Campos Flegreos

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Campos  Flegreos

Viajar al buen tuntún tiene la ventaja de deparar sorpresas. Coche, carretera y manta, sin más objetivo que algún difuso destino final al que acceder tras un recorrido azaroso señalado día a día. En un verano de esos en los que decidimos hacerlo así, enfilamos la autopista con la intención de hacer una larga parada en Nápoles.

El coche, que proporciona flexibilidad a la hora de moverse y facilita el acceso a lugares de otro modo difíciles de visitar es, sin embargo, un incordio en las grandes ciudades. Si además se trata de urbes caóticas cuyas calles están siempre repletas de vehículos abollados, conductores suicidas y motocicletas con vocación asesina, resulta muy recomendable decidirse por buscar alojamiento fuera, en alguna población menor, más cómoda y, a ser posible, bien comunicada.

La circunvalación napolitana puede llegar a ser tremenda, comparable con el Sacro GRA romano. Sin saber muy bien qué dirección elegir optamos, finalmente, por recalar en Pozzuoli.

Las calles tortuosas y empinadas del pueblo sólo prometen, en un primer momento, complicaciones. No parece fácil moverse por allí, pero pronto vemos señales salvadoras que nos indican un ‘camping’, y hacia allí nos dirigimos, subiendo más y más por la ladera de un monte con forma peculiar.

Encontramos plaza sin problema. El lugar está convenientemente sombreado por una buena colección de árboles de considerable tamaño y el suelo es blando, si bien un tanto polvoriento. De cuando en cuando nos llega, eso sí, un alarmante olor a azufre. Pronto lo entendemos: el ‘camping’ ocupa más o menos la mitad del cráter de un volcán, el Solfatara, que permanece activo, aunque declinante, desde al menos la época de los romanos. Un sol de justicia se refleja en el suelo gris ceniciento de la zona activa, cegando a los pocos que en ese momento, casi el mediodía, nos aventuramos a caminar entre fumarolas para acercarnos a una charca de barro que burbujea liberando gas.

Al fondo de la deslumbrante explanada, llaman la atención unas casetas. Caminamos hacia ellas dejándonos las suelas de las chanclas deshechas por el ardiente suelo, bordeamos una enorme fumarola y leemos en un cartel que allí se llevaban a cabo tratamientos médicos basados en la inhalación de humo azufroso.

El Solfatara es uno de los muchos volcanes, activos o apagados, que se alzan junto a la bahía de Nápoles, hace tiempo reputada incomparable por su belleza y hoy atormentada por un urbanismo tal vez aún peor que el que ha destrozado casi por completo el litoral mediterráneo español. El principal de todos, el que ha dejado una huella más profunda en la historia, es el célebre Vesubio, que se alza orgulloso más al sur, en la campiña, aunque algo ultrajado por el papel de quemadero de basura al que le han sometido las oscuras fuerzas que dominan su gestión en este duro entorno camorrista.

En esta zona norte de la bahía, conocida como Campos Flegreos, se pueden visitar lugares fantásticos y extraordinariamente evocadores como Cumas, donde ejerció la más anciana de las sibilas, la que olvidó pedir a Apolo la eterna juventud; el lago Averno, una de las entradas al mefistofélico territorio, junto al que se levantan los restos de un viejo templo de Plutón, claro.

El castillo aragonés de Baia alberga un museo arqueológico excepcional y, en la punta de Miseno, guardián sur de la bahía, se puede tomar una Peroni bien fría imaginando el terrorífico espectáculo que le tocó contemplar desde allí a Plinio el día en que desapareció Pompeya. De los dos, el viejo, almirante de la flota romana allí estacionada, acudió en socorro de la ciudad para encontrar su propia muerte en tan vana empresa. Al joven cupo en suerte el destino de relatar para la eternidad esas terribles jornadas.

La propia Pozzuoli tiene más aliciente que el de ser lugar de nacimiento de la inmortal Sofía Loren. Se llamaba Puteoli en época romana y fue un importantísimo puerto comercial en el que se descargaba buena parte del trigo vital procedente de Egipto y Sicilia.

Merece la pena pasear por los soberbios restos del anfiteatro o admirar lo que queda del viejo mercado, estructura que se eleva y hunde según los peligrosos movimientos de un terreno inestable por el brasidismo que lo aqueja y que ha condenado al cierre al más antiguo de los barrios del pueblo, el Rione Terra.

Todo esto y mucho más, como el Arco Felice o los depósitos de agua de la flota, junto a una estación que nos lleva en cuestión de unas decenas de minutos a Nápoles, a Pompeya, a Herculano, a la villa Oplonti… Un acierto sin duda, y un hallazgo que agradecer a esa diosa Fortuna, que a veces premia a los insensatos.

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