‘May': la plasticidad de la sangre

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may, ¿quieres ser mi amigo?, de lucky mcKee

Una película como May, ¿quieres ser mi amigo? (Lucky McKee, 2002) lleva intrínseca una esencia que la hace especialmente atractiva, algo que se define entre la extrañeza y originalidad de unos planteamientos estrambóticos y la genialidad de una imagen fresca y ‘underground’, fruto de una financiación asentada en pocos medios y presupuestos irrisorios. Cualquiera que haya visto títulos como La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968), Los asesinos de la luna de miel (Leonard Kastle, 1970), La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) o Henry, retrato de un asesino (John McNaughton, 1986), entre otros, sabrá reconocer la singularidad de esta factura final.

Entre May y los títulos anteriores hay importantes diferencias, pero aun así, el filme de Lucky McKee tiene los suficientes elementos como para no resultar una película desdeñable. En un principio, presenta un planteamiento tramposo pues, al fin y al cabo, lo que nos narra no es más que la venganza de una víctima sobre sus verdugos y, además, en la que la empatía y el reconocimiento con la protagonista no es nada complicado. Un mecanismo muy común en el cine de terror, pero a la inversa.

Si todo quedara aquí, el interés de este filme no sería destacable pero, afortunadamente, su director conoce el potencial de la idea que tiene entre manos y sabe llevarla a buen puerto. Narrativamente, muestra buena agudeza en los mecanismos del género de terror con una estructura que salta entre el presente y un pasado reciente, reforzando una sensación de desconcierto. Desde otra perspectiva, una serie de montajes paralelos y planos cortos y rápidos agilizan una historia que, por momentos, parece decaer.

Sin embargo, particularmente, lo más granado se encuentra en la parte final. De ritmo pausado, las distintas escenas se filman con la recreación necesaria para componer unas secuencias en las que la crudeza de los hechos se contrapone a la belleza que se puede extraer de ellos y en las que la sangre se convierte en un elemento estético fundamental para componer el cuadro. Es evidente la herencia que Lucky McKee toma del ‘giallo’ italiano, y en particular, de Dario Argento, cuya película Terror en la ópera (1987) está muy presente en May, no sólo en los constantes guiños al filme de Argento, sino también en la importancia que los ojos tienen en las dos películas.

No obstante, por muchas influencias que podamos trazar, May presenta unos personajes lo suficientemente creíbles, muy en concreto, el principal, que demuestran la independencia de este título. Una película que, a pesar del bache que podemos encontrar en la primera parte, consigue después remontar, como hemos observado, logrando que una historia de terror se convierta en el retrato de una soledad desgarradora, triste y angustiada.

Gaspar Pomares

Ese cinéfilo que entiende el cine, por encima de todo, como una forma de comprender el mundo.

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