Orson Welles o Francis Ford Coppola

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orson welles o francis ford coppola

Me gusta tanto comparar que me pasaría el día entero haciéndolo acerca de temas que me interesen de una u otra manera. Muchos dirán, no sin sus buenas razones, que el hecho de comparar es un acto intelectualmente pobre. Me trae sin cuidado. Yo lo que quiero es disfrutar escribiendo y dejando por escrito mis personales ideas sobre cualquier asunto.

He estado a punto de hacer una comparativa sobre las carreras de Clint Eastwood (el, no se sabe muy bien por qué, proclamado último director clásico, casi el mejor director norteamericano vivo, y sobre el que no puede vertirse ninguna opinión discordante porque, al parecer, cualquier cosa que dirija es de una altura estética incomparable…) y de Francis Ford Coppola (ese del que nadie se acuerda). Pero aprovechando que hace pocos días tuvo lugar el centenario del nacimiento de Orson Welles, me parece mucho más interesante comparar su carrera con la de Francis Ford Coppola, ya que ambos poseen caracteres y ambiciones muy similares en algunos puntos, y ya que, como quizá algunos lectores sabrán, Coppola ha venerado siempre a Welles y, en cierta forma, ha tratado de crear una carrera y una vida que la superen.

Recuerdo cierta entrevista, de las cientos suyas que he leído y visto, en la que Coppola contaba un día que estaba fregando los platos en las oficinas de Zoetrope, y le llamó Welles para darle las gracias por alguna cosa. Y, mientras lo contaba, se notaba el sincero respeto que sentía y seguramente sigue sintiendo por él. También ha dicho que ojalá su vida y obra fueran solamente la mitad que la del genio de Wisconsin.

La personalidad y el coraje de Welles cambiaron el panorama de Hollywood para siempre… pero desde fuera. Hombre de profundísima cultura teatral, triunfó muy joven con su propia compañía, la Mercury Theatre, y triunfó en la radio con la impactante representación de La guerra de los mundos (sobre la obra homónima de HG Wells), que causó verdadero pánico por lo extremadamente realista de su concepción, hasta el punto de que muchos que la oían pensaban que estaba sucediendo una invasión alienígena real. Tal éxito le valió ser contratado inmediatamente para dirigir dos largometrajes con libertad absoluta. De este modo, debutó en 1941 con Ciudadano Kane, a los veintiséis años (no a los veinticuatro, como popularmente se dice, aunque carece de verdadera importancia), considerada casi desde entonces, de forma oficial, como la mejor película de todos los tiempos (no la mejor americana, la mejor de todos los tiempos y todas las cinematografías). A esto contribuyó decisivamente que la revista Sight & Sound, que edita el British Film Institute, se haya pasado varias décadas repitiendo esta clasificación, aunque yo podría nombrar de carrerilla dos o tres docenas de películas que me parecen mucho más arriesgadas, más conmovedoras, de mayor altura estética y dificultad conceptual y técnica. Pero ¿qué duda cabe de que Ciudadano Kane es un mito que perdura con fuerza irresistible a través de los tiempos, con unos caracteres llenos de vida, casi inventando el falso documental en el cine norteamericano y, por encima de todo, con una técnica cinemática arrolladora, obra principalmente del gran operador Gregg Toland? Sin embargo, el fracaso en taquilla de esta gran película, y principalmente, cosa que casi nunca se dice, el poder absoluto sin precedentes ejercido por Welles le convirtió en un apestado en Hollywood de la noche a la mañana, pues los productores temieron que los grandes autores no necesitasen de su intervención para hacer sus películas. Ante esa tesitura, se mutiló la que quizá sí habría sido la mejor película de Welles, El cuarto mandamiento, y su contrato fue rescindido. A partir de entonces, comenzó la ardua tarea vital de Welles de conseguir crear una obra cinematográfica importante, a la que únicamente pudo añadir diez largometrajes más (a los que se pueden sumar documentales y obras inacabadas) en cuarenta años de trabajo incesantes.

Todas estas obras posteriores, muy especialmente Campanadas a medianoche (o Falstaff, de 1966), que me parece su filme más hermoso y personal con gran diferencia, y entre las que se encuentran joyas como Mr. Arkadin (1955), El proceso (The Trial, 1962) o F for Fake (1974), pero también películas mucho más académicas, menos interesantes, o meros encargos como El extraño (The Stranger, 1946) o The Lady from Shanghai (1947), sin desdeñar en absoluto su gran interés. Welles fue siempre fiel a sí mismo, y luchó durante décadas contra productores e inversores engreídos que querían decirle a un genio lo que podía y no podía hacer. Se financió proyectos trabajando como actor en muchísimos títulos (a veces solamente aportando su hermosa voz de narrador superdotado) y tuvo que emigrar a Europa para poder seguir haciendo películas, a veces de muy bajo presupuesto, demostrando a los que hundieron su carrera en Hollywood que podía salir adelante. Es por esto, por sus hallazgos narrativos y sus grandes temas, su soberbia dirección de actores, su audacia formal, su barroquismo y su humanidad, justamente uno de los directores más importantes del cine norteamericano.

