Un pato mareado

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…………No me gusta bailar, no soy de ningún equipo de fútbol, no creo en dioses ni en la trascendencia después de morir, no he consumido drogas jamás, entiendo que emborracharse es una estupidez y ni siquiera he fumado, no conozco una agrupación política que me represente y me traen al fresco los famosillos de alcoba y lo que ocurre en las de celebridades dignas de admiración, a las que tampoco idolatro. Para la sociedad, soy un excéntrico, alguien que no actúa como la mayoría por gusto, educación o pura inercia. Y todo esto no es presumir ni un exhibicionismo de mi individualidad a golpe de negación o rechazo, pues las cualidades personales valiosas dependen de los frutos que se obtengan de las predilecciones y las negativas y no sólo de lo que a uno le despierte interés, sino que deseo señalar la tristeza de la conducta gregaria, la de quien sigue y apoya ciegamente las iniciativas de otros, de los que, por distinguirse, acaban siendo iguales a muchos en su distinción, de aquellos que no reflexionan sobre la idoneidad y la conveniencia de lo que escogen y de los que repudian y estigmatizan a los que sí tienen el valor o la lucidez de hacerlo.
…………No obstante, de lo que menciono más arriba, hay algo que ni es ni lo considero dañino o inconveniente: sería absurdo decir que mover el esqueleto resulta perjudicial, sobre todo tratándose de una forma de expresión artística e incluso de ejercicio físico. Lo que pasa es que, habiéndola practicado en clases, en múltiples coreografías de fin de curso y en esos agujeros insufribles que son las discotecas, me di por enterado de que ni me agrada ni es precisamente lo mío. Hecho que, por otra parte, no quita que me pueda sugestionar un buen espectáculo de danza contemporánea; y puesto que por saber un poquito más de la cuestión no voy a sufrir terrores nocturnos y ya que la coreógrafa Isabel Cuesta estaba a un telefonazo, me propuse ampliar mi visión del baile en una tertulia con ella. Un improvisado café madrileño con nombre de vaca y muy próximo a Gran Vía era un buen sitio, en especial por los confortables butacones en los que acabamos repantingados.
…………Durante la conversación pude apreciar que lo de Isabel con la danza es lo más parecido a los amores que perduran, por los que uno siente necesidad y se desvive. Ella misma lo dijo, y su condición de nómada que no ve muchas razones para establecerse sólo ha significado deambular con su pasión por distintos países de acá y de allí, atlánticamente, cosechando elogios y algún incomprensible revés que no debe quitarle el sueño: “Baila mientras puedas”, dejó escrito Auden como metáfora de la vida. “Baila, baila, que la figura es fácil, / la melodía es pegadiza y no se detendrá; / baila hasta que se desprendan del techo las estrellas, / baila, baila, baila hasta que no puedas más”. Y después de un análisis de mayor hondura, con mis limitaciones y sin escrúpulo alguno, del proceso creativo que sigue Isabel en danza, se me antoja que esta ocurrencia poética del escritor británico le viene como anillo al dedo, no únicamente por sí misma, para olvidarse de cualquier revés y continuar “bailando”, sino porque incluso entronca con la relación indisoluble que ella tiene con su arte: en vez de amor, la danza para Isabel quizá sea una forma de vida, como la suya lo es para todo verdadero trabajador del arte que se reconozca, como para mí lo es la escritura: si uno no percibe que está haciendo lo que debe, que su labor es un compromiso, que no se podría ocupar en otros menesteres y no sentirse inquieto e inútil, lo suyo no es el arte, y mejor que empuñe pico y pala, grapadoras, sacacorchos, pipetas y embudos de decantación o sólo una digna tiza, lo que desde luego no es incompatible en caso contrario.
