Esto matará a aquello

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…………“El archidiácono contempló el gigantesco edificio durante algún tiempo en silencio. Luego extendió su mano derecha, con un suspiro, hacia el libro impreso que estaba abierto sobre la mesa, y la izquierda en dirección a Notre Dame, y volviéndose con una mirada triste del libro a la iglesia dijo: ‘¡Ay! Esto matará a aquello (…). ¡Ay, ay! Pequeñas cosas traen el final de grandes cosas: un diente triunfa sobre una masa, la rata del Nilo mata al cocodrilo, el pez espada mata a la ballena, el libro matará al edificio”.
…………El lamento pertenece a Claude Frollo, padre adoptivo de Quasimodo. Es el París del siglo XV; Frollo, un sacerdote y alquimista que ve peligrar la utilidad didáctica y parte esencial de las catedrales por culpa de “un pequeño invento”, la imprenta, que desde Alemania está revolucionando Europa, pues, como es sabido, hasta entonces lo más parecido a la literatura que estaba al alcance del pueblo se encontraba dentro de los templos: en sus vidrieras, en sus pinturas, en sus relieves de fachadas, columnas… Con ese gesto tan gráfico, ese dedo señalando al famoso campanario, describía Víctor Hugo en Nuestra Señora de París (1831) un temor que a día de hoy, hay que ver, sigue teniendo su vigencia. Porque hoy son otros dedos señalando a otros culpables, del papel al templo, del enchufe al papel, pero siempre es la misma pena la que hace llorar al hombre por lo perdido.
…………Avanza el calendario desde que en el 4000 a. C. se hiciera la primera inscripción de signos en una tablilla de arcilla. Desde que, en el 420 a. C., Sócrates manifestara la inutilidad de lo escrito, ya que las grafías no tienen la capacidad de explicar lo que dicen, sino que se limitan a repetir y repetir siempre lo mismo. Desde el 55 a. C., cuando Julio César ideó el códice, el primer libro, como un buen medio de enviar sus partes de guerra. Desde 1010, cuando, en Japón, la dama Murasaki escribiera la primera novela de la historia: La novela de Genji. Desde 1455, cuando Gutenberg inventa la imprenta, el libro barato, la lectura en masa. Tantos años entre cambio y cambio transcendental en la historia de la cultura escrita, que la volatilidad de los inventos actuales parece de broma, si se mira con perspectiva.
…………Pues bien, siento la misma desazón que Frollo cuando me entero de que, al parecer, la venta de los dispositivos electrónicos de lectura se ha estancado en el 2012 en beneficio de las tabletas y otros aparatos más versátiles. De continuar esta tendencia, las empresas afectadas terminarán ofreciendo de manera gratuita los ‘e-readers’ a cambio de la contratación en pago de las descargas legales de los libros. A diferencia de los terminales exclusivos para la lectura, que llegaron a desarrollarse hasta ofrecer pantallas sin brillo que intentan lograr la sensación más parecida posible al papel, las tabletas o los teléfonos móviles no están preparados para la lectura durante un rato prolongado, de ahí que se asegure que este hecho influirá de forma notable en los hábitos y en el tipo de literatura consumida: menos tiempo, más narrativa en formatos breves y poesía. No sé si ese cambio, en definitiva, de entender la lectura es bueno o malo, pero sí reconozco que tal premura en los avances me desconcierta y que, ¿por qué no admitirlo?, preferiría haber vivido cuando cada paso necesitaba de siglos hasta que marcaba su huella en el suelo.
…………Hace no mucho se hablaba en esta columna de la sacudida que había supuesto la irrupción del libro electrónico en el mundo editorial, y aunque en aquella entrada mantuve una postura racional tendente al conformismo, el hecho de que ahora resulte que el libro electrónico ya tenga quien le venza altera mi parte irracional y saca todos los fantasmas de paseo. Quizás es que uno se empieza a hacer mayor y que de ello es consciente cuando se asusta de la velocidad a la que cambia la tecnología. “Hoy la ciencia se adelanta que es una barbaridad…”, que cantaba aquel. ‘Ozú’, qué rancio suena en la mente de uno…
…………Sí, creo que me hago mayor porque, lo confieso, ante estas noticias de cacharritos, corro a cobijarme debajo de una manta concreta. Mi manta, el hogar de la lectora que en el fondo no quiere que nada cambie, que se encuentra más protegida en el pasado, es una edición maravillosa de Una historia de la lectura, de Alberto Manguel, que publicó Lumen en 2005, casi diez años después de su primera aparición. Un tomo portentoso, ilustrado al capricho, que contiene una visión anárquica, poco ortodoxa, sin orden ni concierto de la vida de las palabras, pero que se goza como una primera vez en la ópera. Y no, no es que sienta predilección por las obras metaliterarias, bien al contrario. Por paradójico que suene, la teoría sobre la literatura me provoca más bostezo que otra cosa. Sin embargo… Sin embargo, este tomo cuidado y respetado es el hogar que una vez encontré. Ese libro que no te avergüenza abrazar, que nunca prestarías, aunque apenas vuelvas a él, salvo para que te cante una nana cuando ves venir al coco, se trata tan sólo de un símbolo, un icono que materializa, que hace tangible la literatura, tantos años de historia. Abrazar el de Manguel es abrazar a todos los libros.
…………Uno de sus cantos más animosos aparece, por ejemplo y sin ir más lejos, en el prólogo de esta edición especial. Se trata de la ironía de un dibujo de Sempé, una imagen que, por cierto, sirvió para ilustrar los panfletos de las protestas de los libreros franceses por la subida del IVA en los libros planeada para la primavera de este año. En él se muestra a un hombre con las manos en la espalda, prestando toda su atención a los títulos expuestos en la que estantería de una librería: Inflación del lenguaje escrito, ¿La palabra tiene todavía sentido?, La decadencia del escrito, De la licuefacción del pensamiento, El crepúsculo del libro, La erosión del lenguaje, La agonía de la cosa escrita, El retorno a lo oral, El estancamiento de la escritura, La deriva de las palabras, La alienación por lo escrito, El final del discurso… Una manera muy gráfica de describir con sentido del humor (¿no es esa la forma más inteligente?) el miedo que desde Sócrates siempre hubo al punto y aparte de lo conocido. Quizás el miedo sea exagerado y los que así lo sentimos no seamos sino una panda de exagerados catastrofistas. Sí, quizás, quizás…, pero ojalá no viva para ver el fin del libro tal y como lo entiendo. “El libro matará al edificio” (¿será de esa matanza de donde venga que el papel gane a la piedra en el juego?). ¡Bien por él…!, pero ahí me planto.

2 comentarios

  • Responder noviembre 28, 2012

    Pedro

    Magnífico artículo, y vaya cita de Hugo, qué grande. Mis congratulations.

    • Responder diciembre 5, 2012

      Mayte Guerrero

      Me alegra que te haya gustado, Pedro. Muchas gracias. Eres muy amable. Un abrazo.

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