seguía dormitando. No tendría mucha seguridad en sus dotes de actriz para simular que se despertaba con cierto realismo. El revisor no la molestó. La dejó seguir durmiendo. Aproveché para fijarme en su rizado pelo y en el abultado labio superior que dejaba asomar unos grandes y largos incisivos que impedían que aquella boca, en estado de relajación, pudiera mantenerse cerrada del todo.
…………Reparé en que el desconocido compañero de viaje, sentado a mi derecha, cuya cara no llegué a ver pues tuve éxito en evitar cualquier tipo de contacto visual o verbal para que no me diera conversación, comía un plátano. Me resultaba curioso comprobar de reojo cómo, pese a los grandes bocados que le daba, pantagruélicamente, en lugar de engullirlos de inmediato, los masticaba mucho. Un ruidillo acuoso muy desagradable llegaba a mis oídos. Mascaba y mascaba aquella dichosa fruta, a la que le quedaban aún dos mordiscos más para acabar de zampársela, cosa que finalmente hizo, quedamente, parsimoniosamente, con una delectación repugnante. ¿Cómo se puede comer un plátano de esa manera? La pasta que giraba en su boca yo la veía en mi imaginación, estallando en grandes pompas de aire, pulpa amarilla y espesa saliva cuyo ruido no tenía que imaginar ya que podía percibirlo nítidamente. Ya empezaba a echar de menos los muslos de mi vecina de enfrente que, resignada, los había unido cambiando de postura. Tarareé nervioso una melodía inventada sobre la marcha, intentando distraer mi atención del sonoro espectáculo del festín platanero. Comprobé con pavor que la merienda no había terminado. El hombre rebuscó en una bolsa de plástico, aunque, para mi alivio, extrajo una magdalena que, una vez desprovista del papel, se tragó de dos viajes y únicamente hube de escuchar “grump, grump” y ahí acabó todo.
…………En el tercer asiento pegado al pasillo, también encarada conmigo, viajaba una mujer muy gorda. No era mayor ni joven. En realidad, me resultaba imposible especular sobre su edad. Una barbilla redondita se encontraba flanqueada de una inmensa papada que temblaba toda ella, graciosamente, cuando hablaba con otra mujer sentada a su izquierda. No me desagradaba esa visión. Hacía simpática y humana aquella regordeta cara risueña. Me di cuenta de que había caído bajo el influjo de aquella papada. Cada vez se me antojaba más grande. Intenté imaginar su rostro sin ese ancho cúmulo de grasa y piel que nacía directamente de las orejas, ocultando totalmente su escaso cuello, pero no pude. Tampoco podía dejar de contemplarla. Sólo me sacó de mi ensimismamiento cuando, inesperadamente, levantó el faldón de su blusa y rascó su vientre grande, fofo, igualmente temblón, al ritmo del traqueteo del tren, y pese a que siempre me fijé en las chicas delgaditas, se me antojaron hermosas esas carnes mantecosas. No para amarlas pero sí para contemplarlas, para pintarlas, blancas como el lienzo que habría utilizado para ello.
…………Tres horas y media después de convivencias silenciosas con los otros viajeros, el paisaje y mis pensamientos, llegué a mi destino. Mi amiga llegaba justo en ese momento para recibirme. No tenía papada. Tampoco comía plátanos ni magdalenas ni tenía grandes dientes que abultasen su labio superior. Qué deliciosamente guapa estaba mi amiga. Más que nunca. Esa era una razón añadida para alegrarme verla. Teníamos muchas cosas que contarnos, por lo que nunca le relaté nada de aquellos muslos inconquistados, de aquel plátano sonoro, de aquella papada temblona, motivo añadido de felicidad por nuestro encuentro.
…………“¿Qué tal el viaje?”
…………“Bien, aburrido”, contesté; “ya sabes: seis horas y media en tren son una lata y nunca pasa nada…”

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