Michael Haneke y la pura subversión

5 Shares 5 Shares ×

…………Decía Bertolt Bretch: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. Y no falla. Basta que un artista esté convencido de su misión, que muchas veces no es otra que ciscarse en las convenciones y que retar al receptor de su obra a desperezar su conciencia, para que los tartufos se rebelen. Pero luego, si este diablo se centra en cuestiones supuestamente más llevaderas, como el amor o la amistad, esas cuestiones que parecen más accesibles pero que son mucho más intrincadas de lo que imaginan los simples, pues esos mismos simples se acercan a su material como si le perdonaran la vida. Le pasó, por ejemplo, a David Lynch, con The Straight Story (1999), que algunos despistados profesionales describieron como muy poco lynchiana, y le pasa ahora a Haneke con su Amour (2012), durísima y magistral película que está dando mucho que hablar, pero con toda seguridad incomprendida pese a las alabanzas generalizadas, y que es una obra muy Haneke pese a la miopía que es ya marca de la casa. Marca española.
…………La ternura, el afecto… Existen creadores que basan su actividad en los calificados como buenos sentimientos, como Frank Capra, Steven Spielberg o, en alguna ocasión, Bertrand Tavernier. Otros, más descarnados, la basan en los malos sentimientos, en lo que de terrible y mezquino es el ser humano, para después, quizá, llegar a ofrecer un rayo de esperanza. Sin duda, Haneke es del segundo grupo. Aunque con Haneke, más que rayo de esperanza, en la mayoría o en todas sus ficciones, esto se reduce a un gesto de dignidad antes de una muerte macabra, a luchar cuando todo está perdido, a mostrar al ser humano como un ser increíblemente frágil (tanto en lo material como en lo espiritual) y, por tanto, objeto de un gran sufrimiento y capaz de una gran crueldad. Pero el director germano no tiene la menor intención de hacer un espectáculo visual, es decir, un espectáculo de sensibilidad masculina, sino que se preocupa sobre todo por el interior de los personajes, porque para él lo más importante es el interior de los espectadores. No practica un cine sensorial, sino un cine emocional. Y lo hace sin piedad, sin límites.
…………Importante crítico de cine en su juventud, hombre de teatro y de humanidades, filmó su primera película con cuarenta y siete años, y ahora, con setenta, es sin duda una de las referencias más notables del cine europeo. El primer gran impacto de su carrera fue la muy controvertida Funny Games (1997), quizá la ficción en que más y mejor profundiza en una de sus obsesiones: aniquilar el sentimiento de falsa seguridad de la dormida burguesía europea. Alterar el orden establecido e inyectar la barbarie en un entorno confortable, concepto que también es la médula de la sorprendente Caché (2005), pero que ya en el ‘remake’ norteamericano de Funny Games (2007) lleva lo más lejos posible para destruir cualquier idea preestablecida del espectador sobre el ‘thriller’ y sobre lo que cabe esperar en una pantalla de cine. Plano a plano, diálogo a diálogo, el ‘remake’ es idéntico al original, pero cambian los actores y la fotografía. No faltó quien repudiara este ‘remake’ como si el cineasta “se hubiera vendido” al sistema de Hollywood, cuando en realidad lo que hacía era cuestionarlo y, una vez más, subvertirlo. Era completamente lógico: los muchachos de la primera película, asesinos natos, juguetones y sádicos, habían creado escuela, y su macabro juego creaba escuela hasta que otros tomaban su testigo, en otro país, y repetían paso a paso el esquema sangriento inicialmente propuesto. Más aterrador, imposible.
…………Más aún: la mirada de Haneke es de clara raigambre brechtiana, y su sentido del humor también. De los intersticios de sus eléctricos dramas surge incontenible un sentido del humor y una vitalidad que ofrece respiros ante la abrumadora intensidad de lo que está contando, pero que a su vez nos hacen bajar la guardia: son oasis gracias a los cuales todo lo demás nos golpea con una fuerza mayor. Dice el cineasta que el cine tiene que acercarse a la música, sobre todo en su sentido del ritmo, en su estructura, y él lo logra en una secuencia capaz de transitar, como si formaran un todo, por instantes de gran luminosidad negados por otros de insoportable oscuridad, valiéndose de la mayor herramienta de que dispone un cineasta en su opinión: los actores, el instrumento que hay que afinar para que una película alcance el rango de arte. Maestro en esa disciplina a la que tantos otros no prestan atención, Haneke no suele dar muchas instrucciones psicologistas y sí les guía en cuestiones más básicas de movimiento, de miradas y de reacciones despojadas de toda dramaturgia convencional. Para él, afinar es elegir bien al intérprete/instrumento, y tocar ese instrumento con destreza y sensibilidad es la clave de su cine.
…………Y en su mirada brechtiana propone siempre al espectador el despertar de su conciencia crítica, y la necesidad, casi visceral, de hacer saltar por los aires la dinámica y la lógica de una secuencia. El máximo exponente de esto quizá sea el filme de 2009 La cinta blanca, que bajo una engañosa apariencia de estética casi bergmaniana, busca la ternura en la brutalidad, o la brutalidad en la ternura, y propone una serie de grutas subterráneas que erosionan cada imagen, como si fueran exactamente lo opuesto de lo que pretenden ser, haciendo gala de su cámara/escalpelo, gracias a la cual sus ficciones son como muñecas rusas: bajo la mera apariencia se esconden los monstruos, y bajo ellos, otra cosa, casi indefinible, que quizá sólo el cine sea capaz de sugerir.
…………Su última realización hasta la fecha (y de la que, por cierto, recomiendo encarecidamente el comentario de mi colega Pomares en estas mismas páginas), la impresionante Amour es exactamente lo mismo de siempre: el horror cobijado en el Estado del bienestar, la infinita capacidad de sufrimiento físico y psicológico del ser humano, el cuerpo como prisión y la mente como catalizadora de demonios acaso aún más espeluznantes. No es un relato sobre un par de viejecitos enfrentándose a los últimos latidos de su existencia, sino de nuevo el descenso a los abismos de la barbarie, negada por una existencia burguesa. Haneke nos obliga a ingresar en esa barbarie y nos advierte que, tarde o temprano, también formará parte de nuestra vida, que es lo que quizá más le interese como cineasta. Confrontar a sus espectadores con la muerte y el sufrimiento reales, sin sentimentalismos, sin extraer de ello ninguna enseñanza, pero afinando un nuevo poema brechtiano en el que la lucha y la resignación son una misma, indistinguible, decisión.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

