‘La noche del cazador': el sueño poético del cine

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la noche del cazador

El enigma que envuelve a un filme como La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) nace de una extraña y hermosa unión entre el sueño y la poseía, tal vez las materias primas por excelencia de toda ficción. Lo onírico y lo poético se hermanan en la recreación de un mundo que brota de una atmósfera que nos transporta a la imaginación más inconsciente, una realidad de nebulosas apariencias, sutiles juegos de metáforas y símbolos escondidos que nos hacen retroceder a nuestros temores y afectos primerizos e inocentes: la sencillez de una mirada depurada, la mirada de la infancia.

Fue la única película, como director, de un secundario de lujo en la época dorada de Hollywood, Charles Laughton. El fracaso en taquilla de este título hizo que este hombre de teatro y cine no volviera a ponerse de nuevo tras las cámaras, desarrollando todo un mito, pero también un sentimiento de orfandad hacia un cineasta que con toda seguridad hubiera mostrado y contribuido mucho al mundo del cine. Producida en 1955, coincide con la emergencia del cinemascope y las concepciones más desproporcionadas y espectaculares del cine, en competencia con los primeros pasos de la televisión. La noche del cazador, situada en las antípodas de esta moda, estaba condenada al fracaso: su audiencia en la taquilla fue prácticamente inexistente.

Pero, afortunadamente, el cine no es hermano de las taquillas, sino del tiempo y, hoy en día, la validez e importancia de este filme es incuestionable. Tal vez, lo más destacable es la vuelta de tuerca que hace al clasicismo cinematográfico, siguiendo y abriendo aún más la brecha iniciada por Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941). Tanto en el sistema de producción como en la factura estética final las pistas al respecto son varias. Todo el equipo de rodaje, desde el guionista James Agee hasta el músico Walter Schuman, se volcó en la creación de una obra de gran riqueza artística y producción independiente. La rotura con la linealidad clásica por excelencia, al introducir un fuerte universo simbólico, o el protagonismo de recursos como la iluminación o el sonido diegético rompieron la tónica del clasicismo hollywoodiense.

Un filme que encuentra sus raíces y esencias en los cuentos infantiles de toques perversos y en las nanas de pesadilla, en donde son necesarias, por parte del espectador, las emociones primarias e inocentes. La huida de dos huérfanos de un dudoso predicador se envuelve en una planificación tan precisa, en una luz tan impactante y en un tempo de acción a tal altura, tan sumamente atrayente, que lo mejor es dejarse llevar fascinados por la magia de unas imágenes luminosas, como cuando los dos huérfanos, en su huida, duermen en una barca, navegando por un río de inquietante tranquilidad.

Es, sin duda, la marca de lo primitivo lo más atrayente y destacable del filme, tanto en las emociones que nos despierta, caracterizadas por la luz del sueño poético de la infancia, como por la recreación de unas imágenes que beben de los orígenes del cine (Griffith o Dreyer). Por ello, La noche del cazador nos ayuda a ser, por encima de todo, mejores espectadores, a mimar nuestra mirada, y esto sí que es un legado impagable.

Gaspar Pomares

Ese cinéfilo que entiende el cine, por encima de todo, como una forma de comprender el mundo.

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