Adrián Esbilla: “Australia ha tendido hacia el cine fantástico de una forma natural”

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Hay gente que ha nacido para ver, aprender, analizar, y luego, enseñar, diseccionar y opinar. Sin duda, uno de los ejemplos más claros de estos sujetos es Adrián Sánchez Esbilla, todo un penitente artístico; si algo huele a arte, él lo olfatea. Pese a su juventud, su currículum empieza a alcanzar cotas inabarcables. Bloguero infinito y escritor empedernido, se puede leer su imponente obra en La Esbilla, Neville, Balonero, Exhumed Movies, La Linterna Mágica e infinidad de libretos para DVD y publicaciones varias. Ahora se embarca en su primer libro La historia del cine australiano (T&B Editores, 2014), una obra titánica sobre un cine lejano y exótico para muchos, y de películas inolvidables y con una atmósfera primigenia para otros. Adrián Sánchez Esbilla es uno de los pocos que puede rastrear con atino una historia cinematográfica tan remota, uno de los pocos que puede hablar con autoridad del cine en las antípodas y no perecer en el intento.

Thonnie Jhonnie: ¿Cómo surge la idea de hacer un libro histórico sobre cine australiano?

Adrián S. Esbilla: Surge a raíz de un artículo que escribí hace un par de años sobre cine fantástico australiano. Le propuse varias ideas a la editorial T&B, y entre ellas estaba esta, que era la que a mí más me apetecía hacer. En un principio, el libro iba a ser sobre la época del ‘revival’, los setenta y ochenta, con un prólogo anterior a esos años. Ese prólogo creció tanto que desequilibró el libro. En pleno proceso de fabricación del libro, decidí hacer hacerlo másLa historia del cine australiano, T&B Editores extenso, desde el principio del cine australiano hasta el presente.

TJ: En libro hay una labor de historiador importante…

AE: Sí, yo estudié Historia. En el libro pretendo alejarme de esa estructura de tesis universitaria que habitualmente suelen tener estos libros. Le doy un enfoque narrativo para contar la historia del cine australiano desde el inicio, pero haciéndola divertida para el lector, participando en la búsqueda de la identidad australiana dentro de la industria cinematográfica.

TJ: ¿Se pueden establecer paralelismos con el cine australiano y el estadounidense?

AE: No demasiados. Hay que tener en cuenta una particularidad: a Estados Unidos la gente iba porque quería, y a Australia, porque les echaban. Australia nace como una colonia penal en Tasmania. Por un lado están los guardianes, y por otro, los presos. Es una tierra inhóspita y poco hospitalaria. Exceptuando la costa, la parte central es un gran desierto con pocas ciudades, al contrario que en Estados Unidos. Cinematográficamente, tiene que ver por un lado con el cine británico y el americano por otro. Con el americano tiene géneros comunes, como el ‘western’ australiano al principio del siglo pasado, por ejemplo, The Story of the Kelly Gang, de Charles Tait y de 1906, está considera una de las películas más largas de los inicios del cine (dura como hora y media) y uno de los primeros ‘westerns’ de la historia. La diferencia fundamental es que Australia era una colonia británica y los americanos ya habían dejado de serlo tras la revolución.

TJ: ¿Cuál es la identidad del cine australiano?

AE: Yo la fijo sobre todo en el paisaje y en el aislamiento. Es un país continente que, pese a sus dimensiones, está muy poco poblado, con una idiosincrasia de fauna, flora y clima muy extraña, y que ha tendido hacia el cine fantástico de una forma natural. Habitualmente, sus elementos fantásticos son pocos, pero es ese paisaje tan extraño, tan singular, tan alienígena lo que determina esa aura particular que nos lleva a ver una película australiana y a saber que es un película australiana.

TJ: ¿Se podría considerar a Peter Weir como el Steven Spielberg australiano? Salvando las distancias, claro está, a favor de Weir.