…………Me satisface confirmar que, como coreógrafa y bailarina, la visión de Isabel no araña la superficie igual que la de los simples meneaculos que tanto abundan, sino que ahonda en la concepción de la danza verdaderamente artística y así quiere “manifestar la naturaleza de la experiencia humana”, que siempre ha sido la pretensión de toda gran arte, sin aspavientos ni pedanterías. Es posible que su técnica creadora, ese “estado de trance, de embriaguez, de estar poseída por visiones que se van evidenciando en el estudio” de cada momento, sin planearlo, sin “prefabricación”, no convenza a un humilde y pendenciero escéptico como yo mismo, y no obstante, haber sublimado las aspiraciones de la danza constituye toda una revelación para mí. Y no ha sido la única: durante nuestro diálogo en La Paca supe que Isabel experimenta con el realismo mágico en sus coreografías: “la creación de objetos poéticos” es una de las estrategias del realismo mágico, dice, y “la danza propone un cuerpo poético en movimiento”, al margen de su virtuosismo o su índole minimalista. Y se descuelga en Tres relatos sobre la geografía de un cuerpo en movimiento, breve, heterogénea e insólita tesis, con que si “experimentamos el mundo a través del cuerpo” y “no hay entendimiento del mundo por matemático o conceptual que sea que no pase por la aprehensión de nuestra piel” —lo que ya da para un buen número de ensoñaciones a las mentes calenturientas— y “si la magia del momento presente es el cuerpo en movimiento en su diálogo efímero con el mundo, entonces la danza es la expresión más sublime de nuestra experiencia terrenal”. No se me ocurren muchas declaraciones sobre el baile con semejante audacia, en las que lo mojigato, por extensión, no tiene cabida.
…………Con todo, nuestra charla también hubo de servir para darle la vuelta a mi concepto de la catarsis que proporcionan los mecanismos artísticos: no como empatía, emoción y desahogo de los espectadores; la catarsis de los bailarines al ejecutar su danza, una idea maravillosa para el que la necesite y que puede vincularse, por ejemplo, con la escritura terapéutica, con el alivio de haber contado nuestra historia, que Isabel dice transformar en una divagación “por geografías” del recuerdo.
…………Hablamos también de la mezcla genérica, de la emancipación creativa, de huir del academicismo, del encorsetamiento, de la estéril fundamentación bibliográfica a la que nos fuerzan a veces para elaborar una tesis, y a causa de una contestación suya sobre la astrología védica y el movimiento de las constelaciones, le contagié mis afables carcajadas. Y más tarde, ya fuera, en lo colorido de una frutería cambiaron las tornas: el indagador sufrió un interrogatorio; un sujeto socialmente frío, amante de la flema inglesa, que sólo se arrebata cuando algo le apasiona, ya se trate de un texto, de un filme, una melodía, una ciudad, una idea, una lucha o una mujer. Pero no bailar, me temo. Y que culpen a mi torpeza congénita, a la pedagogía insuficiente en baile y expresión corporal que Isabel afirma que padecemos en la enseñanza, a una absurda conjunción de los astros o a mi sincero desinterés; y aunque para escribir esta sencilla columna he aprendido sobre la danza y ahora la vea con renovados ojos, no hay solución para que en la pista de baile que nunca piso continúe siendo un pobre pato mareado.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

5 comentarios

  • César Noragueda
    Responder enero 14, 2014

    César Noragueda

    Si queréis saber más sobre el trabajo de la coreógrafa Isabel Cuesta, podéis consultar su página web: http://www.isabelcuesta.com/es.

  • Responder enero 14, 2014

    Alejandro M

    Ha sido divertido.

    • César Noragueda
      Responder enero 15, 2014

      César Noragueda

      Inesperado calificativo, con franqueza. Pero fue también uno de los que salió de la boca de la misma Isabel cuando le di a leer el artículo.
      En cualquier caso, me alegro de que te haya gustado, Alejandro. Yo disfruté escribiéndolo.

  • Responder marzo 12, 2014

    Javier Gonzàlez Alvarez

    No sè porque se me ocurre que la autenticidad està màs en buscar que en encontrar de tu texto me quedo con eso.

    • César Noragueda
      Responder marzo 13, 2014

      César Noragueda

      La autenticidad también implica ser honesto y coherente en esa búsqueda, Javier. De todos modos, a no ser que uno busque cosas como hombrecillos verdes, siempre encontrará algo de lo que quiera encontrar. Y habrá sorpresas.

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