Lírica desatada

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La retentiva popular es defectuosa y algo tirana si no directamente estúpida, y considero lamentable que lo más conocido sobre Paco Umbral, el escritor que vivía de forma intensa pero literaria, remoto y seguro en los difíciles dominios del lenguaje que son contrarios a las torres de marfil, sea una penosa anecdotilla televisiva. Porque merece un buen recuerdo, no el antedicho ni el de su enemistad con otros literatos, de tecleo ágil, obra vistosa y nula empatía, sino el de quien escribiese sin tregua para que nosotros tengamos con qué ensanchar el horizonte.

Lo que el madrileño llamase “escritura perpetua”, la imposible falla entre el escritor y el hombre que vive escribiendo, que ve e inspecciona el mundo garabateando o dándole a las teclas y así le responde, de ningún modo a vuelapluma, eso, digo, se une en su composición más reconocida a “la memoria simultánea”, a referir experiencias personales casi a la vez que se viven, cuando la vida del autor no puede hallarse más cerca de lo que redacta, en “sucesivas iluminaciones concéntricas, rueda de instantes, un faenar con el presente, hasta agotarlo”, y en el caso de Mortal y rosa, el padecimiento por su hijo infante que termina en la muerte.

Umbral tocó todos los géneros, incluyendo la escritura de cientos de artículos y unos cuantos reportajes literarios, pero siempre fiel a su estilo, sin devaluar su discurso o su expresividad ni un tanto así. No se ciñó a cánones ni falta que le hacía, y mezcló géneros con audacia, como en Mortal y rosa. No se trata de un diario porque no desgrana fechas, al igual que ocurre en Paula, de Isabel Allende, el relato meditabundo y más convencional de la enfermedad, el transcurso del coma y el fallecimiento de la hija de la literata chilena, que escribió en circunstancias emocional y trágicamente semejantes, mezclándola con su propia vida; y al contrario que en el Diario íntimo de Unamuno, de nombre apropiado, en que, entre otros asuntos, cavila sobre el sufrimiento que le produce la deficiencia de su tercer hijo y sobre la mortalidad; sin olvidar su parentesco con la elegía de Lope de Vega a la muerte de su vástago predilecto: con tales textos comparte Mortal y rosa media motivación (excepto, quizá, con el de Unamuno), pues la tragedia no es el germen de la obra, ya que Umbral quiso escribirla centrándose en su hijo, al que oía crecer, y en otras cuestiones diversas, cotidianas e intelectuales, como la propia escritura, pero el niño enfermó y falleció mientras la redactaba, y en la vorágine de escribir simultáneamente, tales sucesos y lo que hicieron sentir al autor quedaron en ella.

Mortal y rosa es lírica desatada, un torrente, un caos controlado; es una novela en sus mínimos elementos, reducida a impresiones personales; es un ensayo nebuloso, lúcido, presa del lirismo. Y tal mezcolanza dificulta su encasillamiento. Su propio autor habló de un poema en prosa, y si a ello alude hasta en un pasaje del mismo, lustros después lo describe como una novela lírica que se parece a un diario. El titubeo o la opinión variable de Umbral con su obra deberían producirnos asombro y dudas, y pese a ello, si bien dicho tipo de novela no supone una novedad por insólita que resulte, en la discusión al respecto canta y retumba la miseria cognitiva, lo inasible que nos desazona, lo confuso, el triste prejuicio de ponerle portezuelas al libérrimo campo del arte: Mortal y rosa, por su exuberancia, esLa escritura perpetua, Paula, Isabel Allende, Diario íntimo, Miguel de Unamuno, elegía, Lope de Vega todo lo que se dice y más; es reflexiva, heterogénea, metafórica, amarga, fiel a la tradición deprimente del siglo pasado y de hoy, y al tiempo, fruto de la libertad creativa completa, imaginativo en sus figuras, potente, melodioso, en ocasiones sensual, siempre volador y nada ensimismado, un placentero empachito de letras a pesar de su amargura.

Esta meditación sobre la infancia, la mortalidad y otros menesteres, como lo urbano, desesperanzada pero sobria y de un pesimismo atroz, radical e irremediable por las mismas circunstancias que motivan el discurso desde la mitad, pero coherente en todo caso con las perspectivas del literato, que veía el camino de la historia empedrado “con latigazos de sangre y gritos de odio”, esta meditación, digo, cuenta con unos capítulos de longitud irregular, desde una frase hasta un buen número de párrafos, con la palabra inicial en versalitas, y subdivididos a su vez en secuencias, así como varios versos en prosa que se escapan del impulso lírico de Umbral, endecasílabos, alejandrinos, e incluso poemas con todas las de la ley, de rima infantil con onomatopeyas y en verso semilibre, enumeraciones caóticas y un buen número de neologismos: ‘postestival’, ‘torrentada’, ‘engalunamiento’, etcétera.

