El monólogo interior es libertad

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monólogos

Valoro mucho la profundidad y la altura estética de cualquier tipo de monólogo. Tanto a un nivel teatral como literario, es uno de los géneros más longevos y más creativos, a todos los niveles, que existe. Un monólogo es mucho más que hablar por hablar: representa un estado de ánimo, una representación del fluir del pensamiento, una toma de postura ante el mundo. En realidad, es el único punto de vista verdadero, el tuyo propio. Fernando Vallejo dice que la literatura en tercera persona es una gran mentira que ha hecho mucho daño, durante siglos, a la literatura. Yo no sé si estoy de acuerdo con él, pero sin duda la novela en primera persona vendría a ser la cima del monólogo, cuya forma dramatúrgica es tan antigua como el mismo teatro.

Una de las más grandes novelas del siglo XX, Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar, 1951), no es más ni menos que un extenso monólogo interior en el que un hombre moribundo hace repaso de lo que fue su vida como emperador, y esta sublime narración fue llevada al teatro por ilustres actores que no hacían otra cosa que hablar y hablar ante el público. Es uno de los muchos ejemplos ilustres, que pueden remontarse a un nivel más popular al ejemplo shakesperiano de Hamlet, y que ahora encontramos en clave de comedia ácida en lo que en Estados Unidos se llama ‘stand-up comedy’ y aquí, simplemente monólogos, tremendamente populares desde hace un par de décadas y que son sólo una faceta más de este gran género que significa literalmente, en griego, “palabra con uno”, con uno mismo, en soledad.

¿No hablamos a menudo los más libres de nosotros a solas con nosotros mismos, y en voz alta? Puede que a veces no sean palabras halagüeñas, pero suponen una liberación, y también, ¿por qué no?, una forma de individualidad. Una conversación con uno mismo es lo más importante que podemos decir, y es una pena que, desde que abandonamos la niñez, en la que hablamos con nosotros a todas horas y delante de los demás, no volvemos a hablarnos ni a comprendernos. ¿Y con quién puede ser más importante hablar, y a quién vamos a conocer mejor, que al que habita y nos acompaña dentro de nuestra mente? En realidad, hablar en voz alta de nuestros sentimientos e ideas es un arte y una necesidad que deberíamos volver a practicar. En un mundo tan propenso a aherrojar nuestras libertades íntimas, ¿cuánto puede importar que los que caminan con nosotros por la calle nos tomen por pirados?

Así que envidio a los monologuistas humorísticos, porque hacen precisamente eso, hablar en soledad (acompañados por una platea silenciosa y que para ellos suele ser invisible en la oscuridad), sacar sus demonios, ganarse la vida con ello, y plantearnos una de las pocas formas de libertad a las que hoy podemos acceder, aunque sea a través de otros.

Y de libertad hablamos, libertad absoluta.

Sin duda, una de las razones del auge de esta forma de representación proveniente del vodevil es poder ver a un individuo soltar las más extravagantes y grotescas ideas en un ‘show’ eminentemente subjetivo, sin barreras, en la que caben, como en un cajón de sastre, las más variadas experiencias, convenientemente tamizadas por la ironía, pero preñadas de esa verdad que duele mientras nos hace reír. Y para ello hay que tener valor. El monologuista aparece solo ante en peligro, ausente cualquier escenografía o ayuda secundaria, valiéndose únicamente de su voz, ingenio, capacidad de improvisación. Él interpreta al personaje que ha decidido crear, y que será su alter ego en todas sus apariciones, pero también interpreta, si tiene el talento suficiente, a todos los personajes a los que se refiera. Y, por encima de todo, tiene que ser un cabrón sin sentimientos. Tal cual, un pedazo de hijo de puta.

O, para ser más clásicos, un cínico, que conoce el valor de las cosas, pero al que ya todo se la trae floja, porque es la única forma de hacer reír. Únicamente podemos reírnos con alguien que mira a la verdad de frente, nos la exagera con genio maleducado y nos guiña un ojo cómplice mientras tanto. No exagero ni un pelo.

Mucho más que los periodistas, los intelectuales, incluso que los poetas, los monologuistas hablan acerca del mundo real con espíritu descarnado, y nos hacen pasar un buen rato mientras tanto. Los hay célebres y pasajeros o mediocres. Algunos se agotan con dos o tres actuaciones, y otros son algo repetitivos. Muy pocos son monologuistas de raza. En Estados Unidos tienen una larga tradición y muchos nombres que son leyenda. Aquí, aunque con menos historia, hemos evolucionado desde los típicos chistes de cómicos famosos a grandes monologuistas como Leo Harlem, Dani Rovira, la panda de amiguetes de Muchachada Nui y otros, aunque probablemente el más ingenioso de todos sea Buenafuente, cuyos largos y muy inteligentes monólogos creo que no han sido superados por ninguna otra estrella. Cualquiera de ellos, en sus mejores trabajos, nos hablan de la realidad, de su punto de vista, de una cultura, la nuestra, con enormes luces y sombras. Y algunos con gran ingenio literario y profundo conocimiento de la representación teatral.

No es algo de poca importancia. Sólo un gran escritor y monologuista como Louis C.K. puede hablarnos de lo terrible de este mundo, de lo subnormales que somos, del mal que hacemos y de una desesperanza casi digna de Cioran mientras nos morimos de risa.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

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