El ‘Quijote’ para ineptos

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Quijote, Cervantes, incultura, féretro

Al ataúd de la cultura del esfuerzo y la cultura misma de este país le van a hincar otro clavo con un martillo imprevisto, como si ya no fuese trabajoso abrir la tapa sin su inestimable aportación. Si no teníamos suficiente con que destinaran recursos, cerebros, manos y horas a localizar los ennegrecidos despojos de Cervantes, del todo inútiles para lo que importa pero quizá no para el turismo y la pela, y a leer por turnos y en voz alta un día al año y un año tras otro su obra inmortal, cansinamente, por lo que pudiera parecer que la literatura española no ha parido más letras dignas del mismo recuerdo, ahora una editorial respetable como Destino adapta el castellano del Quijote al actual para todas aquellas personas que no lo leen “porque les resulta demasiado difícil”.

Esta palmadita en la espalda para lectores negados, este agachar el lomo de nuestra literatura ante la estupidez, la torpeza grande en la comprensión de las cosas, es la hazaña incomprensible del cervantista Andrés Trapiello, con prólogo y la bendición de Su Nobelidad, Vargas Llosa. Aunque no son los precursores en absoluto, pues otro novelista como Pérez-Reverte ya adaptó la cervantada para escolares con el soporte de la Real Academia, una costumbre por otro lado muy extendida desde hace tiempo con cualquier obra de renombre en no pocos idiomas, pero siempre demasiados. Ambas prácticas son hijas distinguidas de la masticación para auténticos ‘dummies’, los de campeonato, del abandono o la condescendencia con los que ignoran o no quieren dar un palo al agua, de la educación social y de puertas para adentro que promueve la recompensa fácil y las aficiones frívolas, y de los planes de enseñanza depauperados que instruyen, exigen y espolean cada vez menos.

Una obra literaria no es una composición de fórmulas, códigos, datos o instrucciones comunes e intercambiables; de ella no importa únicamente su significado, su sentido, que se puede exponer y enseñar de maneras distintas, con una maña dependiente y un grado de dificultad o de hondura variables; y si nos referimos a una narración, su propósito no es ilustrar sobre la batalla de las Termópilas, por ejemplo, sino proponer si acaso un modo propio de enfocarla, un estilo exclusivo e intransferible para hablar de ella a los lectores. El lenguaje, cada palabra elegida por el escritor y su orden en el texto es lo literario; y si la necesidad de traducirla a distintos idiomas representa una desgracia, un mal prácticamente ineludible por la torre de Babel, la adaptación para asnos, perezosos o estudiantes constituye una falta de respeto por la obra, su autor e incluso la misma esencia de la literatura.

Dice Pérez-Reverte que “el Quijote es complejo y farragoso, inaccesible para un chico de quince años, que se perderá en la lectura”, y probablemente lleva razón, pero eso lo único que implica es que no hay que embaularse la obra hasta alcanzar cierta madurez como lector acostumbrado, no que debamos recurrir a groseras adaptaciones. Que nuestros escolares la estudien sin carencias y se les inculque —o se intente— el hábito, el gusto y, si es posible, el amor por la lectura, pero que se les propongan libros contemporáneos más apetecibles según su edad, y que se les asegure que estarán listos para enfrentarse al Quijote en un futuro no muy remoto. De esta forma, profundizan en la novela, leen y no ultrajamos al autor con oportunismos editoriales.

Pero lo de Trapiello es el acabose, un ponerle baberola a los adultos, un alentar la holgazanería feliz; y resulta triste no darse cuenta de que, si uno es incapaz de esforzarse por comprender el Quijote con las muchas herramientas para ello a su disposición, no tiene el más mínimo interés, en realidad; que esto no es fútbol; y si opina que no le merece la pena semejante esfuerzo, no hay razones para suponer que se dignará a atiborrarse con las mil y pico de páginas de una versión rejuvenecida aun habiéndola comprado. Porque el suyo es probablemente uno de esos millones de domicilios en que la gran novela de Cervantes, la original, solo sirve para cubrir un espacio obligado en sus estanterías y para acumular tanto polvo como durante siglos los huesos de su autor y los de su quinta renacentista. Porque parece que uno no es nadie en este país si no luce el Quijote como un adorno en casa, y no importa si ni se ha molestado en doblar la cubierta; la tele curva de sesenta y cinco pulgadas del salón hace el resto por cerrar definitivamente el ataúd de nuestra cultura. Más que un Quijote para ineptos.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

10 comentarios

  • Responder marzo 24, 2015

    bocasecaman

    Di que sí, y ya puestos, vamos a atacar a Carl Sagan o a Stephen Hawking por atreverse a vulgarizar la física, con lo bonito que es el álgebra para explicar la teoría de cuerdas ¿qué se habrán creido estos divulgadores? Yo a mi hija le estoy enseñando a leer con los episodios nacionales, así, en raw.

