Henry James en 3D

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…………Dentro. Llega al buzón un paquete que contiene un libro. Uno que falta. Leído por obligación —con la misma con la que se come una galleta de chocolate a deshoras— en la época de estudiante. Una de aquellas lecturas de biblioteca que acaban por no volver nunca a las estanterías de casa. A la sorpresa por lo acertado del contenido —más allá de lo inaudito que es recibir en papel algo que no sea una factura—, se une la del remitente: una librera que marchó a otra ciudad, pero no olvidó. Una librera con intuición, de las que siempre aciertan, y que, sin tener por qué, manda un ejemplar, detalle de sabor a vino fresco, un peldaño subido a la lista de actos por los que estar agradecido y en la que tú ya estás en números rojos.
…………Diez, quizás quince años después, Otra vuelta de tuerca ya está acomodado en su balda, entre Huxley y Joyce. Un hueco menos. Un vacío tapado. Y tras ese tiempo, mientras te adentras en la atmósfera pastosa creada por Henry James en la que es su obra bandera, recuerdas el impacto que supuso en su momento la inquietud de ese “relato de fantasmas” raro, del que quedó la sensación de que algo se escapaba. Desde que acabaron los libros de aula has envejecido; no es seas mejor lector, es que tienes más lejos tu infancia y ella, como esencia, te es ya desconocida, y por tanto da más miedo; a cambio, lo que antes se escabullía, ahora se atrapa. Porque hay que enfrentarse a una exposición de la niñez dentro de los límites de la ambigüedad, tan cerca de lo perverso, tan discutible la inocencia con la que nos empeñamos a denominar la primera etapa nuestra existencia.
…………Ancho. Volver a James como ejercicio caleidoscópico. Aun con la turbación tras la lectura, colocas el ejemplar entre Retrato de una dama y El arte de la ficción, este último, un texto fundamental. Sobado, subrayado, dobladas sus esquinas…, referencia imprescindible cada vez que surge la pregunta de qué demonios es esto de escribir, es decir, un par de veces a la semana… como poco. A pesar del cambio de milenio sucedido desde entonces, lo escrito sigue siendo vigente, como lo es todo lo hecho con excelencia. James contestaba con esta “biblia” en concreto a un teórico que andaba sentando cátedra de lo que es y no es novela, pero en general respondía a toda la época victoriana, desmarcándose y estableciendo de paso las bases de la ficción contemporánea. En efecto, no sólo James sigue siendo hoy leído —mientras que de aquel otro cuesta encontrar referencias en Google—, sino que con su teoría, y sobre todo su obra, hizo lo que muy pocos consiguen: empujar con el hombro el muro de su tiempo y hacer avanzar la narrativa al siguiente nivel. Y porque puso en práctica aquello en lo que creía, que el arte debe ir contra el viento, fue capaz de “captar el signo propio y peculiar de la vida, su ritmo singular e irregular”. Si en su presente los escritores tendían a encorsetar las novelas dentro de un marcado deber hacia la moralidad, la obligación, James enarboló el pensamiento de la libertad sin límites: “La única condición que se me ocurre imponer a la composición de la novela es que sea sincera”.
…………De El arte de la ficción, de sus apenas veinte o treinta páginas, se puede extraer jugo de naranja como para invitar a merendar a un bloque de vecinos y la idea de un escritor firme, tan asentado en sus convicciones como resolutivo en su práctica, una impresión distinta a ciertas debilidades que, recuerdas, dio de él una de sus mejores amigas.
…………Fuera. Cuando, en 1914, Edith Wharton publicó su deliciosa autobiografía, Una mirada atrás, hizo el favor de desvelar datos de la figura de James que el escritor no hubiera creído conveniente dejar que se supieran a través de sus propias palabras. Unidos por el flechazo de compartir un sentido del humor parecido —esos flechazos tan escasos que, cuando suceden, hacen que la amistad adquiera un toque casi mágico—, Wharton describe a un James rotundo en tres aspectos: su figura física, en su “irresistible tendencia a decir la verdad” siempre que hablaba de literatura y su genio creativo, en contraste con su inseguridad frente al calor o las críticas negativas que los demás pudieran hacer a sus escritos. Ambas cosas le angustiaban y no encontraba mejor modo para superarlo que yendo de excursión en automóvil, ese invento que suponía “una inmensa ampliación de la vida”. Wharton y James compartían además la desubicación de los alma-péndulo, norteamericanos que pasaban largas estancias en Europa, que de tanto navegar el charco acababan perdiendo el sentido de estar en casa. Por ella sabemos que se veía incapaz de retratar “lo americano”, por ser sinónimo de modernidad, y que se notaba más cómodo instalando sus historias en el inmovilismo social europeo; que la única concesión que daba al avance en la vida era ese vehículo descapotable y el frescor en el rostro mientras se desplazaba deprisa en el espacio.
…………La cuarta dimensión se pierde en las limitaciones del papel y en la futilidad del sonido. Al parecer, incluso mejor que sus obras era la oratoria del escritor. Dice Edith Wharton que lo que muchos achacaban a la pedantería, al amaneramiento e incluso a la anglomanía, en realidad era la característica que hacía de James una excepción y, de paso, el mejor orador del que disfrutó nunca. A un contenido mucho más que interesante y con frecuencia lleno de chanza, se unía una peculiar forma de hablar: lenta, muy lenta, resquicio de una tartamudez infantil superada parcialmente. “¡Qué pena que tarde tanto en decir las cosas!”, decían a sus espaldas los que no comprendían el valor del que sopesa cada palabra antes de pronunciarla.

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