Machado

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…………Se cumplen este febrero setenta y cinco años de la muerte de Antonio Machado. No sé si eso merece recordatorio especial o si esperaremos otros veinticinco años para el centenario. No sé si tenemos muy presente a don Antonio; no ya como poeta, sino como ciudadano. A nosotros, coetáneos de lo que algunos llaman Segunda Restauración Borbónica, debería interesarnos la vida de este coetáneo de la Primera, por si pudiéramos obtener de ella consuelo, consejo o ejemplo.
…………Parece difícil que encontrásemos consuelo o consejo, pues la historia del poeta Antonio Machado es triste; no sólo acaba mal, ahogada por un frasco de jarabe para la tos en un pueblecito de Francia, sino que se desarrolló entre las dos Españas, la que reza y la que bosteza, allí donde cien cabezas embisten y una piensa, donde se silba el aplauso. La España de Machado parece ser aquella que él cita en un poema, la que pasó y no ha sido, y sin embargo alumbró a artistas, intelectuales y poetas como él mismo. Hijo de un folclorista amigo de Giner de los Ríos, hermano del también poeta Manuel, se formó en la Institución Libre de Enseñanza, fue maestro de escuela, catedrático de Francés en Segovia y, en el buen sentido de la palabra, bueno. Paseó su torpe aliño indumentario por alamedas, por orillas de ríos en las que se miraban los chopos y ligó su suerte a un régimen democrático que fue asaltado por una rebelión militar que traía todos los fantasmas de la mesa camilla y la sacristía, de las meriendas de chocolate con melindros a la que siempre acuden los eternos ama, cura y barbero.
…………Siento un cariño vicario por Machado. Lo siento porque al pensar en Machado pienso siempre en mi bisabuelo socialista y republicano, maestro de escuela —“pedagogo”, decía con sorna su hija—, que escribía artículos ocasionales para los periódicos de su ciudad local, aunque nunca, que yo sepa, poesía, y que creía en la educación para formar buenos ciudadanos de una sociedad más justa, lo que le valió al cabo ser condenado a muerte por dicha rebelión militar, siendo posteriormente indultado y depurado, lo que quiso decir no ejercer nunca más de manera oficial el magisterio. Siento cariño y respeto por ambos porque, pese a toda su experiencia, a nuestra persistente historia, a nuestra fiel inercia, creyeron y trabajaron para que España abandonara el cuadro de solana en el que estaba prisionera y entrara sin complejos en la Europa contemporánea, que acabó por ser tan negra como el más negro cuadro de Solana.
…………Dos veces se han cruzado en mi camino lugares relacionados con la vida de Machado. El primero de forma del todo imprevista, al encontrar, durante un paseo por Segovia, la que fue su casa mientras enseñaba Francés en la ciudad castellana. Recuerdo que aquel día estaba cerrada y no podía visitarse, así que nos limitamos a mirarla desde la cancela. La segunda vez, en una excursión de la Coral Tossenca a Colliure, en el curso de la cual fue inevitable visitar su tumba, custodiada por lápidas y lápidas con apellidos catalanes y bandera francesa. Allí, modesta en la tarde ventosa de noviembre, todavía con el cielo limpio, estaba cubierta con bandejas, fotografías y pliegos de versos sujetos con piedras y también una bandera republicana. Nuestro homenaje fue leer un fragmento de Cantares. Cincuenta años antes, la llamada Generación del Cincuenta o del Medio Siglo le rindió un homenaje similar pero más lucido. A imitación de lo que la Generación del Veintisiete hiciera con Góngora, se escogió el aniversario de la muerte de Machado para erigirlo en patrón del grupo poético. Dicha elección, en plena dictadura, tiene que ver con la impronta cívica de Machado, fundamental para un grupo entonces volcado en la poesía social: Barral, Blas de Otero, Gil de Biedma, Goytisolo, Ferrater o Valente. Era un acto de clara reivindicación del deseo de libertad, de compromiso cívico, del deseo de vivir en un país donde pensar, opinar o votar fuera normal.
…………Paseando por Colliure pensé a menudo en el fin de Machado, ya viejo y cansado, acompañado por su madre muy anciana. Soplaba la tramuntana, era el Día del Armisticio y se hacía una ofrenda floral a los jóvenes caídos por Francia —yo había visto lo mismo hacía años, en Lisboa—, don Antonio parecía estar irremediablemente solo, aun con las visitas que, como nosotros, le habían leído o escrito versos, o entregado placas o dejado fotografías. Siempre me ha impresionado que se suicidara bebiéndose todo un frasco de jarabe para la tos, como me impresiona que Gabriel Ferrater se suicidase asfixiándose con una bolsa de El Corte Inglés. En cierto modo, estos suicidios domésticos y cotidianos son más terribles por su accesibilidad que otras muertes más heroicas y espectaculares. La España que embiste tuvo la culpa de la muerte de un hombre ya viejo y enfermo empujado al exilio, y la España que bosteza, esta de la Segunda Restauración Borbónica, lo mantiene enterrado en un país vecino y entre las páginas de los libros escolares. Sin ser ampulosa ni grandilocuente, tal vez la poesía de don Antonio tendría que romper en las calles y cantarse en las tabernas, o decírnosla nosotros mismos de vez en cuando. Sobre todo aquellos que escribimos. Siempre he querido decir: “Y al cabo, nada os debo; / me debéis cuanto escribo. / A mi trabajo acudo, / con mi dinero pago / el pan que me alimenta, / la mansión que habito, / el traje que me cubre, /el lecho donde yago”.
…………En fin; no me apetecía esperarme veinticinco años para recordar a don Antonio ahora que se cumplen setenta y cinco años de su muerte, ahora que todavía lo necesitamos, o que lo necesitamos todavía más de lo que solíamos necesitarlo. Vaya por el aire hasta Colliure esta nota.

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