Oscar Wilde (1854…)

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…………Ya lo he dicho en esta columna alguna que otra vez, pero no está de más en insistir sobre una tragedia cultural: echar un vistazo a las listas de novedades, pasearse entre los atriles abarrotados de deslumbrantes ediciones de novelistas, cuentistas, ensayistas, pensadores o intelectuales de hoy, salvo contadas excepciones, provoca una desazón, un hundimiento anímico, difícilmente soportable. Claro que pequeñas editoriales consiguen sacar a la luz a escritores interesantes o refinados, aunque minoritarios. Por supuesto que las grandes recuperan de cuando en cuando la obra de grandes genios literarios del pasado. Si no fuera así, no merecería la pena volver a escribir sobre literatura, ya casi convertida en una industria vergonzante, dedicada a la satisfacción del vulgo semianalfabeto y de las mentes más perezosas, desterrada la idea del libro como arma y como defensa contra un mundo irrespirable, como herramienta de combate para una sociedad envilecida. En España, cuna de tartufos y misomusos sin igual, los ‘best sellers’ los escriben periodistas sin nada mejor que hacer, y a la poesía se acercan modernos a los que convencieron de que la contracultura es un valor literario en sí mismo.
…………Si se considera novelistas o grandes escritores a toda la panda de engañifas del sistema, ¿qué se puede considerar de un hombre como Oscar Wilde, cuando la simple lectura de un libro “menor” de su producción como es El crítico como artista convoca tal refinamiento estilístico, o cuando solamente un repaso a sus frases o aforismos más célebres confirma un ingenio deslumbrante? Ni los Pérez-Reverte, ni Cela, ni siquiera Groucho Marx pudieron ni podrán jamás forjar una línea que se pueda acercar a esta: “El mundo es como un teatro, pero su reparto es deplorable”, o: “Sé tú mismo, los demás puestos están ya ocupados”. O incluso una de las que más me conmueven: “Estoy convencido de que Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que existe solamente en nuestro interior, donde deberíamos intentar vivir”. Pero si nos zambullimos en su hermosísima colección de cuentos infantiles, en su única novela, en sus obras de teatro, o en su estremecedora epístola De Profundis, convendremos en que temperamentos artísticos de esta magnitud solamente se dan cada muchas décadas, que son como un eclipse que empequeñeciera a prácticamente todos sus contemporáneos. Porque nunca hubo nadie como Oscar Wilde. Ni en su obra ni en su azarosa vida.
…………Se me ocurren muy pocos nombres que puedan caminar a su lado. Edgar Allan Poe, Boris Pasternak, Marguerite Yourcenar, Emile Michel Cioran, Henry David Thoreau, Frédéric Chopin, Andrei Tarkovski, Francis Ford Coppola, Roman Polanski… La mayoría de ellos, o todos,  aplastados por su historia y su mundo. Desterrados, vapuleados, silenciados, arruinados, locos. Pero un loco es el que lo ha perdido todo salvo la razón.
…………Wilde será siempre el dandi que se rio en la cara de la hipocresía victoriana, mientras que se hacía rico con sus brillantes representaciones teatrales. Hasta que se cansaron de él y encontraron la excusa perfecta para dejar de reírle las gracias, y le metieron dos años de trabajos forzados por sodomita. Pero, en realidad, aunque admiró el renacimiento inglés y muchas de sus nobles formas artísticas, fue irlandés de nacimiento y de corazón hasta su tumba. Vio la luz en Dublín, hace casi ciento cincuenta años (es decir, antes de ayer) y estudió en el prestigioso Trinity College, pero a los veinte se mudó a Oxford y allí ya comenzó a despuntar por su vibrante conversación, su extrema sensibilidad y la extravagancia de su vestuario y de su flujo de pensamiento. Había aterrizado en Inglaterra una bestia parda que, a su pesar, haría temblar los cimientos de la burguesía de finales del XIX, quizá simplemente queriendo ser libre y amar las cosas bellas que le brindaba una vida llena de posibilidades.
…………Adquiriendo un dominio notable del alemán y el francés, lo que enamoró a Wilde fue todo lo griego. En su primera juventud abrazó el esteticismo y la decadencia como arte supremo. Estaba decidido a convertir su vida en la obra de arte definitiva. Y seguramente en la primera mitad de su vida ni siquiera sabía lo que eso significaba, pero en la segunda y final lo entendió plenamente. Casado, y con dos hijos, instalado en una cómoda vida burguesa, inició una actividad literaria incesante, que a finales de la década de 1880 y comienzos de la de 1890 le convieron en una celebridad admirada y detestada a un tiempo. En 1895, en la cima del éxito y de su arte, el escándalo de su relación con el joven Lord Alfred Douglas, Bosie, hijo del noveno marqués de Queensberry, destrozó para siempre su vida. El padre de su amante, un joven caprichoso e indolente aunque, al parecer, muy atractivo, supo de sus noches de pasión y le escribió una difamante carta al escritor, en la que le acusaba de alardear de sodomita. Wilde, probablemente espoleado por Bosie, quien odiaba a su propio padre quizá tanto como a sí mismo, demandó al marqués por calumnias. Perdió el juicio y se enfrentó a otro, en el que se le acusaba de relaciones infamantes, pero en el que en realidad se le acusaba de haber levantado el velo de la falsa moral de la época, y también lo perdió. Arruinado y difamado, lo perdió absolutamente todo. Se prohibió la venta de sus libros y la representación de sus obras, se vendieron sus posesiones, y hasta se le retiró la patria potestad de sus hijos. En una palabra: se le asesinó.
