Los actores españoles

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…………Introduzco el billete de metro en la ranura. La puerta se abre. Recojo el billete. Alzo la vista. Y lo veo. Un enorme cartel anunciando los cursos del año que viene para la ECAM (Escuela de Cine y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid), y que reza: “Un futuro de cine”. Quizá algunos lectores sepan que yo estudié allí (es un decir) durante un año de mi vida, y que, como no aprendí absolutamente nada y además me comunicaron que debía repetir el curso sin explicarme por qué, me largué sin decir adiós. Un tiempo después, me contaron que, al parecer, iban a suprimir la diplomatura de Interpretación. Ignoro si finalmente ha tenido lugar este ajuste de especialidades en el seno de tan lamentable escuela pero, como al mismo tiempo que escribo, suelo documentarme, intento averiguar lo que ocurrió con esa diplomatura a través de su página web. Intento vano: la página oficial de la ECAM no funciona. No me sorprende lo más mínimo. Pero sí que descubro, a través de otras vías más fiables, que el año pasado cesaron al director, el infausto Fernando Méndez-Leite (que fue el jefazo desde su creación, en 1994), y que han puesto al frente a Gonzalo Salazar-Simpson, productor de la magistral No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011). Descubro, también, que el presidente de la junta rectora es nada menos que Enrique Cerezo, que lleva quince años siendo presidente de la EGEDA (siglas que designan a la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales, es decir, a la organización que protege a los que se llevan la pasta de las subvenciones y los que se bajan los pantalones ante las distribuidoras norteamericanas, en muchos casos), y diez como presidente del Atlético de Madrid. Por cierto, que también es productor de cine. El lector puede conocer a través de la web los avatares de su “apasionante” carrera como productor.
…………Bien. El caso de la ECAM es muy descriptivo de cómo funcionan las cosas en este país, a nivel industrial, pero también de lo abandonados que están los actores. Pero tampoco es objetivo de este artículo defender a los brillantes e infrautilizados intérpretes españoles. Cuando a la desidia y a la ignorancia se unen la incompetencia y el afán de estrellato y de fama, nada puede salir bien. Es un círculo vicioso: los que quieren ser actores no encuentran un camino para convertirse en tales, y los que les necesitan no saben cómo explotar el talento que (no me cabe duda) existe y seguirá existiendo. Pero el talento y las ganas son insuficientes cuando el tejido artístico y de producción se encuentra en estos niveles de ignominia tan absoluta. Tanto que se habla de revolución, por esta estafa financiera que algunos llaman crisis, y yo pido una revolución cultural arrolladora. Pienso que es mucho más urgente, y que conllevaría la otra, la grande, como un maremoto que lo cambiara todo. No quiero más carteles de obras de teatro (no voy al teatro ni aunque me paguen) que huelan a caspa a kilómetros. No quiero estrellas de televisión que se piensen que son actores y que se empeñen en demostrarlo cuando todavía no han aprendido a andar. No quiero periodistas que se quieran hacer pasar por novelistas, ni a blogueros con graves carencias de personalidad que se hagan pasar por críticos de cine o de literatura. Ya dije en otra ocasión que la cultura es algo muy serio. No se trata solamente, aunque seguramente también, de ocio y diversión. Se trata de dignidad.
…………No importa si ves una serie, una película o un cortometraje. El grueso de los actores españoles adolece de una gravísima carencia de convicción. No me los creo. Es ver a un actor anglosajón (sobre todo los británicos, quizá los mejores del mundo para cierto estilo de interpretaciones) y luego ver a uno español, y que se te caiga el alma a los pies. No se trata sólo de la dicción. Se trata de tablas, de técnica, de estilo y de vivir la secuencia. Y nada tiene esto que ver con ese atávico desprecio a lo propio que sufrimos no pocos españoles; tiene que ver con ser realistas. Los actores españoles no funcionan. Con ellos, veteranos o recién llegados, te sales continuamente de la