The Smashing Pumpkins y el guitarreo hacia el abismo

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Billy Corgan, Mellon Collie and the Infinite Sadness

Entre los muchos grupos norteamericanos de ‘rock’ que sonaron en los noventa, hay para todos los gustos y de todos los tipos. Algunos aportaron mucho al género y otros estuvieron a punto de hundirlo (en realidad, creo que ningún género musical ha sufrido tantas traiciones y deserciones estéticas). Muy pocos abrieron nuevas vías y la mayoría se quedaron bebiendo de las fuentes de Black Sabbath, los padres de todos. De entre esos pocos, cuyo estilo musical llamaron ‘rock’ alternativo, pocos han brillado tanto o han sido tan puramente decadentes e irregulares como The Smashing Pumpkins, la banda creada por Billy Corgan en 1988.

Cuentan que el larguirucho Corgan (que mide casi dos metros) es un tirano que en sus comienzos musicales venció a su incapacidad con la guitarra para convertirse en un virtuoso, y que, cuando ya era una estrella, dirigía al grupo con mano de hierro y sus decisiones eran las únicas válidas, y que lo siguen siendo. Le recuerdo en una cogida de premios, con James Iha intentando hablar, pero visiblemente amedrentado por este gigantón que casi le acalló con su discurso. Dicen que los artistas son a menudo despiadados, y no toleran a otro artista cerca. Pero de esa tormentosa amistad nació una aventura musical que dura hasta nuestros días, en la que se mezclan ‘grunge’, ‘heavy’, música alternativa, ‘rock’ gótico y un guitarreo casi inigualable.

Porque el gusto por el sonido puro de guitarra eléctrica, enriquecida con vibraciones y texturas, es el rasgo que mejor define a una banda muy personal, dotada de hermosas letras en sus mejores canciones y de aburridos ‘riffs’ y recursos de batería en las peores (que suenan pesadas y reiterativas), siempre con la muy particular voz de Corgan rasgando el aire.

La banda tuvo unos comienzos lentos (impensables en estos días, en los que, si no hay triunfo aplastante enseguida, nadie cree en ti) y ahora nadie cree en ella después de tantos avatares, abandonos y disoluciones. Pero la banda siempre ha sido Billy Corgan, y muchos de los giros y los hallazgos del injustamente ignorado Oceanía (su noveno álbum de estudio) siguen reteniendo el talento musical de un tipo que solamente vive para la música y que creó un estilo propio que empezó a fraguarse en Siamese Dream (1993) y cuajó en la que probablemente sea su obra magna, Mellon Collie and the Infinite Sadness (1995), un doble álbum de veintiocho canciones en las que el ecléctico gusto de Corgan tomó forma definitiva. Preciosidades como “Tonight Tonight”, “Galapogos”, “Muzzle”, “1979”, “Thru the Eyes of Ruby”, “By Starlight”… o maravillas como “Zero”, “Jellybelly” o “Bodies” auparon al disco entre los más grandes de su tiempo.

La banda ya era conocida internacionalmente, y Corgan y sus chicos, ricos y famosos. En un meritorio esfuerzo por no dejarse arrastrar por la locura del momento, hicieron Adore (1998), el más extraño y, en muchos aspectos, el más bello de sus trabajos. Las primeras canciones aún poseían flecos del anterior título, pero las últimas estaban teñidas de un romanticismo y una vena existencial que se escapaba por todos sus poros. Temas tan hipnóticos como “Behold! The Night Mare” certifican un gusto extremo por la decadencia y la nostalgia. En ese verso: “And the night mare rides on, and the night mare rides on…”, oímos a Corgan casi al borde de un abismo y nos sentimos más solos que nunca. Casi grita y la guitarra grita con él. Puro goticismo y oscuridad, aderezadas de emoción auténtica. La extraña voz de Corgan a veces consigue conmoverte porque canta sin miedo. Pero hasta los grandes rockeros sufren de egomanía.

El álbum de su primera despedida como grupo, Machina/The Machines of God (2000) sonaba desganado, pese al habitual virtuosismo. Era mucho más impresionante su “The Beginning is the End is The Beginning”, y el reverso, “The End is the Beginning is the End”, sendas canciones con idéntica letra pero de tempo muy diferente, escritas para el divertido Batman y Robin de Joel Schumacher (1997), que tenían más música y más ‘rock’ que ese álbum en todas sus pistas. Tampoco tiene mucho de emocionante el decepcionante Zeitgeist (2007) de su regreso, y es que, quizá, para Corgan el tiempo ya pasó, y es incapaz de sorprender. Aun así, sigo defendiendo que Oceanía merece mucho la pena, pues en él encontramos algunos de los rasgos y sonidos que hicieron de The Smashing Pumpkins una de las bandas de ‘rock’ más destacadas de su tiempo. Pero el ‘rock’ es para los jóvenes, y Corgan ha perdido mucho tiempo en delirios narcisistas y amaneramientos de superestrella. Sin embargo, su legado está ahí, con sus luces y sus sombras. Quedan sus letras ominosas, increíblemente elaboradas, y la electricidad de sus mejores temas. Qué duro es ser estrella de ‘rock’…

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

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