Dos comedias y una arpía

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…………Si conocéis, queridos míos, a alguna persona que no haya afrontado la obligación de participar en funciones escolares, transmitidle mi enhorabuena. No es frecuente que uno se librara de ello, de los teatros y bailecitos cutres, machacones y gazmoños, de los disfraces de confección casera, los aplausos inmerecidos y el orgullo pueril. Con todo, hay veces que suena la flauta y uno logra divertirse en ensayos y representaciones, pero es indispensable un buen material, como El juicio de Paris, de Arístides Mínguez, una obra ocurrente y divertidísima en la que tuve la oportunidad de intervenir durante el bachillerato, y cuya edición aún conservo, ahora dedicada.
…………Reconozco que fui tan iluso como para pensar que el personalísimo e inusitado nombre de Arístides era una especie de seudónimo con el que pretendía unir el mundo clásico y la modernidad de su apellido, y me columpié: hay personas con el suficiente gusto y cultura para optar por nombres inusuales, con carisma y significación. Y Arístides honra el suyo, no sólo promoviendo el legado grecolatino en las aulas a su alcance, sino también los valores imperecederos de este en su columna y con la creatividad de las dos comedias que ha publicado a día de hoy, una ya antedicha al estilo griego de Aristófanes, “una farsa, una recreación jocosa del mito de la manzana de la discordia”, y una al romano de Plauto, que se titula Caligae Magnificus, nombre de uno de sus extravagantes personajes implicados en los embrollos amorosos del distrito “más populachero y de peor renombre de Roma”, y que homenajea al ‘magister’ de cómicos romañés.
…………Soy el primero que discute llegada la ocasión la pertinencia de recurrir al pasado del arte para elaborar una obra nueva por simple gozo estético, de recoger antiguas formas o no tan antiguas y complacerse por remozarlas en un producto artístico contemporáneo, porque el tiempo y las características de cada periodo que emanan y dan de sí sus propias ideas son irrecuperables, y así no avanzamos ni conseguimos mostrar de dónde somos ni se aporta mucho al imprescindible análisis de nuestra actualidad. Pero de esto último ya se ocupa muy bien Arístides en sus artículos de opinión, los cuales, si no ofrecen cúmulos de datos ni argumentaciones sesudas, nos golpean en plena cara y sacuden el avispero de nuestros adormilados cocos con verdades emocionales que se encuentran más allá de toda discusión y con las que se gana a la gente, y descripciones con la solidez de lo reconocible y sus desafueros. De modo que, por haber cumplido, puede escribir sus comedias sin miramientos y prodigarse en el sentido del humor que, sin embargo, muchas veces se le escapa con los barrocos calificativos que arroja en sus columnas por muy sangrante y abusiva que sea la cuestión social que plantee. Y si El juicio de Paris y Caligae Magnificus no sirven para que el teatro evolucione, la profunda y decisiva interiorización del modelo clásico y la agudeza cómica que Arístides se gasta son irresistibles.
…………No hay duda de que las diferencias entre ambos teatros se deben a las del propio arquetipo de cada una, por muy similar que este resulte a simple vista ya que el uno es descendiente del otro, y se me antoja que la causa de que prefiera El juicio de Paris no son únicamente los buenos recuerdos que guardo de nuestras representaciones, es decir, mi conexión emocional con esa obra, sino precisamente su arquetipo, ya que considero que la comedia ateniense le hace sombra a la romana en la mayoría de sus atributos: es más fresca, más libre, más escandalosa, más desenfadada; y advierto a Arístides más inspirado en las interlocuciones de los dioses grecolatinos y el pastorzuelo que en las de los pícaros de Roma a los que, de todos modos, en las tablas se les debe de ver descacharrantes. Pero, además, El juicio de Paris es merecedora de elogios porque transgrede el modelo griego al pasar a la comedia, que se ocupaba de fregados cotidianos, los temas heroicos y los personajes divinos que concernían a la tragedia de Esquilo, Sófocles y Eurípides, como ya hiciese un tal Shakespeare en Sueño de una noche de verano; y al transgredir, incluso se lleva por delante la concepción que los griegos tenían del teatro como ritual y la transforma en romana, o sea, en un juego muy entretenido. Poco más se puede pedir.

César Noragueda

Director del diario. Crítico cinematofágico y articulista un poco protervo. Bibliófilo y racionalista beligerante: cuidadito conmigo, charlatanes.

3 comentarios

  • Responder diciembre 28, 2014

    Manuel Laza

    Coincido contigo en tu apreciación de las obras. César, enhorabuena.
    Tu artículo, muy oportuno. Gracias.

  • Responder diciembre 30, 2014

    Andrea

    Hola!
    Cuando esta mañana me he dicho a mí misma “ánimo Andrea, va a ser un tostón, pero por lo menos va a ser corto” no tenía ni idea de cuanto me iba a arrepentir. Hasta ahora, siempre que había tenido que estudiar antiguos autores griegos o romanos o sus obras, me invadía una poca apetencia ante una previsible tarea muy aburrida (con todo el respeto a tan ilustres autores). Respecto a “El juicio de Paris”, pensaba que no iba a ser más que otra historia de clase de latín de dioses que se tiran a sus madres y se comen a sus hijos-cabra con parrafadas de tres páginas y un vocabulario mortal. Pero, he empezado a leerlo, y con sólo un par de páginas ya tenía una sonrisilla en la cara; unas cuantas páginas más, y la sonrisa se había convertido en risa; y a la mitad del libro aproximadamente, las carcajadas ya brotaban a borbotones. Lo que en principio iba a ser algo feo, se ha convertido en una divertidísima tarde de lectura. Al final me he llevado una grata sorpresa… una vez más queda demostrado que las apariencias engañan. Yo por mi parte la he propuesto en mi grupillo de teatro. Se la recomiendo a todo el mundo, amantes o no del teatro.
    Un abrazo.

  • […] sedes: Cartagena (donde el inolvidable Ricardo Alarcón invitó a mis Thaliae Catuli a estrenar El juicio de Paris en 1996), Mérida, Madrid y un largo etcétera. El testigo lo tomó la asociación Prósopon y el […]

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