historia. No ves al personaje. Y el personaje es lo más importante. El rasgo capital en un actor es la capacidad de transformación. Y la transformación, aunque también depende de la caracterización, lo hace sobre todo de dos cosas: cómo se habla y cómo se mueve un actor. Y en esto fracasan la mayoría, hasta los más venerados. Están demasiado obsesionados con demostrar que son buenos actores, los famosos, y demasiado preocupados por ganar pasta y mantenerse, los novatos. Olvidan, o no saben, que en el audiovisual, un actor no debe interpretar. Sé que suena a perogrullada, pero no lo es y lo voy a repetir: en audiovisual, un actor no debe interpretar. Debe ser.
…………Pondré un caso paradigmático que siempre me viene a la cabeza: Silvia Abascal. Esta bella muchacha, que hace un par de años sufrió una terrible enfermedad de la que espero que esté ya restablecida, es un talento natural. Su fotogenia y su fuerza en pantalla están más allá de toda duda. Sin embargo, ¿por qué se empeña en actuar cuando, a raíz de eso, llegan sus peores interpretaciones? A esta mujer, cuya dicción tampoco es demasiado buena, le basta con una mirada, con un gesto, con una palabra mal pronunciada, y el magnetismo con el que fascina a la cámara y al espectador están asegurados. La vi en teatro en la versión de Días de vino y rosas, junto a Carmelo Gómez, y estaba fenomenal. En alguna que otra película se ha limitado a estar, a ser, y con eso bastaba para que su personaje te lo creyeras. Hasta los huesos. Se abría el pecho en el escenario y sólo salpicaba vísceras. Ni una sola mentira. Y en sus mejores trabajos para el cine o la tele se limitaba a mirar a su interlocutor y veías verdad y convicción. Pero en muchas otras, veías una cara bonita y nada más. Gestos y maneras aprendidas. La nada. ¿Dónde estaba el director? Porque si vamos a criticar a los actores españoles, vamos también a escribir de los directores de actores españoles, que tienen la mitad de culpa de todo esto. Y es que, a menos que seas un puto genio, necesitas a un director contigo. A uno de verdad, que entienda a los actores. Salvo contadas, y excelsas, excepciones, esto es un yermo.
…………El actor en teatro es el autor de la obra. Mucho más que el director de la función o incluso que el escritor del texto. Él es donde empieza y acaba todo en el teatro, y lo demás es la estructura edificada para que brille. En el cine es muy diferente: el director es el autor y, al mismo tiempo, el director de la sinfonía de palabras y movimientos que ejecuta un actor. Qué pocos actores han comprendido este hecho incontrovertible. Los que trabajan igual delante de una cámara que delante de una platea se están equivocando de forma terrible. En el cine, la cámara elige a los suyos. Y no hay piedad. No se sabe qué demonios tiene ese artefacto que lo captura todo y que permite que la película se haga realidad, que si interpretas al personaje, desaparece. ¿Creen que bromeo o que exagero? Cuando Jack Lemmon empezaba, participó en la irregular comedia La rubia fenómeno (It Should Happen to You, 1954), y el director, George Cukor, le hizo repetir muchas veces una misma toma. Le decía que muy bien, que perfecto, pero que interpretaba demasiado, y que lo hiciera un poco menos. Que fuera menos actor. Lemmon, que venía del teatro, se hartó a la décima o a la vigésima toma, y le espetó, exasperado, a su director: “Señor Cukor, ¡voy a terminar por no interpretar en absoluto!”. Y Cukor le respondió: “Bien, perfecto”.
…………¿A alguien le parece que José Coronado interprete en No habrá paz para los malvados? A mí no. Él es Santos Trinidad. ¿Existe algún espectador que no crea que Luis Tosar es un maltratador real después de ver la estremecedora Te doy mis ojos? Yo creo que no. Son excepciones notables de una industria ciega a un arte dificilísimo. No hablo del método Stanislavski. Un actor de cine no interpreta. Es otra persona. Tal cual. En el teatro estás muy lejos para ver sus ojos, para ver su interior. Con suerte, te llega la voz a las últimas butacas. En el cine accedes a sus tripas y a su corazón. El que no sepa transformarse, hasta el último átomo de su ser, no es actor, sencillamente.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

