Hacia la distopía, aparentemente

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…………Acuñado en el siglo XIX y puesto de moda por novelas como 1984, Rebelión en la granja y Un mundo feliz, el témino ‘distopía’ parece estar cada vez más cercano a la realidad y, al mismo tiempo, gozar de gran predicamento en la ficción. La reciente trilogía Los juegos del hambre y su posterior versión cinematográfica no son sino una distopía que, como bien marca el subgénero, se sitúa en un futuro no muy lejano. No es intención de este artículo centrarse en la calidad de estas obras de ficción, ni tan siquiera entrar a valorarlas; se trata más bien de poner de relieve cómo la literatura refleja una realidad que no está sucediendo aparentemente.
…………La apariencia, modificada convenientemente por las grandes transnacionales, nos muestra unas sociedades prósperas, imágenes fuertemente individualistas de triunfadores en un entorno idílico y capaces de poseer todo aquello que se nos enseña como objetos de felicidad. Estos objetos, que siempre han estado presentes en la ficción (talismanes, objetos de poder, etcétera) se mercantilizan y se clonan, otorgando un espejismo de singularidad a los individuos de la masa. A esa mercantilización (que llega hasta a considerar al individuo como una mercancía más) se le aplica, como en toda propaganda/publicidad, un lenguaje privativo entre consumidor y productor. Para situarnos correctamente, tomando prestado uno de los términos más visionarios de Orwell, emplearemos el término ‘neolengua’. Esa neolengua sirve a la perfección para ir modificando los hábitos, costumbres, maneras, puntos de vista de los individuos, es decir, su manera de construir la realidad. Exactamente lo mismo que hace la ficción cuando nos introduce en esas distopías. Solo existe una diferencia: cuando nosotros queremos anular la distopía de un libro, podemos cerrarlo, mientras que una distopía social en la que los individuos se ven inmersos no hay manera de cerrarla, no hay modo de apartarse de ella. Al menos, y de nuevo, aparentemente.
…………A este respecto merece la pena acercarse a obras distópicas menos conocidas pero no por ello menos valiosas. Fahrenheit 451 —temperatura a la que arde el papel—, de Ray Bradbury, es una de esas novelas que han parecido no envejecer muy bien, pero que sigue conteniendo grandes paralelismos que se podrían estudiar: la censura estatal, el absoluto hedonismo de la sociedad que plantea y la alienación que se produce en los individuos por parte de los ‘mass-media’. Más reciente es Leyes de mercado, de Richard Morgan, y sus planteamientos acerca de las transnacionales del armamento. Metro 2033, de Dimitri Glukhovsky, plantea un escenario postapocalíptico, un entorno ‘underground’ que explora la III Guerra Mundial y la vida de sus supervivientes. Podríamos citar más, como La larga marcha o El fugitivo, ambas de Stephen King; La carretera, de Cormac McCarthy, e incluso la casi desconocida Nosotros, de Yevgeni Zamiatin, que inspiró, probablemente, a Orwell.
…………Conviene, justo ahora, acercarse a estas obras, por si acaso estas ficciones nos permiten reconocer una distopía cuando la observemos, por si pudiera ser que sus frases —“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”— nos sonasen de algo.

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