17 comentarios

  • Responder enero 31, 2013

    Miguel

    Totalmente de acuerdo en que Amour es realmente una cinta de puro terror, hacía tiempo que una película no me producía tal malestar.

    • Responder enero 31, 2013

      Adrián Massanet

      Más que terror, el horror de comprender que somos mortales.

      • enero 31, 2013

        Miguel

        Cierto, la muerte es algo casi palpable y terriblemente cercano durante casi todo el metraje.

  • Responder enero 31, 2013

    I.

    Es bueno leer que alguien reivindica ‘Amour’ como una obra tan «sello Haneke» como sus anteriores y muy de acuerdo en tu oda a este director, imprescindible y de los mejores vivos.

    • Responder febrero 2, 2013

      Adrián Massanet

      Es que he leído estupideces que dicen que es poco Haneke.

      Y más que una oda, es constatar la realidad.

  • Responder enero 31, 2013

    Jorge Moreno

    Confieso, con modestia, que solo he visto dos películas de Haneke (La Pianista y Amour, ambas tan duras como estupendas), pero solo con estas obras puedo afirmar que estamos ante un director imprescindible, poseedor de una obra perturbadora, que nos enfrenta a nuestras miserias y temores: la muerte y la decrepitud, unidas a la rancia hipocresía humana. Un excelente y apasionado trabajo el suyo, Masssanet, como otros que he tenido la suerte de leer.
    Muy atentamente, Jorge Moreno

    • Responder febrero 2, 2013

      Adrián Massanet

      Hola, Jorge.

