Perdón por ponerme plasta

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…………Llámeme moñas, si quiere, pero cuando tenía dieciséis años solía creerme las canciones de amor de Joaquín Sabina. Esas historias de putas de lujo y mujeres fatal que acababan locamente enamoradas del cantautor crearon en mí una percepción tan quijotesca de la realidad que hasta juraba, por el mago Frestón y mis cojones impúberes, que esa vida era cierta. Después de largas horas en la biblioteca fingiendo estudiar, cansado y con ganas de cagarme en el mundo, esperaría a que entre la niebla gris de un cigarrillo apareciera una figura de mujer contoneada que, con su mirada, tratara de invadir mi alma de enamorado y me robara la cartera con veinte euros para empolvarse la nariz con unos gramillos de ‘speed’.
…………Cuando descubrí que lo que pensaba hace cuatro años no se correspondía con la realidad de ahora, caí en un vacío literario. Sacar historias reales de mi entorno es más cruel y más complicado. Aunque lo normal es que me cueste, trato de desentenderme de los héroes, las señoritas de compañía con problemas existenciales y las canciones de Sabina. Y aunque muchas veces nos suceden historias que merecen ser reproducidas por las alquitranadas cuerdas vocales de Joaquín, es conveniente que nos las tomemos en serio. Es entonces cuando echas de menos tener dieciséis años y granos en el careto, porque se te permitía ser más soñador. Ahora, sin embargo, tengo dos defectos. El primero, que soy más mayor (relativamente), y el segundo, que además soy periodista y, por tanto, estoy limitado a contar historias.
…………Esta me sucedió en un momento de crisis literaria. Tenía que escribir uno de mis artículos de opinión. Estaba solo en casa orando en la pantalla del ordenador. En ese momento, sonó el timbre. Abrí la puerta y encontré a una joven de unos treinta años que, por su voz, parecía estar entrando en los principios del alcoholismo. “Hola, corazón”, me dijo. La calle aún no había borrado del todo su aspecto físico, típico de una persona que anteriormente andaba por las calles riendo, o miraba escaparates, tomaba helados o simplemente hacía una barbacoa con su familia en la sierra todos los domingos. Todavía guardaba cierta belleza. “¿Me puedes dar unos cuantos huevos, cariño? Es para poner algo en el pan”, siguió diciendo. “Claro, mujer”, respondí. Cerré la puerta con miedo a que entrara a punta de navaja y me limpiara la casa. Fui al frigorífico y saqué dos huevos, los metí en una bolsa y se los di. “Muchas gracias, corazón”. Y se fue.
…………Cerré la puerta y reflexioné un rato. Empecé a acordarme de las canciones de Sabina. Si la vida fuera como la canta el Flaco, la habría metido en mi casa y la hubiera invitado a cenar. Después habríamos hecho el amor toda la noche, amándonos y hablando de libros sobre razas desconocidas. Pero esa historia no se la cree ni el Tato. Primero, porque yo estaba en casa de mis padres, y segundo, porque la realidad era que esa chica estaba mendigando comida para cenar una noche, que se estaba iniciando en una de las pocas drogas legales y que, poco a poco, la calle iba consumiendo su belleza. No creo que la pobre tuviera tiempo de enamorarse, y mucho menos de un veinteañero que vive aún bajo el paraguas de sus padres.
…………Y jode que esa sea la realidad. Jode ver a personas que anteriormente tenían una vida digna y que, fruto de la especulación, el sistema caduco y una panda de corruptos, ahora se vean en esta situación.
…………Lo siento, estimado lector. Ya sé que siempre estoy hablando de lo mismo, pero es lo que hay. Aguante, estimado lector. Le prometo que algún día le deleitaré con una historia de amor y odio, de esas que salen en las películas de Jennifer Aniston o las canciones de Sabina, pero por ahora, no. Llámeme pesado, si quiere.

3 comentarios

  • Responder marzo 28, 2013

    Osmary Guevara

    ¡Grandísimo artículo, Jose! Aunque yo no habría puesto una peli de Jennifer Aniston como referencia. Hubiera escogido a Gwyneth Paltrow.

    • Responder marzo 28, 2013

      José Corrales

      Lo tendré en cuenta la próxima vez. Me alegro de que te haya gustado.
      Un beso.

  • Responder marzo 29, 2013

    Nathalie

    Resulta sorprendente el dramatismo que lograste sintetizar en tan sólo unos párrafos. Las dimensiones de naturaleza tanto psicológica como ético-social, que resuenan en tu reflexión acerca del destino de la pobre mujer y tu imposibilidad de actuar “libremente”, me hacen pensar que, a veces, la empatía es cuestión de pura catarsis.

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