    • César Noragueda
      Responder marzo 24, 2015

      César Noragueda

      No me extraña que esté encantado con esta iniciativa para duros de mollera, puesto parece que no se ha dado cuenta de que ya he respondido en el propio artículo a lo que plantea en su comentario: he dicho que la literatura no es divulgación de cualquier cosa y de cualquier manera; el propio texto es la literatura, y por eso no se puede manipular como si tal cosa para hacerla más comprensible a los que les cueste entenderla. Si uno quiere que otros comprendan mejor una obra literaria, que escriba un ensayo al respecto como Sagan y Hawking han hecho para facilitar el acceso a la ciencia, pero que no manosee el original: Sagan y Hawking no han cambiado las leyes físicas para que sean más sencillas; las han explicado fácilmente.
      Y también he dicho que, si una obra literaria no es comprensible para los chavales, no tienen por qué leérsela hasta que dejen de ser chavales, que hay buena literatura de sobra para ellos. Así que puede estar tranquilo: su hija no tiene por qué tragarse todavía a Pérez Galdós.

  • Responder marzo 26, 2015

    Paquera

    Hola, creo que quizá el problema no sea tanto que se escriban y publiquen este tipo de libros, si están bien hechos, sino que con ellos se pretenda sustituir al original.
    Estoy totalmente de acuerdo con el autor del artículo en que la manera con la que el escritor cuenta las cosas es lo que hace que un texto sea literario y, además, que disfrutemos leyendo. Sin embargo, recuerdo haber leído muy jovencita unos cuentos, adaptaciones de obras de Shakespeare, que me encantaron. Evidentemente no se puede comparar con leer las originales…que he podido disfrutar con el paso de los años…pero sirvieron para crear cierta curiosidad, para aumentar la motivación por leer clásicos y, claro, para que creciera el bagaje cultural.

  • Responder marzo 27, 2015

    Paquera

    Los cuentos aquellos de Shakespeare eran los de Charles y Mary Lamb. Al buscarlo, porque no me acordaba, he encontrado la biografía de los autores, que me ha dejado algo impresionada: http://www.elimparcial.es/noticia/107567/opinion/Charles-y-Mary-Lamb-o-la-pasion-por-Shakespeare-II.html

    • César Noragueda
      Responder marzo 29, 2015

      César Noragueda

      Lo que ocurre, Paquera, es que, con prácticas como esta, el original ya se sustituye en la lectura, que es lo único que importa porque es para lo que un libro sirve. Y aunque más adelante uno se lea la obra original (si lo hace, y qué pereza para muchos cuando son libros de más de mil páginas como el ‘Quijote’), la lectura previa de la adaptación destruye los mecanismos literarios, narrativos o no, que el autor emplea para provocar determinadas reacciones en el lector porque ya los conoce, y eso no se puede recuperar, no se puede volver atrás. Es como ver una película por primera vez conociendo todos sus detalles, sabiendo todo lo que va a ocurrir si es narrativa o cómo es el montaje: uno no reacciona como debe ante la obra, y esas reacciones son su objetivo primordial, así que se aniquila el arte mismo.
      Y en lo que derive la lectura de las adaptaciones es irrelevante en cuanto a la falta de respeto que estas suponen.
      Gracias por tu comentario y por hablarme de los Lamb; no los conocía.

  • Responder marzo 29, 2015

    Skarfake

    Creo recordar que hace unos años algunas empresas se vieron obligadas a retirar del etiquetado de sus productos ( evidentemente, no del chorizo…) la palabra yogur pues técnicamente no lo eran.
    También, y en ésto seremos tod@s testigos, más de una vez hemos escuchado lo que se viene llamando cover para facilitar la busqueda en la red, de cualquier pieza musical que a buen seguro nos habrá dejado “ojipláticos” de puro asombro ante tamaña (ejem) aberración del original.
    Si se cambia tanto la forma de una obra hasta el punto de que alguien ( presuponiendo que el autor de éste artículo haya hecho sus deberes pues delego en él la tarea y apoyo mi discurso en base a sus conclusiones ) es capaz de hablar de que se ha perdido trocándose en una burda versión/cover, estaremos ante un engaño que dará dinero a unos pocos y repartirá ignorancia entre otros muchos.
    No podemos escudarnos en tibios argumentos como el hecho de que puedan despertar la curiosidad hacia la magna original, pues bien pueden no hacerlo y dejar al lector en un estado de placidez con el trabajo hecho rayano el conformismo absoluto, tras haber aprobado la asignatura de marras por ejemplo. Aunque éste sea a mi parecer un argumento totalmente válido, asemeja el acto de poner una tirita a una victima de la doncella de hierro.
    Más importante es, si cabe, cuando de lo que aquí se trata es de una obra del calado del “Quijote” a tantos niveles que me da vértigo enumerar.
    Señoras y señores ( en el cullo tengo flores… ) en conclusión:
    Despropósito a todas luces.