AE: No, yo creo que no. Puede tener influencias comunes con David Lean. David Lean es la gran influencia de Peter Weir con un punto de su filmografía que es Galipolli, de 1981. Antes de Galipolli, Peter Weir hacia un cine basado en la atmósfera, muy experimental y ‘underground’. La narrativa clásica está supeditada o dividida en favor de lo sensorial, una estética muy envolvente que funciona en otras zonas del cerebro donde funciona la narración. A partir de Galipolli, él se convierte en un narrador clásico, un narrador transparente con una puesta en escena cristalina que evoca genios y modos del cine norteamericano llevados a una escena más particular.

TJ: ¿La última ola, de 1977, es su película más redonda?

AE: Yo creo que sí. No solo me parece su mejor película, sino que incluso me parece la mejor película que se ha hecho en Australia jamás, casi diría que mi película favorita desde siempre. Como decía Brian Clough, “si no es la mejor, está en el top uno”.

TJ: ¿Qué película no nos podemos perder de cine australiano?

AE: Los clásicos que se conoce todo el mundo, Mad Max, de George Miller y de 1979, es un película cruda que nunca se había hecho en Australia. Está hecha con pocos medios y, vista hoy, tiene una energía absolutamente arrolladora; aunque, seguramente, Mad Max 2, también de Miller y de 1982) es mejor. De los noventa hay quehistoria_cine_australiano_adrian_sanchez_t&b_editores rescatar La boda de Muriel, de P.J. Hogan y de 1994, que me parece una película formidable. Del año 2000, Chopper, de Andrew Dominik, una película magnífica. Rescataría también los cortos de Jane Campion, que como directora de largos no me acaba de convencer pese a que tiene una película que me gusta mucho, llamada Un ángel en mi mesa, de 1990.

TJ: ¿Y qué director ha sido el que más te ha sorprendido?

AE: Los que lean el libro se van a dar cuenta de que Bruce Beresford es el gran descubrimiento. Es un director que me gusta en conjunto más que Peter Weir. Pese a La última ola, que es genial, Weir es un director que hace pocas películas en Australia en realidad; hizo hasta El año que vivimos peligrosamente, de 1983, que es coproducida con Estados Unidos. Bruce Beresford se va a Estados Unidos y su primera película allí es Tender Mercies, también de 1983, un filme muy sólido. Tras varias películas hizo Paseando a Miss Daisy en 1989, que la dirige bien pero, a partir de ahí, se diluye. Me puse a investigar sus comienzos, que es justo cuando sucede el ‘revival’ australiano, en el que tiene las películas de Barry McKenzie, que son unas comedias cerveceras, cafres, burras y desastradas. Luego hace Consejo de guerra en 1980, que es una obra maestra. También rueda Asalto al furgón blindado, en 1978, que es el mejor ‘thriller’ que se ha hecho nunca en Australia y uno de los mejores de los setenta; es una película apabullante. Hace un melodrama adolescente llamado Puberty Blues en 1981, y va saltando de género año a año. Te das cuenta de que tenía un talento increíble que se fue diluyendo en Estados Unidos.

TJ: ¿Historiador o crítico cinematográfico?

AE: No lo distingo. En el libro, además del dato, doy mi visión personal de toda esa época. El libro en un principio se iba a llamar Una historia del cine australiano, ya que es mi visión particular del ese cine. Es una narración, desde mi punto de vista, de unos hechos, de unos lugares y de unas personas.

TJ: ¿Cómo sobrevive un historiador y crítico cinematográfico en tiempos de crisis?

AE: Pues malamente. Hay que escribir siempre, constantemente. Tienes que producir tus propios encargos y aceptar todos lo que te hacen. Hay que moverse todo el tiempo y diversificarse. También escribo de música, cómics, fútbol…

TJ: ¿Cine, música, fútbol o cómics?

AE: No lo sé. Todo es parte del arte. Un control aéreo de los que hacía Zidane o una jugada eléctrica de Messi tiene la misma belleza que un plano maravilloso de cualquier película. El fútbol tiene en contra la particularidad respecto a la música, el cine o los cómics que pasa en el momento; ese chasquido de luz se fabrica ante los ojos del espectador.

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