…………Desde la cárcel, destruido por lo que había conquistado con tanto esfuerzo y luego perdido por un capricho, escribió una larga carta a su amante, que fue el germen de su obra maestra definitiva, De Profundis. En ella, con mucha dureza pero también con desarmante ternura, le habla a su amante de todo lo ocurrido, de su egoísmo y de su propia desmesura y devoción por él. Pero en la segunda parte, Wilde desgrana, con una prosa insuperable, un mosaico de ideas sobre la existencia, el sentido del arte, y la crueldad del destino con una fuerza, una sinceridad y una belleza indescriptibles, profundamente conmovedoras. En la cárcel (a donde, por cierto, su antiguo amante nunca fue a visitarle) se enteró del fallecimiento de su madre y, cuando salió de ella, juró no escribir nunca más y lo cumplió. Aniquilado espiritualmente, desengañado, desamparado, abandonó Inglaterra para no volver jamás. Deambuló por París y por los más sórdidos burdeles masculinos de Marruecos, entre otros lugares. Convertido en un indigente, falleció en París de una infección de oído aterradora, solo y abandonado por todos, con el sobrenombre de Sebastian Melmoth para que nadie le reconociese. Cuesta imaginar a ese hombre orgulloso, triunfador, elitista, transformado en un despojo, en una sombra del brillante dramaturgo, ensayista, cuentista, novelista, que fue un par de años antes. El sufrimiento emocional que hubo de padecer es el pozo sin fondo de una personalidad autodestructiva que lo apostó todo a una carta perdedora por el mero placer de hacerlo. Por querer rozar el cielo y el infierno, sin importar la propia vida. Dios y Diablo. Ángel y poeta.
…………Ignoro si existe otra vida, u otra existencia después de la terrenal. Pero si Wilde puedise ver ahora el inmenso legado de su sensibilidad, a lo mejor se asombraría y se regocijaría. Él no trabajaba para su tiempo (de hecho, trabajaba contra sus pares), sino para la eternidad. Novelistas, cuentistas y dramaturgos de hoy día siguen mirándose en su espejo. Su herencia parece infinita. Él levantó parte del velo de lo sublime y lo dejó ahí para que los demás nos acercásemos con humildad. No tuvo miedo, sí fue temerario y generoso. Casi suicida. De una honestidad indestructible. Vivió según sus propios preceptos hasta el final, costara lo que costase, mientras otros supuestos novelistas ni siquiera imaginan una pizca de su humanidad. Yo, por mi parte, me quedo con este párrafo suyo, que siempre me ha maravillado, y creo que define perfectamente su vida, su pensamiento y su individualidad: “Recuerdo, estando en Oxford, haberle dicho a uno de mis amigos —íbamos paseando por las veredas estrechas de Magdalena, pobladas de pájaros, una mañana de junio antes de mi graduación— que quería comer del fruto de todos los árboles del jardín del mundo, y que salía al mundo con esa pasión en mi alma. Y así fue, efectivamente, como salí, y así viví. Mi único error fue limitarme tan exclusivamente a los árboles de lo que me parecía ser el lado soleado del jardín, y esquivar el otro lado por su sombra y su oscuridad. El fracaso, la desgracia, la pobreza, el dolor, la desesperación, el sufrimiento, las lágrimas incluso, las palabras truncas que salen de los labios del dolor, el remordimiento que hace caminar sobre espinas, la conciencia que condena, la humillación de uno mismo que castiga, la miseria que pone cenizas sobre su cabeza, la angustia que escoge la arpillera por vestido y en su propia bebida pone hiel, todas ésas eran cosas que me daban miedo. Y como había resuelto no saber nada de ellas, me vi obligado a probarlas una tras otra, a nutrirme de ellas, a pasar un tiempo, de hecho, sin otro alimento. No lamento ni un solo instante haber vivido para el placer. Lo hice hasta el fondo, como se debe hacer todo lo que uno haga. No hubo placer que no experimentara. Eché la perla de mi alma a una copa de vino. Bajé por el sendero de las prímulas al son de flautas. Viví de miel. Pero haber continuado en la misma vida habría sido malo porque habría sido limitador. Tenía que pasar adelante. La otra mitad del jardín también tenía sus secretos para mí”.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

