Peligrosidad laboral

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Analfabetos, analfabetismo

En uno de los cumpleaños de un viejo amigo, cuya celebración suele ser de las que mezclar bebidas alcohólicas y una tontada como el Teléfono Roto puede conducir al paso de “Fulatina es la puta ama” a “Fulanita es una puta alemana”, el anfitrión tuvo la gran ocurrencia de engancharnos al torso unas tarjetitas individuales para ayudar a que los forasteros nos identificásemos sin complicaciones y, en especial, para chotearse un poco. Lo que puso en la mía no viene al caso, pero en la de otro de sus amigotes, bajo su cara de mártir por costumbre, podía leerse lo que sigue: “Hola, soy Fulanito y mi ocupación es de un enorme riesgo: soy bibliotecario”. Imaginad que en un gozoso día de abril cualquiera, cuando los pájaros cantan y las nubes se levantan, este hombre acude feliz a trabajar, abrazando a la gente en el metro y comprándole ‘taitantas’ odas al poeta de la Gran Vía, y en un calamitoso descuido, al demorarse para piropear a una compañera, se le viene encima la copiosa sección de manuales de horticultura, con los fascículos del quiosco que corresponda y su estantería de cuatro por veinte; no hay duda de que no vive para contarlo. O pensad en la muy probable circunstancia de que un bandido se asome por la biblioteca y obligue a tan diligente archivero, que no gana para sustos, a entregar la codiciadísima colección completa de los Episodios nacionales a punta de pistola; ¡se merece un sobresueldo por peligrosidad laboral!

Sin embargo, no es la única profesión arriesgada a la que generalmente no se considera así; bien lo sabemos los que nos dedicamos, entre otros asuntos, a corregir libros, una faena aterradora con deformación profesional incluida y solo a veces gratificante. De entrada, ya hubo quien me amenazó con enviar de visita al que fue su ‘compi’ de celda con un bate de béisbol si se me iba la mano en algún retoque al corregir sus artículos. De buen rollo, naturalmente; o eso decía; justo el que no gasta el personal si cualquier filólogo sensible, consciente de que el analfabetismo es de sus tormentos en el mundo, señala monstruosidades como “Los horígenes del capitalismo” en apuntes de Historia Contemporánea, que le puede parecer un chiste a algún comunista recalcitrante, o promesas de amor prematuras que llevan a escribir: “Cariño, has echo mis sueños realidad”, lo que bien pudiera tratarse de una intoxicación lingüística por escasa lectura y, claro, ofuscaciones amatorias.

Pero si aún no consideráis a esta una profesión arriesgada, con el estrés postraumático del analfabetismo, desplantes y miradas asesinas por orgullos hechos tapioca y coacciones de ex presidiarios, no os vendrá mal conocer la triste fábula del españolito que vino al mundo y no le guardó Dios, pues una de las dos Españas —la analfabeta— hubo de helarle el corazón, ya que le incluyeron en una tertulia virtual y uno de los participantes, al ver el asombro de que nuestro españolito escribía con las mayúsculas, puntos y comas que se debe, exclamó: “Pero, tío, ju, ju; no hace falta que escribas tan bien, ju, ju; que esto no es una audiencia con los Príncipes”, a lo que el interpelado respondió que ya era una costumbre, que no veía motivos para no escribir de forma correcta y que, si él, como filólogo, no se preocupaba de hacerlo, no sabía quién. Y el aluvión de insultos, maldiciones y amenazas fue tal que nuestro españolito estuvo a punto de alzarse con un látigo en una mano y la silla que ocupaba en la otra y dirigirlos a su ordenador en un intento de domar a la bestia. Así que mi única solicitud es la siguiente: ‘apartheid’ para analfabetos, ¡ya!

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

3 comentarios

  • Responder diciembre 24, 2014

    AnitaFu

    Cuánto te entiendo…
    Los filólogos somos los últimos supervivientes, los que resisten tras la trinchera ortográfica, intentando creer que la guerra todavía no se ha perdido.
    Lleva cuidado. Hay un mundo terrible ahí fuera…

    • César Noragueda
      Responder diciembre 30, 2014

      César Noragueda

      Sí, e incluso estoy pensando ir por ahí con la edición unitaria del DRAE, la gorda, y utilizarla como instrumento de autodefensa.
      Ya se sabe que un librazo a tiempo, ¡zasca!, puede salvar vidas.

  • Responder diciembre 31, 2014

    Michelle

    Mil gracias por compartir tan interesante lectura

    Michelle

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