Oliver Stone y la historia no contada de Estados Unidos

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Para algunos, Oliver Stone es un realizador astuto y provocador, un tipo de sospechosas ideologías que ha dirigido películas comerciales y otras un poco más arriesgadas, pero jamás un gran cineasta. Para otros, como yo mismo, este hombre es uno de los cineastas norteamericanos más importantes de las últimas décadas, y una personalidad fundamental para comprender el arte narrativo audiovisual de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Sin comulgar con parte de su obra, me parece poco discutible que sus grandes logros y triunfos estéticos se encuentran a la par de los de otros artistas como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Paul Thomas Anderson, por nombrar a algunos de los grandes. El irreductible Stone, veterano de la guerra del Vietnam, consumado documentalista, intelectualmente audaz, director poderoso e irregular, puede que haya firmado la que probablemente sea su obra cumbre, estética, narrativa e ideológicamente, con La historia no contada de Estados Unidos (2012), que significa el último peldaño en su personalísimo y apasionante recorrido por la historia de Estados Unidos en la segunda mitad de la pasada centuria.

Comenzó Stone probando sus armas como guionista, aportando su talento a la floja Conan, el bárbaro (John Milius, 1982) o la ya un tanto ajada El precio del poder (Scarface, Brian De Palma, 1983), mientras iba preparando como director el impacto que significarían Salvador (1986) y Platoon (1986). Un cine combativo, casi de reportaje, que no se peleaba con una visión trágica y casi poética de un mundo que se desintegraba. Convertido en director estrella, llevó a cabo la irregular Wall Street (1987), sobre los tejemanejes de los especuladores financieros (adelantándose dos décadas a la crisis económica global), continuó sus reminiscencias de Vietnam con la fallida Nacido el 4 de Julio (1989) para alcanzar la madurez absoluta como artista en su obra cumbre de ficción JFK (1991), cuyo alcance humano y, sobre todo, humanista (no significan la misma cosa) y cuya profundidad moral y vuelo artístico no han sido todavía del todo comprendidos. Y a su hermosa El cielo y la tierra (1993), punto final a su trilogía sobre Vietnam, le siguió una estupidez llamada Asesinos natos (Natural Bork Killers, 1994). Comenzaba así una irregularidad, una disparidad en la autoexigencia y en la búsqueda de sus materiales narrativos de ficción que nunca han existido en sus trabajos documentales. En 1995 filmó la poderosa, muy compleja y terrible Nixon, complementaria a su visión en JFK, con un Anthony Hopkins sencillamente magistral. En diez años, Stone había sido capaz de reflexionar, con lucidez y libertad abrumadoras, sobre los dos líderes más controvertidos de su país, y sobre la demente guerra en Indonesia. De paso, se había permitido caprichos como la floja The Doors (1991), y se permitiría otros como la interesante Giro al infierno (U-Turn, 1997) o la poco estimulante Un domingo cualquiera (Any Given Sunday, 1999), sobre la industria del fútbol americano.

Pero desde entonces, y con la salvedad de la hermosa y personalísima Alejandro Magno (2004), única de sus películas de ficción que no está encuadrada en la segunda mitad del siglo pasado, Stone se ha revelado como un director de documentales esenciales sobre muchos de los temas claves para comprender en qué mundo vivimos hoy día. Comenzó en 2003 con el sensacionalMatt Graham, Peter Kuznick Persona non grata, que relataba con acerado bisturí las tremendas dificultades de la paz entre sionistas y palestinos, y Comandante, primera entrevista de Stone a Fidel Castro, que fue muy criticada por la supuesta tibieza con que el cineasta preguntaba al líder cubano, y que fue prolongada al año siguiente en la no menos valiosa Looking For Fidel.

En comparación, sus posteriores trabajos de ficción palidecen. Ni World Trade Center (2006), sobre el heroico trabajo de la brigada de bomberos durante la catástrofe del 11 de septiembre de 2001, que se atragantaba a sí misma con su patrioterismo y sensiblería, ni W. (2008), que pretendía acercarse a la grotesca figura de Bush Jr. y que quedaba a años luz de sus otros trabajos sobre presidentes norteamericanos, ni la secuela de Wall Street, que pasó sin pena ni gloria en 2010, ni la olvidable Savages (2012) aportan nada a su talento.

