El iceberg inexorable

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Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Billy Zane, Kathy Bates, Bill Paxton, Bernard Hill, Ioan Gruffudd

Si hay una tragedia, un suceso catastrófico real que haya conmovido al mundo, un apocalipsis tangible, una historia fascinante con los ingredientes apropiados para ser novelesca, se trata, sin duda, de la zozobra del Titanic. Con todo, fue Hans Magnus Enzensberger el que lo supo al escribir sobre tal zozobra seis décadas después y dos antes de que James Cameron hiciese añicos la taquilla de cine y los corazones del público; y se vio obligado a reconocer que es un filón para poetas: una osadía de la industria naval, su primer crucero, la estirpe humana representada en magnates del tipo del tordo, burgueses de renta media y pobretones emigrados, un telegrafista obtuso y descortés que enoja a un buque que no se halla muy lejos, la ambición que no le ve las orejas al lobo, botes escasos y, a la hora de la verdad, un desperdicio; un iceberg que se dirige a ellos inexorablemente, el choque, el pánico, la miseria humana, baúles chorreantes, la lucha clasista por la supervivencia, unos músicos que tocan sus acordes hasta que el océano glacial e inclemente les acaricia los tobillos, una mujer insumergible y un capitán a punto de jubilarse que se hunde con su barco, asido al timón.

Pocas películas se recuerdan por conmocionar a multitud de espectadores a escala planetaria de la forma en que lo hizo Titanic, de James Cameron, y me entristece que nos resulte difícil no hablar a la defensiva de ella a los que la valoramos mucho, gracias al desprecio o el odio incomprensible que despierta en un montón de personas hasta inteligentes. A sus críticos, en resumidas cuentas, les basta con señalar con el dedo la sencillez de la historia de amor entre sus protagonistas, Rose DeWitt Bukater y Jack Dawson, para darse por satisfechos; y dicen que así el guion es muy pobre y nada original, como si toda historia amorosa necesitase ser compleja invariablemente para sentirse veraz e inducir empatía, como si las circunstancias en que surge y su testarudez no alcanzasen a emocionarnos, o como si a día de hoy, qué ingenuos, hubiera narraciones originales; e ignoran algo tan notorio como la absoluta maestría de una composición audiovisual que sugestiona, arrebata y estremece, con una puesta en escena rotunda, un guion cristalino y estructurado a la perfección, un extraordinario ‘crescendo’ y secuencias tan formidables que pasman, tan terribles que apabullan, un buen manojo de personajes cabalmente perfilados, una acertada representación en miniatura de la sociedad y sus mezquindades y una mujer que evoluciona hacia su emancipación, unos intérpretes siempre creíbles, un aparato técnico asombroso y una banda sonora de ensueño, indispensable, compuesta por el solemne James Horner; todo en un filme apocalíptico de verdad, sin tonterías, con una lucidez sobre el horror del fin, ante la muerte segura, y la irreprimible insolidaridad de los animales humanos aterrorizados, un conocimiento y una compasión por sus criaturas y, a la vez, una implacabilidad emocional que dejó hechos unos flanes a los espectadores de medio mundo, atónitos, íntimamente conmovidos y maravillados.

Parece una obviedad, entonces, que la conmoción que produjo Titanic no fue solamente por la bíblica historia del transatlántico sino, sobre todo, por las capacidades, el afán y la sabiduría de James Cameron y los componentes del equipo que trabajó a sus órdenes. Recuerdo que Adrián Massanet puso por escrito que esta película sirve como “la perfecta detectora de esnobs”, y tras tumbar los pueriles argumentos en su contra, no parece descabellado fijarse en el éxito que tuvo y la resonancia social abrumadora que padecimos, un pelín molesta, y suponer que por eso muchos esnobs la aborreciesen, ya que lo generalizado es del gusto de la masa y no digno de personas tan distinguidas como ellos; si bien la insensibilidad, la ignorancia o la ceguera ante lo que se ve podrían añadirse a tan penoso cóctel.

Por su parte, El hundimiento del Titanic, de Enzensberger, es una obra poética que abriga más desencanto que marxismo; en sus versos se alude a Lenin y un agitador brama en la entrecubierta, y aunque los pasajeros le escuchan, no le comprenden; y tras el naufragio, la civilización sigue su curso con destino a una nueva hecatombe; y continúan los juegos de cartas y la neblina gris en el salón de fumar, los masajes, los baños turcos, las saunas finlandesas, las copas de champaña, el ridículo té con sacarina; y así terminará el mundo, “con los vítores de hombres ingeniosos que se toman todo a broma”, en palabras de una puta. Sus libérrimos treinta y tres cantos, que tienen más de crónica, desazón y reproche que de elegía, son un análisis caótico e imprevisto en verso libre de la sociedad contemporánea, de la conducta de Occidente resumida en las horas del cataclismo, e incluso una hipótesis acerca del saber, una caja vacía, que no comparto; y la duda irremisible de por qué hay lamentos si no se atiende a razones, por qué se enjugan las lágrimas y seguimos nadando.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

4 comentarios

  • Responder enero 4, 2015

    Manuel Laza

    Un muy hermoso y bien articulado comentario. Se agradece la buena prosa y las acertadas y muy oportunas adjetivaciones. Decía JL Borges que una de las cosas más difíciles en literatura es colocar un adjetivo en su justo lugar, y usted lo hace. Enhorabuena.

  • Responder enero 7, 2015

    M. Ángel

    Espero poder seguir disfrutando durante mucho tiempo de tus magníficos escritos en esta página.

  • Responder enero 9, 2015

    Jesús M. Tibau

    otro interesante libro sobre naufragios es la novela de Pere Calders, Ronda naval sota la boira, pero no sé si está traducido

  • Responder enero 11, 2015

    Ana

    Una web muy interesante. Pero, ¿por qué no ponéis nunca el nombre del traductor, cuando habláis de obras literarias escritas en otros idiomas? Se trata de un dato muy importante y que interesa a todos los lectores. En primer lugar, hay que ser consciente que no leemos las obras tal y como las escribieron los autores, sino a través de otra persona. Y no todas las traducciones son iguales, así que también es importante saber distinguir y saber elegir. Animo a todos los que escriben críticas a que hagan constar siempre de quién es la traducción.
    Saludos, Ana.

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