    • César Noragueda
      Responder abril 2, 2015

      César Noragueda

      En realidad, Skarfake, no me parece adecuada la equiparación de las adaptaciones literarias con las versiones musicales, y la diferencia de los términos es significativa: versionar una melodía es proponer una nueva aproximación musical, continuar con la dinámica artística (al margen del resultado); pero adaptar el texto de una novela responde a otros intereses, en este caso, simplificarla y hacer caja con semejante ocurrencia.
      El verdadero equivalente literario de las versiones musicales sería, por ejemplo, escribir una nueva obra sobre la tragedia de Edipo, pero en ningún caso manipular el texto de Sófocles. Y no importa el mimo y la precisión con que “se rejuvenezca” el ‘Quijote': tocar una coma de Cervantes es contrariar su voluntad respecto a lo que él quería que fuese su texto y, por lo tanto, una falta de respeto a su autoría.

      • abril 2, 2015

        Skarfake

        Exactamente me niegas la comparación, la cual establezco para explicar mi punto de vista, para después abundar en la misma opinión… También he hecho una comparación con yogures con la cual, por omisión, sí que estás de acuerdo.
        Hilando un poco más fino te diría que “equiparar” tiene un sentido algo diverso del que tiene “comparar”. Vamos, que creo que opinamos igual ( o parecido ) y que bien podrías haberte expresado sin menoscabar mi “símil” que no tenía ninguna intención expresa más que darme el terreno para exponer mi desacuerdo con ésta versión simplificada del Quijote.
        Pero nada, nada… aquí paz y después gloria ( guiño, guiño)

      • César Noragueda
        abril 4, 2015

        César Noragueda

        Únicamente quiero precisar los conceptos porque en la precisión está la verdad; la inexactitud es una puerta abierta al error. Puede que te resulte exagerado, pero lo cierto es que se trata de una de mis preocupaciones. Y no he hablado de la comparación con los yogures porque en mi exposición no pretendía centrarme en adulteraciones ni en falseamientos esenciales, sino en manipulaciones, en toqueteos, en modificaciones groseras de una obra. La omisión no es acuerdo, y tampoco sé quién se inventó semejante prejuicio. “Quien calla, otorga”. Y quien no va en moto, va en monopatín, je, je.
        Dicho esto, me había quedado clarísimo que pensamos lo mismo acerca de este tipo de adaptaciones literarias, y no tengo ninguna intención de “menoscabar” lo que dices. Quizá debí señalarlo en mi comentario anterior; no lo había hecho porque no tenía dudas al respecto y, sencillamente, me he aplicado en mi aclaración.
        Además, te aseguro que mi afán de precisión es del todo cordial. Las guerras sañudas estas que tienen lugar en internet las dejo para los que vienen aquí y se lían a tiros. Pero el tono de tu aportación ha sido intachable.

  • Responder abril 4, 2015

    Skarfake

    Pues eso coñe, perdamos el tono sólo por un momento, terminemos con la diatriba que nos vamos de vareta y perdemos el tema que nos concierne; no tenía ni idea de la, para mí, flagrante afrenta que se comete contra una obra que se reconoce como abanderada de la cultura española, de una época, de un autor ya mitificado a tal punto que incluso se toman la molestia estos días de buscar la aguja en el pajar del convento de las descalzas de Madrid haciendo mil y una pruebas de ADN…
    Y por si ésto sirviese para finiquitar nuestro desencuentro (aplacando el escozor de paso, el mío por supuesto) repito mi derecho a utilizar cuantos símiles estime oportunos para exponer una idea, como aquel astrólogo que se sirve de una fruta para explicar un concepto.
    Sobre todo una vez que hablamos de precisión y exactitud, pues escuece sobremanera que puedas inferir de mi intervención que haya equiparado cosa alguna, pues siendo exactos y precisos aquello significaría si no me equivoco que las traté de iguales y nada más lejos.
    Lo que allí quise referir, es la responsabilidad que debería abrazar todo aquel que “adapte” una obra original… y eso para mí es extensible a cualquier tipo de arte.
    La modificación total o parcial, altera… y en ocasiones ¡de que manera! tanto es así que se puede malograr; y no olvidemos que estamos hablando de El Quijote.

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