Sin embargo sí lo hicieron Al sur de la frontera (2009), la coda dedicada a Fidel que significó el sorprendente Castro in Winter (2012) y, sobre todo, el increíble esfuerzo de La historia no contada de Estados Unidos, por la que ha recibido muchos más insultos y amenazas de muerte que por su magistral JFK, y no es para menos. Es la consecuencia lógica a toda su vida. Desmontar, punto a punto, la visión que tienen los ciudadanos estadounidenses de su propio país.

Son diez capítulos de casi una hora de duración, compuestos casi íntegramente por material de archivo, y con secuencias de películas, la mayoría norteamericanas, incrustadas en su metraje. Con la narración del propio Stone, que ejerce de director, productor y guionista, se repasará con aterradora verdad la historia de los EE.UU. desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, y se establecerá una idea central: que ese país nunca ha sido el forjador de libertades que sus responsables derechistas siempre han proclamado, y que sus tácticas sucias en política exterior han llevado al mundo a una catástrofe social, económica, tecnológica, moral y ecológica quizá irreversible. Con claridad y contundencia insuperables, Stone y su equipo destruye, quizá para siempre, cualquier idea preestablecida, y llega a afirmar que su país es más dañino que el régimen nazi y la dictadura de Stalin juntas. Pese a hablarnos de muchísimas cosas, nadie puede perderse en esta deconstrucción despiadada, y nos ofrece la certeza de que la mayoría de dictaduras del mundo han sido financiadas por EE.UU., porque el mayor negocio del mundo es prestar miles de millones a antidemócratas de Sudamérica, Europa, Oriente Medio o Asia, que luego robarán esos miles de millones a su propio y aplastado pueblo para devolvérselo con creces. Indagando en hechos olvidados por la historia, Stone defiende la pavorosa sospecha de que su patria ha convertido la Tierra en un grotesco tablero de ajedrez para su propio beneficio económico, declarando la guerra abierta al tercer mundo, ha inoculado globalmente la intolerancia y el racismo extremos, ha sublimado el fanatismo religioso a cotas mucho más altas que los musulmanes, ha defendido genocidios como el del pueblo palestino apoyando a su franquicia Israel, ha hundido a Rusia, China, Japón, Venezuela, Brasil, Colombia, Vietnam, México, Cuba, Afganistán, Irak, Egipto, ha condenado a la miseria, la desesperación, y la muerte a cientos de millones de personas en todos los territorios imaginables, desde Wall Street ha resquebrajado la economía mundial, con sus prácticas científicas ha arrasado la naturaleza, con su cine ha colonizado las mentes de los espectadores más impresionables, con su industria ha impedido el crecimiento de las zonas más débiles de la Tierra.

Ver este documental es imprescindible para entender en qué mundo vivimos. Habrá que perdonar la admiración de Stone por Hugo Chávez, y otras decisiones intelectuales suyas, y algunas películas bastante malas. Y agradecer sus esfuerzos por mostrar el horror.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

3 comentarios

  • […] tanto, es gente que se deja llevar. Estas cosas los gobiernos las saben muy bien, como el de los Estados Unidos, que es una de las democracias más manipuladoras del mundo. Esto tan comprometido que digo se sustenta en los desaforados niveles de estreñimiento de sus […]

  • Responder septiembre 13, 2014

    Pablo

    Habrá que perdonar a Adrián por perdonar la admiración de Oliver Stone por Hugo Chávez.

  • Responder septiembre 15, 2014

    predicador

    Es gracioso que la mayoría de cosas aquí contadas, al igual que en los documentales de Michael Moore, son fáciles de localizar en periódicos y enciclopedias, pero los yanquis tienen una visión tan distorsionada de la realidad que asusta. Una familia de Boston, amigos de mis padres, casi se ponen a celebrar el 4 de Julio por la muerte de Osama, como si ejecutar a ese señor fuera a mejorar su mundo ostensiblemente.

    Lo mejor de este documental, para mi gusto, el excelente montaje, donde se alternan con acierto asombrosas imágenes de archivo, y secuencias de películas que complementan los innumerables datos expuestos. Muy recomendable.

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