Pero, y aunque probablemente el lector que esté accediendo a estas líneas deje de hacerlo, o piense que estoy pirado, la obra de Francis Ford Coppola es mucho más importante. En mi opinión, es el único genio narrativo de la historia del cine norteamericano. Y lo es por una sencilla razón: es el único creador estadounidense cuya vida y obra, no es que sean totalmente inseparables, es que son la misma cosa. Como en el caso de Tarkovski en Rusia o de Bergman en Suecia, como en los casos de Chopin dentro de la música, de Van Gogh en la pintura o de Oscar Wilde en la literatura. Todos estos grandes artistas vivían por y para su labor artística, de tal forma que su vida artística influyó en su vida, y su vida fue su más grande obra artística.

Me explico. Más allá de volver a cantar las maravillas de la trilogía de El Padrino (1972, 1974, 1990), de Apocalypse Now (1979), de La conversación (1974), de Rumble Fish (1983), de The Outsiders (1983), de Bram Stoker’s Dracula (1992), por citar sus más grandes obras, que en mi opinión superan con mucho lo logrado por Welles en toda su vida, y aun teniendo en cuenta que ambos son hijos de tiempos muy distintos, más allá de todo eso, digo, hablamos de un artista tan insobornable que cuando una ‘major’ le encarga adaptar una novela que sería un ‘bestseller’ sobre un tema que a él no le interesaba nada, la mafia italoamericana, hace una obra maestra absolutamente personal, que luego prolonga en una segunda parte aun superior, muy inspirada en Ciudadano Kane, superponiendo dos líneas narrativas separadas por seis décadas. Y, cuando hace la tercera parte, lleva a cabo la confesión íntima más desgarradora que yo recuerdo haber visto en el cine norteamericano.

Welles fue un enorme artista que hizo tambalearse los cimientos de Hollywood. Imposible romperlos, por otra parte, porque son demasiado intrincados. Coppola, sin embargo, triunfó dentro de ellos y luego creó su propio Hollywood, Zoetrope, una aventura en la que parió Apocalypse Now y Corazonada (One from the Heart, 1982), que le arruinó, le obligó a desmantelar su sueño y a aceptar encargos durante la siguiente década. Encargos a los que él, con una fuerza creativa sencillamente increíble, hace parecer obras personalísimas (del mismo modo que, por ejemplo, Buñuel se va a México a dirigir encargos que, por arte de su mágico talento, parecen creaciones de pura estirpe buñueliana), que entroncan con su vida pasada y presente, en las que tiene algo que decir en cualquier aspecto y disciplina (el montaje, el sonido, los efectos, el diseño de cualquier aspecto audiovisual…), porque él vive y respira el cine aun cuando el cine y la industria le vuelven la espalda. Tiene una escuela de escritores, posee un taller espectacular de sonido para hacer películas suyas y de otros, hace concursos de talentos.

Sí, por supuesto, es un vividor. Posee varios hoteles paradisíacos, es un ególatra inmenso… Y el mejor director de actores de su generación (con permiso de Clint Eastwood y otros maestros de ese campo) y es el único gran artista cinematográfico que ha dado Estados Unidos.

 

orson welles o francis ford coppola

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

6 comentarios

  • Responder junio 15, 2015

    Jorge Moreno

    Muy hermoso (y merecido) artículo, amigo Massanet, que respira pasión de principio a fin. Muy bueno.
    Sin duda son dos personajes muy importantes, fundamentales, a la hora de hablar del séptimo arte.
    De Coppola, por fortuna, todavía podemos esperar alguna obra que nos turbe y emocione, como en sus mejores tiempos.
    Un saludo, Jorge Moreno

    • Responder junio 17, 2015

      Adrián Massanet

      Hola, amigo.

      No sé si yo si Coppola volverá a ser el director que era antes. Ya veremos. De todas formas, su último ciclo de películas, en las que parece un apasionado estudiante de cine, me resulta fascinante.

  • Responder junio 16, 2015

    Raúl

    ¿El único gran artista cinematográfico estadounidense? ¿No crees que Malick, Lynch o Paul Thomas Anderson hayan alcanzado ese “grado”? Además de practicar, por lo menos desde mi punto de vista, un cine mucho más personal que el director de ‘Jack’, al que por otra parte admiro mucho -no tanto como tú, creo, pero si bastante más que muchos de mis amigos amantes del cine para los que es “el tío de El padrino y Apocalypse Now, pero ya está; demasiado irregular”-.

    Por cierto, Adrían, ¿tienes pensado dedicar una columna a exponernos tus gustos literarios? Porque yo, lector asiduo tuyo, sé que te apasionan Hesse, Vallejo, Poe, Wilde y poco más. También me resultó rarísimo que no conocieras a Pynchon. Pero en fin, sería interesante conocer tu visión sobre la literatura, tus escritores de cabecera, tu ramillete de obras maestras, tus fobias… en fin, todo ese lío.

    Saludos

    • Responder junio 17, 2015

      Adrián Massanet

      Hola, Raúl.

      Sin duda Malick, Anderson y Lynch son grandísimos artistas. Sólo intentaba exponer que, para mí, no hay nadie comparable a Coppola.

      En cuanto a mis gustos literarios, tienes razón, debería ponerme más a ello aquí. Aunque alguna que otra cosa he dejado.

      Un saludo afectuoso.

  • Responder octubre 16, 2015

    Víctor

    Disculpad, ¿Alguien me sabría decir si Adrián seguirá publicando artículos en este diario?

    Un saludo.

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