Charlton Heston contra la Casta

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Ningún actor sufría más ni mejor que Charlton Heston. Se especializó en una especie de bueno con matices; un bueno sutil, con dobleces. Sus personajes eran siempre tipos broncos, callados, taciturnos o malhumorados pero, claramente, eran “buenos”. Charlton Heston jadeaba, se cansaba, y sudaba como un siberiano en Tetuán. Explotó como nadie la vulnerabilidad del superpoderoso. Te lo creías. Ajeno a las pocas exigencias de los productores hacia alguien con su buena planta, Heston construía “buenos” complicados, con un pasado y un porqué para su malhumor, como si hiciese siempre de Montgomery Cliff. Heston era un bueno atormentado e irredento, sin un porqué. Sus tormentas internas las dejaba al libre intuir esto y, en los años cincuenta, era una cosa que gustaba mucho a las chicas topolino, a las nodrizas, a las mecanógrafas, a las aprendizas de amas de casa, a las novias eternas y a tantas otras muchachas que iban al cine a por retales de sueños para hacerse bonitos trajes con los que  vivir vidas inventadas.

Heston era alguien que sudaba muy bien y pasaba sed como nadie. Recuerdo la escena en la que Ben-Hur va tambaleándose por el desierto, encadenado a una fila de esclavos y prisioneros. Custodiados por soldados romanos,  van camino del mar para pasar a ser remeros en una galera. Hacen un alto en el camino y, tras refrescar a los caballos, permiten que los prisioneros beban un cazo de agua, pero a Ben-Hur le está prohibido beber. El sufrimiento gestual de Charlton, sus labios agrietados, su cara de rabia resignada y mal contenida, unida a la desesperación por no poder beber, me hizo sentir sed a mí, como espectador. Se trata, ¿cómo no?, de esa escena irrepetible en la que un Jesús previo al de los evangelios se enfrenta en silencio a los romanos, con la sola autoridad de su presencia, y desoyendo al decurión, da de beber al extenuado prisionero. Yo era un niño y aquello me impresionó tanto que noté síntomas de deshidratación. La interpretación de Heston me pareció soberbia, y aún sigo teniendo la misma sensación cada vez que veo la película.

Hace poco leí que Stephen Boyd, un más que memorable Mesala, recibió la siguiente pauta actoral: “Entre Ben-Hur y Mesala existió en el pasado algo más profundo que la amistad cuando eran muy jóvenes, y se reencuentran tras unos años”. Boyd debía de trabajar esto él solo y Charlton Heston no debía de enterarse bajo ningún concepto de esta pauta. Su conservadurismo le impedía aceptar siquiera, como pauta interpretativa, que uno de sus personajes pudiera tener nada que ver con la homosexualidad.

No he tenido ocasión de volver a ver la película después de esta lectura, pero la tengo visualmente tan memorizada que juraría reconocer en los gestos de Mesala (siempre recio, varonil), desde su rol de amigote, un sutil deje de sensualidad. Uno intuye que Mesala podría sentir por Ben-Hur una admiración que trasciende la pura camaradería, y creo que no pocos han percibido esto. Heston borda la cercanía del otro amigote, masculino de libro. Es de esa clase de tipo esforzado, deportista, noble, poco hablador y serio; es el viejo amigo con el que, tras veinte años sin verlo, te meterías en negocios con él, de cabeza y sin dudarlo; es el tipo grande y bueno a la vista, que inspira confianza y honradez.

Es verdad que Charlton Heston bordaba lo que siempre bordaba: su capacidad de ser histórico, hierático, heroico, antipático y, sobre todo, esdrújulo. Charlton Heston era esdrújulo como una letra de canción de Juan Pardo. Esdrújulo y épico. Así era él.

Ya sé que Charlton Heston era un no sé qué de no sé cuántos, pero ahora vete tú a un chaval de treinta y cinco años y dile cosas feas de Indiana Jones, que lo mismo te da un soplamocos, y con razón. A mí, las terrenalidades de mis mitos pueden no gustarme, pueden resultarme execrables pero, como diría John Lennon, que es quien dice todo lo decible en dicholandia, “¿y a mí qué si Victor Hugo no vigilaba el colesterol o si algo oscuro había en el pasado de Alejandro Dumas? Lo importante eran sus discos”. Pues eso, que a mí me gusta mucho lo que Charlton Heston hace y cómo lo hace. A lo mejor es poco y casi siempre de lo mismo pero, para lo que es necesario, resulta magistral y, aunque sea poco, no es porque no haya más sino porque resulta más que suficiente. Las ya iniciadas en el sexo avanzado saben de qué estoy hablando; las que no, no lo sabrán nunca porque no me interesa enseñar a novatas, que si luego salen timoratas, no hay manera de recuperar la inversión. Y es que, al final, se hable de lo que se hable, siempre, lo mejor, lo más importante, lo trascendental es el sexo de campanillas, de tirar cohetes, sexo de altura. Por eso sufría Charlton Heston: porque en galeras se copula poco y mal y más si estás en Judea en el año 30, que hacía mucha calor y cualquiera se ponía a fornicar, con lo que se suda, sin aire acondicionado.

Lo de la Virgen María (la Casta) no tenía, pues, tanto mérito.

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