Gabo y el náufrago

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…………Si hubiese que elaborar una lista, estudio o ensayo sobre los textos periodísticos ejemplares con mayor repercusión social y literaria, que fuesen origen de un jaleo notorio, si acaso declaraciones y hostilidades gubernativas, y que aún se recuerden, lean y analicen, no hay duda de que Relato de un náufrago, escrito por el padre de Macondo, se encontraría entre ellos. Las razones son simples: en primer lugar, este reportaje sobre la pesadillesca aventura que vivió Luis Alejandro Velasco, único superviviente de los ocho marineros que, en febrero de 1955, se precipitaron al Caribe desde un destructor de la marina colombiana, y que estuvo a la deriva en una balsa durante diez días y sin alimento, reveló que tal infortunio no se había debido a la tormenta de la que hablaban fuentes oficiales, sino a “un bandazo por el viento en la mar gruesa” que les había arrastrado al agua con los bultos de contrabando, siendo que los destructores no debían llevar carga, y el buque no había podido hacer maniobra alguna para rescatarles debido al sobrepeso, lo que desencadenó un escándalo nacional que le costó “la gloria y la carrera al náufrago y el exilio al reportero”; y en segundo lugar, el clamoroso renombre que Gabriel García Márquez consiguió con Cien años de soledad produjo un gran interés por el resto de su obra e hizo posible que, en 1970, se editaran en un volumen los episodios del reportaje, que habían sido publicados como crónicas en El Espectador de Bogotá, con el título “La verdad sobre mi aventura”, durante catorce días consecutivos quince años atrás, y después recopiladas como reportaje en un suplemento.
…………Dicho lo anterior, he de señalar que lo interesante de la obra, no es sólo lo que narra, ni que aborde la experiencia de la soledad en una situación límite, sino también la historia de lo que ocurrió luego, a raíz de que se publicara, la anécdota subsiguiente de la que el propio texto forma parte, la metaliteratura, la literatura que trasciende más allá de sí misma.
…………A pesar de ello, reconozco mi ignorancia acerca de si Gabo, apócope del hipocorístico guajiro con que algunos le llaman de modo afectuoso, previó el alcance de las crónicas. El asunto que dio lugar a la polémica, la ira del Gobierno y las represalias, es decir, el contrabando de electrodomésticos y sus repercusiones aquel día, no se trata como una revelación escandalosa, ni lo de que la tormenta fuese mentira, sino que estos factores se introducen en el relato como elementos más del mismo, lo que le da credibilidad por la aparente candidez de referir las cosas tal como sucedieron, sin evaluarlas. Y no obstante, según él mismo dice en el prólogo para el volumen, el escritor era consciente de que tales revelaciones “valían su peso en oro”, así que no me parece que debamos verlo como un trabajo libre de intencionalidad perturbadora por su asepsia y falta de hincapié en la mentira de la versión oficial, ni que eligiese las características del reportaje si se me apura, sino como un intento de sacar a la luz lo que verdaderamente ocurrió mediante una denuncia indirecta y colateral en un paño literario con el objetivo de que la respuesta del Gobierno no fuese excesiva, lo que no sirvió de mucho.
…………Relato de un náufrago no es una historia novelada en primera persona de las vivencias de un escritor al investigar un hecho, sino la crónica de lo sucedido en primera persona con la pluma de García Márquez. El autor, por lo tanto, se mete en la piel de un narrador-protagonista real, autodiegético y, así, interno, pero tal circunstancia no la conocían los que pudieron leer las crónicas hace más de medio siglo, para los que se trataba de un reportaje literario en el que autor y narrador eran la misma persona, no un narrador-personaje, lo que podría desembocar en una reflexión sobre las triquiñuelas artísticas y sus frutos, a la que aspiro, sobre el arte de fingir y lo que creemos cierto. Además, dejando claro que no he leído aún Vivir para contarla, autobiografía de Gabo en la que quizá mencione esta cuestión, he de preguntarme acerca de la causa de su exilio cuando, como suele decirse, las cosas se pusieron feas por las informaciones del reportaje; en particular, sobre si el Gobierno del dictador Rojas Pinilla se enteró de que él lo había escrito en realidad y el modo en que llegara a saberlo, o simplemente cargó contra toda la plantilla de El Espectador, que finalmente fue clausurado por orden gubernamental. Hace un tiempo encontré una explicación en un artículo de Justo Serna, quien señala que en el suplemento “se le anunció al lector la autoría real del texto”, pero García Márquez asegura en el prólogo del libro que en dicha edición es donde su nombre aparece vinculado al reportaje por primera vez. Lo cierto es que me resulta creíble la explicación de Serna a la luz de los acontecimientos subsecuentes a que se publicara el reportaje, así que la doy por cabal y sugiero un tirón de orejas para Gabo.