El título de la obra está sacado de unos versos de Salinas, y su adscripción lírica no solo se ve en este detalle y ojeando el propio texto, pues salta a la vista, sino en el hecho de que Umbral nunca ha escondido que su formación como escritor fue predominantemente lírica, con mayor lectura de poemas y de prosa poética. Por otro lado, a lo largo del texto, lleno de referencias a otros, en su mayoría encubiertas y, por ello, eruditas pero no pedantes, el autor se dirige mayormente a su hijo incluso después de muerto, parte en que se ve a sí mismo quevedianamente, como un cadáver. También se dirige a la madre en una carta, o a Serena, ente femenino y pecoso del libro.

Las reflexiones literarias que Umbral va brindando sin ton ni son se me antojan de interés de modo uniforme. Dice, por ejemplo, que la literatura ya no es para él “una manera de posesión y fornicación con el mundo”, sino “la secularización” de su aislamiento; que implica invariablemente “desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído”; que la inspiración “no es algo externo, ese rayo de luz que baja del cielo en los cuadros místicos”, sino “la comunicatividad, la transparencia, el acertar a desaparecer entre la escritura y el mundo”; o que “lo activo, lo creativo, es leer, no escribir”, pues de lo escrito por otros, su imaginación “levantaba un mundo”. Eso último me resulta exagerado, ya que, si es cierto que imaginamos cuando leemos, no menos cierto es que lo hacemos cuando escribimos y “levantamos un mundo” a su vez. No obstante, Umbral no se limita a reflexionar sobre la literatura, sino que lo hace del arte en general cuando comenta, por ejemplo, que el fuego que mata y crea, “domesticado por una mano que lo fija y realiza”, quizá sea el arte, como “reducir las cosas a uno solo de sus rasgos, enriquecer el universo empobreciéndolo, quitarle precisión para otorgarle sugerencia”; y que no hay que perder “aquella facultad mágica y silvestre, niña y eterna, de participar del arte como de la vida, como de otra vida más armoniosa, caliente, verdadera y prometedora al mismo tiempo”. Umbral declara, de igual forma, que residía en el escepticismo por lo pronto, pero resulta curioso que el propio lirismo con que se expresase, que le otorga “más magia” y oscuridad a las palabras, le haga parecer menos escéptico en algunos pasajes, como aquellos que he mencionado sobre literatura y arte en general.

Según su autor, Mortal y rosa, como el resto de sus textos, provienen del “molino inmortal” de la lengua a través del cual escribía. Flaubert decía que “escribir es una manera de vivir”; lo mismo ha afirmado el último Premio Nobel de nuestras letras parafraseándole; y Umbral, en todo contexto, así fue como vivió, sin dejar de darle a las teclas.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

4 comentarios

  • Responder agosto 28, 2012

    Jorge

    Su artículo es un hermoso homenaje a un enorme creador del lenguaje, acaso devaluado por “el gran público” por sus exabruptos televisivos, pero reconocido por sus innumerables (y fieles) lectores. Durante años leí con devoción casi religiosa su columna en El Mundo, donde cada día era un homenaje a la lengua y a la inventiva. Un verdadero e incansable maestro en el difícil arte de la escritura. Mi felicitación por este memorial a un señor escritor, a Paco Umbral. Atentamente, Jorge Moreno

    • César Noragueda
      Responder agosto 28, 2012

      César Noragueda

      Me alegro de encontrarme con un lector de Umbral, Jorge. Soy de la opinión de que nada ajeno a los propios textos de un autor es realmente importante para acercarse a ellos ni juzgarlos, incluidos el carácter, la vida y las opiniones de dicho autor, y mucho menos una anécdota de la caja tonta.
      No obstante, creo que el hecho de que la obra de Umbral no llegara a mucha gente es más debido a sus propias características que a anécdotas como esa, aunque sea por lo que más personas le recuerden: la lírica no vende ni en prosa y, así, se consume poco.

  • Responder agosto 28, 2012

    Santi Ramos

    César, esta columna sobre esa obra de Umbral es brillante, tan brillante que un autor que jamás he tenido en mente leer -no por la imagen que pudiera haber dado, sino porque nunca imaginé que su prosa me fuera a convencer- desde ya voy a tenerlo entre mis próximos objetivos, y sobre todo este ‘Mortal y rosa’.
    Gracias por ofrecer una visión tan llena de pasión sobre una obra que quizás jamás muchos ni hubiéramos tenido en cuenta.

    Enhorabuena!!

    • César Noragueda
      Responder agosto 28, 2012

      César Noragueda

      Sea como fuere mi reseña, Santi, me alegro de que haya cumplido con su cometido al menos en lo que a ti respeta: que leas ‘Mortal y rosa’. Pero ya te aviso: a mí me resulta una obra muy hermosa, pero no es un plato fácil de digerir; las novelas líricas, si son buenas, suelen alejarse por completo de lo convencional en todos los aspectos. Espero que la disfrutes.

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