15 comentarios

  • Responder mayo 20, 2013

    Jorge Moreno

    Magnífico artículo, un merecido homenaje a este enorme escritor, cuya lectura sigue impresionando por su actualidad, por esa fresca sabiduría que los muchos años no han logrado envejecer. Un post a la altura de Oscar Wilde. Bravo, amigo Massanet

    • Responder mayo 20, 2013

      Adrián Massanet

      Hola, amigo.

      Gracias por las palabras de ánimo. Wilde es de mis escritores predilectos, como se puede notar. Espero que los que lean este artículo y no le conozcan se acerquen a él.

  • Responder mayo 20, 2013

    Naonat

    Adrián, ¿has leído las obras de Wilde en su lenguaje original? ¿Merece la pena pelearse con ellas de esa forma?

    • Responder mayo 20, 2013

      Adrián Massanet

      He leído en inglés cinco de sus obras. Merece y mucho la pena. Aprendes vocabulario, claro, y hay zonas difíciles. Pero se entiende mejor quién era Wilde en su idioma materno, naturalmente.

  • Responder mayo 20, 2013

    GUSTAVO AYALA

    Señor Massanet:
    En varias ocasiones he leído sus artículos (me niego a escribir post) siempre interesantes, hechos con verdadera pasión, y eso me gusta, aunque a veces pueda discrepar. Hoy traza con maestría a uno de mis personajes favoritos y lo hace con palabras llenas de admiración, de enorme respeto, hacia una figura irrepetible. Magnífico trabajo. El final, Le confieso, me ha emocionado.
    Suyo, Gustavo de Ayala

    • Responder mayo 20, 2013

      Adrián Massanet

      Con lectores como usted merece siempre la pena ponerse a escribir.

      Me esfuerzo mucho. A mí también me emociona el final.

      Un abrazo.

  • Responder mayo 21, 2013

    Ivan Bonet

    Hola, Adrián.

    Primero de todo, felicitarte por el artículo y por tu escritura: desprendes fuerza y veracidad, y eso no lo consigue cualquiera.

    Viendo que coincido con bastantes de tus gustos literarios y cinematográficos, si me lo permites, me gustaría saber qué escritores y cineastas NO recomendarías ni a tu peor enemigo.

    Saludos. Es un placer leerte.

    • Responder mayo 21, 2013

      Adrián Massanet

      Hola, Ivan Bonet.

      No poseo tanto talento como para disponer de terribles enemigos. Alguno cutre, eso sí, y a esos no les recomendaría nada, pero sé por donde vas.

      Darren Aronofsky, los hermanos Wachowski, o como se escriban sendos nombres, no se los recomendaría jamás a nadie. Tampoco la literatura de Mario Vargas Llosa o Javier Marías.

      Gracias por leerme.

  • Responder mayo 28, 2013

    Javier

    Uno de los mayores genios que ha dado la literatura universal y uno de mis escritores favoritos desde que tengo uso de razón.

  • […] un británico ilustre que en su tierra contaban con los periodistas más honestos y los periódicos más indecentes del […]

  • Responder diciembre 8, 2013

    Julián

    He disfrutado del artículo y los comentsrios hasta que he leído lo de Vargas Llosa. Ha sido un jarro de agua fría. Pero bueno, no se puede coincidir en todo con las personas a las que admiras.
    Saludos.

  • […] en leer a los maestros antes que volver a inventar la bicicleta. No solamente a Thoreau, también a Wilde, a Whitman, a Marco Aurelio, a Poe, a Yourcenar, a Sartre, y a todos los que muchas generaciones […]

  • […] que asfixian al mundo. Esta reparación se explica a través de poetas de la talla de Marlowe, Wilde, Yeats, Dylan Thomas, Bishop o Larkin. En estos estudios se clarifica la lucidez del poeta […]

  • […] y algunas imágenes me parezcan maravillosas o terribles. Lo crucial es el punto de vista. Para Oscar Wilde, el arte es la forma de individualismo más grande que el mundo ha conocido. Y lo es por la mirada […]

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