…………Los géneros periodísticos también constituyen literatura, pero no tan artística cuando están sujetos a estándares y exigencias deontológicas; y no es que la veracidad sea un rasgo exclusivo de los géneros de clásica rotativa, pero sí se trata de una obligación del buen periodismo, no así de la buena literatura, que puede ser veraz o no serlo con tal de que se muestre verosímil, y de ahí las licencias que se toman los literatos o los narradores en general (incluso los del cine, dado que el paradigma triunfante en el celuloide es narrativo), pues la veracidad no debe restringir el desarrollo ni el resultado de una obra, por aquello de la audacia y la libertad creativa. En géneros híbridos, como este reportaje literario de García Márquez, se combinan las dos exigencias, la de veracidad y la de una escritura con estilo y óptica literaria, no de simple redactor.
…………Los escrúpulos por la veracidad de las informaciones, indicada en el hecho de que, a lo largo de la entrevista, García Márquez “soltaba preguntas tramposas” para detectar contradicciones en el cuento de Velasco, se dan de bruces con la licencia literaria que el por entonces periodista se toma respecto a la autoría, argumentando que les pareció lo justo que las crónicas se publicaran firmadas por el marinero porque la historia era de Velasco y este había sido muy minucioso en su narración durante la entrevista. Sin embargo, he de decir que, si eso es lo que consideraban, en rigor, lo auténticamente justo hubiera consistido en una doble autoría, en que ambos hubiesen firmado el texto, pues la redacción era de García Márquez. Y al editar el volumen, no sólo pasaron por encima de esos miramientos, sino que además quedó Gabo como exclusivo responsable de este, por mucho que le cedieran al náufrago los derechos de autor; y así, uno se pregunta si el argumento de década y media antes ya no era válido para el escritor, ahora famoso, o si el giro completo fue por precisiones editoriales; algo similar a lo ocurrido con la inconcebible y divertidísima “autobiografía” de Harpo Marx, que fue redactada “con la colaboración de Rowland Barber”, lo que quiere decir, conociendo la cultura y los intereses de Harpo y si se me permite la especulación maliciosa, que Barber la escribiría tras entrevistar al brillante mimo, y que se reeditó en 2001 y 2010 sin que el nombre del que supongo su verdadero y único autor aparezca en la portada, como de costumbre.
…………Por lo demás, la licencia que se toma García Márquez con la autoría produce una información falsa de modo indirecto: el náufrago, aparte de ser un heroico superviviente, escribía con mucha soltura y, como digo, era autor del largo reportaje, un embuste sin importancia ya que se supone que el texto en sí rezuma autenticidad, se nos antoja sincero, pues incluso relata la torpeza que cometió el infeliz cuando finalmente se hizo con algo para calmar el hambre, un pez de medio metro, y lo perdió en beneficio de uno de los tiburones, herida para su orgullo que, sin embargo, se ha de ver como una nimiedad frente a su memorable supervivencia. Y se da la paradoja de que, al haber sido escrito el relato en primera persona, resultaría más veraz y verosímil por parecer un testimonio de primera mano, y así lo considerarían los lectores aunque no lo fuese. En otras palabras: la sensación de veracidad es correcta, no así respecto a lo que la motiva. Y pese a que Gabo afirme que el marinero contaba con una memoria asombrosa, el magnífico aporte de datos sobre cada momento de la aventura es difícil de digerir en lo que se refiere a la verosimilitud de dicho aporte, y quizá sea cierto que el náufrago gozara de una memoria de elefante, pero también que le hubiese descrito al escritor lo que recordaba y que este último hubiera rellenado los huecos, o que incluso el propio Velasco adelantara la tarea con los que él mismo tenía; y si la certidumbre fuese la segunda posibilidad y tiramos del hilo de la preocupación que García Márquez enuncia en el prólogo de que su único problema literario sería “que el lector lo creyera”, sus menciones a lo minucioso del relato del propio marinero y a su “instinto excepcional del arte de narrar” —qué coincidencia—, no serían más que un intento de hacer verosímil su versión y alejar el ojo de las otras posibilidades. Y puede, asimismo, que la decisión de que las crónicas se publicaran firmadas por Velasco respondiese a la idea de que quizá el poder no cargaría contra un joven marinero al que habían ascendido y proclamado héroe de la patria.
…………No soy ningún paranoico, pero sí racionalista, y si bien puede que se me tache de escéptico como a los obtusos detractores del “nuevo periodismo”, si se me permite la chanza, en caso de que alberguemos dudas razonables, no hay motivo para fiarnos de quienes que se dedican a contar historias, que son hábiles en volver creíble el más maravilloso de los engaños. Y cualquiera podría pensar que esta perspectiva, la de las licencias del escritor, es absurda, puesto que Velasco debería considerar un sacrificio honorable que Gabo le cediese sus palabras, incluso cuando aún no había conseguido el Premio Nobel de Literatura y la sola idea se le antojaría un disparate, pero me limito a analizar estas ocurrencias en lo que se refiere a la composición del texto, que no estimo reprensibles al ser literatura. No hace muchos años que Artur Domoslawski, discípulo del maestro de periodistas Kapuscinski, asegura en la biografía que publicó sobre él que descuidaba datos o fuentes al practicar géneros fronterizos, o combinaciones, de periodismo y literatura, pero no era un mentiroso, si bien le rebatieron poco después Beata Nowacka y Zygmunt Ziatek, autores de otra biografía, que no ven descuido en su mentor; y no obstante, si lo que Domoslawski afirma fuese cierto y el gran Kapuscinski no resultara inmune al influjo de la libertad del arte que rompe los corsés de la deontología periodística, no veo cómo podríamos reprender a García Márquez por una pequeña jugarreta. Ambos son ejemplo de la línea difusa con que quieren separar periodismo de literatura, que no existe en mi opinión. Si acaso, existe la que disocia la literatura más artística, valga la redundancia, del periodismo mercenario sin un matiz desdeñoso, más profesional y técnico, al puro servicio de la información, como existen otras literaturas y productos artísticos igualmente mercenarios por comerciales.