12 comentarios

  • Responder junio 3, 2013

    Josef Bretones

    Pues, chico; ¿qué quieres que te diga? Comparto tu opinión al cien por cien.

  • Responder junio 4, 2013

    Raúl

    Hola Adrián, poco más se puede añadir. Eso sí, la generación de actores secundarios que tuvimos hace 50 o 60 años era maravillosa. Hablando del tema, tienes algún actor favorito? Newman? Day-Lewis? Brando? O un reducido grupo de “elegidos”?

    Un saludo. Un placer leerte, como siempre :)

    • Responder junio 4, 2013

      Adrián Massanet

      Bueno, mis gustos son conocidos por los que me leen asiduamente. Day-Lewis, Hopkins y algunos más. Y es cierto; había unos secundarios increíbles en España. ¿Dónde quedaron?

      • junio 4, 2013

        Jorge Moreno

        ¡todos muertos! desafortunadamente, para nosotros, los espectadores.
        Buen trabajo Massanet, como siempre pone usted el dedo en la llaga, donde más duele, y es una pena, porque hay valores. Atentamente, Jorge Moreno

  • […] lo que ocurre es que, con casi toda la ficción de por aquí, me da la sensación de que todo huele a cartón piedra, de que no me creo nada y de que los personajes hablan raro. …………Entiendo […]

  • Responder junio 13, 2013

    Estitxu Espejo-S.

    Ay. Pues aunque en algunas cosas estoy de acuerdo, pero en otra parte no. De hecho, me pasa algo curioso: a los mismos actores que me creo mucho en teatro y cine no los trago en producciones de televisión. Por eso, más bien me da que no es tanto un problema de calidad de nuestros actores sino, como bien señalas, de la dirección, y de ciertos guiones, debido a los condicionamientos de la cosa económica.
    En lo que coincido plenamente es en la importancia de la revolución cultural, partiendo por no mezclar entretenimiento zafio con cultura, y realizando un consumo de cultura responsable. Sin embargo, con respecto a periodistas que se meten a novelistas, etcétera, creo que es indiferente el titulín. No creo —será porque vengo de la interdisciplinariedad de Humanidades que me ha revelado lo falaz y contingente de las separaciones en las ciencias humanas— en las cortapisas de los límites de plastiquete creados por los planes de estudio, no al menos en el terreno de la creación.
    Y sí, el asunto de la interpretación es fundamental. Punto clave. Démosle un segundo la vuelta a lo que dices al respecto: ¿no será por eso que no cualquier cantamañanas de tersa piel y trasero perfecto vale para encaramarse a las tablas pero sí para ciertas series de televisión donde no se le exige ningún esfuerzo intelectual?
    Un saludo, Adrián; y gracias por el artículo. ¡Lo que aprendo contigo, oye!

    • Responder junio 13, 2013

      Adrián Massanet

      Hola, Estitxu; ¡un placer verte por mi columna!

      No hablaba yo de planes de estudio ni de ciencias humanas. En realidad, no tengo ni pajolera idea de nada de eso. Hablaba de que quien no es actor y que se empeña en serlo. O de quien es actor y que, como bien dices, no tiene el guión o el director a su altura.

      Lo de disciplinas concomitantes me parece más que bien, siempre que haya resultados. Lo malo es que periodistas famosos se convierten en novelistas mediocres.

      ¡Me encanta que aprendas conmigo! Eso significa que algo tengo que aportar.

      Un abrazo fuerte.

  • […] encorsetadas, opacas. Sobre los actores españoles, sobre su inanidad y teatralidad, ya he hablado en otras ocasiones, pero es mucho más que eso. Los responsables hacen todo lo que pueden pero, desgraciadamente, es […]

  • […] de oro para la posteridad. Y lo más importante: ninguna se parece absolutamente en nada a la otra. Ya hemos dicho que uno de los tres más importantes rasgos de un actor cinematográfico es su capacidad de […]

  • […] de darnos cuenta de lo que tenemos. Sin embargo, es verdad que al cine español le falta algo. Una nueva generación de actores, un apoyo rotundo por parte de los medios de comunicación, una audacia mayor en argumentos y […]

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