…………Si la historia del marinero, la pesadilla de un hombre atrapado y solo, de sus vicisitudes, sensaciones, tormento y desesperación, de su casi incesante búsqueda de una esperanza que le infundiese valentía para no rendirse en cada momento, ya fuere de ser rescatado por un avión o un navío, la euforia por dar dos bocados o la visión de gaviotas que apuntan la cercanía de tierra firme si no van a morir, tal historia, digo, es de por sí excepcional, y García Márquez la narra concienzuda e implacablemente y, de ese modo, consigue intrigar al lector y que se avenga a seguir leyendo al final de cada capítulo, crónicas individuales en primera instancia, con intervalos álgidos, quizá no siempre de la propia historia, pero sí de las cavilaciones del protagonista; o brindando adelantos suculentos, como en el capítulo en que menciona que determinado camarada se encontraría luego “muerto en el fondo del mar”, lo que es una conveniente técnica literaria para estimularle el interés al lector y que ansíe estar al tanto de las circunstancias de lo que se anticipa, generalmente grave o crucial, de la que el mismo Gabo, astuto como él solo, se sirve en el comienzo de la fascinante Cien años de soledad (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”), de Noticia de un secuestro (“Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba”) o de Crónica de una muerte anunciada (“El día en que lo iban a matar…”). Es un detalle de elaboración literaria muy agradecido, que una persona atenta reconoce antes de concluir la lectura; como el relato de la caída al mar, en el que la percepción subjetiva hace posible la demora de la confirmación de que eso es lo que había ocurrido para impactar finalmente con ella, o el de los sueños y alucinaciones sobre la presencia en la balsa de Manjarrés, compinche de Velasco, que no se tratan como tales de un modo directo pese a que los lectores sepamos que lo son.
…………El subtítulo o, más bien, la continuación del título (“… que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el Gobierno y olvidado para siempre”), como se ve, resume los hechos del reportaje y los posteriores a su publicación, se parece a las entradillas, lo que emparenta a la obra todavía más incluso con el periodismo, y bien puede considerarse otro método de intriga para los lectores. La narración es lineal, en orden cronológico, no interrumpida por casi ninguna retrospección, y el lenguaje al que Gabo recurre, sencillo y comprensible, correcto, sin ningún derroche o alarde, si bien no estoy seguro de hablar de cierta devaluación expresiva para adaptarse al medio en que se publicaron las crónicas, pero sí de que influye en la credibilidad de la autoría, pues la llaneza pudo servir de ayuda para que los lectores creyesen que el texto había sido escrito por el náufrago. No obstante, después de tanta repetición sobre los fenómenos celestes en todo tipo de literatura, me resultó muy grata esta imagen: “… la noche, apretada y tensa, se derrumbó sobre el mar”. Y es de agradecer que, pese a que se publicó por entregas, en el texto no haya incisos y recordatorios de importancia que habrían lastrado la narración; casi parece que García Márquez la compuso teniendo en mente recopilarla más tarde, pero no sé cuándo se decidió publicar el suplemento.
…………Con todo, he hallado alguna mezcla errónea de tiempos verbales, unos brincos del pasado al presente. Ignoro si son responsabilidad de García Márquez, que siempre ha defendido la simplificación de la ortografía, “terror del ser humano desde la cuna” que hay que jubilar, según sus propias palabras, lo que constituye la típica salida de alguien que, de hecho, comete faltas, antepone la comodidad de no corregir sus deficiencias y desvaría pidiendo que dejen de considerarse tales.
…………Sin embargo, lo que sí juzgo digno de reconocimiento a pesar de todo es que, como ya he dicho, le cediese los derechos de autor al náufrago, pues “hay libros que no son de quien los escribe sino de quien los sufre”, y el náufrago padeció mucho “para que este libro fuera posible”. Este sería el remate perfecto para una bonita historia tan real como literaria, la que comenzó con una tragedia y una lucha en medio del Caribe y que dio a luz la propia literatura, pero la verdad es que Velasco exigió después los derechos de traducción de la obra en 1983, trasladada entonces a casi cuarenta idiomas, lo que condujo a que perdiese todos los derechos sobre la misma y, así, me recuerda ese refrán de la avaricia que rompe el saco.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

1 comentario

  • […] que más se le ha rendido homenaje es a Gabriel García Márquez, y con toda justicia. Es innegable la influencia que ha tenido el autor en la literatura de habla hispana y allende las culturas. También moría el […]

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