      Si te vas a meter a fondo en Haneke, mis condolencias. Vas a dormir mucho peor.

  • Responder enero 31, 2013

    Raúl

    Enorme entrada. Admito que todavía no la he visto, pero caerá dentro de poco.

    Lo de Haneke, a sus 70 años, es curioso: he visto toda su filmografía a partir de la primer ‘Funny Games’ y cada película suya es superior a la anterior, y parece que con ‘Amour’ la regla se sigue cumpliendo, y eso que ‘La cinta blanca’ me pareció sublime.

    Sea como fuere, toda una institución del cine mundial, y un artista muy necesario en estos tiempos en que, como dices, parece que vivimos en un Estado de bienestar, adormecidos, anestesiados, y quizás estemos peor que nunca. En fin, un abrazo.

  • Responder febrero 3, 2013

    ManuFdezReinón

    Yo no sé si “Amour” es muy o poco Haneke, lo único que sé es que aquí cambia su posicionamiento, que no es (o era) otro que dejar en manos del espectador las conclusiones y las valoraciones de lo que él, mediante un total distanciamiento formal, nos mostraba.

    De sobra es sabido que despertar la emoción en el “espectador medio”, en términos de David Simon, ha demostrado ser garantía de éxito en el cine. Incluso bastándose a sí mismo, como logro del director, ha provocado que se den bendiciones a una película mientras se le perdonan los posibles pecados que pudiera contener, convertidos a partir de ese momento en algo secundario, una vez conseguido el mérito y éxito principal: esto es, conmovernos. Una lista interminable de películas mediocres (auténticas imposturas en ocasiones) han salvado la quema, no sólo de esa masa informe o con forma moldeada (que viene ser lo mismo) denominada gran público, sino de ciertos estamentos de la crítica, no necesariamente acomodados en la industria. Otras han ido más lejos y se han encumbrado en términos de taquilla y premios. Naturalmente, es un asunto en el que es determinante lo que el espectador exige o espera del cine. La cuestión es la siguiente: ¿es la capacidad para provocar identificación emocional un logro cinematográfico per se?, ¿es prueba inequívoca de méritos cinematográficos el hecho de que el espectador se emocione? Cuando vi “Lo imposible”, el mayor sonido envolvente que tenía a mi alrededor era de los espectadores emocionados, y ahí la tenemos: éxito indiscutible… Habría que aclarar, dicho lo cual, si la empatía emocional es producto de un elaborado reto por parte del cineasta o si basta, por el contrario, con utilizar ciertos lugares comunes de la tragedia o el drama como gran género de consumo para activar ese resorte que provoca que algunos recurran al pañuelo. De tratarse de lo segundo, que más que empatía valdría llamar contagio, se torna harto evidente que estamos hablando de un mecanismo fácilmente recurrente cuando fallan otras aptitudes fílmicas, propenso a la manipulación en la puesta en escena, independientemente de que ésta sea más o menos elaborada en función del oficio del director (cosa de la que no cabe dudar en este caso). Mostrar, por ejemplo, los gritos y lamentos de la anciana enferma de forma machacona es un ejemplo de ello.

    “Amour” se presentaba avalada por una trayectoria con mejor crítica que público, de tal modo que la inercia de los primeros y la incorporación ‘de’ o ‘a’ (la disyuntiva no es baladí) los segundos bastan para garantizarle un mínimo y cómodo elogio. Haneke es un cineasta que, probablemente, ha malacostumbrado a sus seguidores. Hasta ahora, sus películas constituían un reto psicológico, un cerco a las cortezas intelectuales que tapan una dolorosa realidad existencial y material, una invitación a la autocrítica individual y colectiva desde, esto es importante, el distanciamiento formal. Éramos, los espectadores, la paloma que Haneke arrinconaba a golpes de fría, aséptica realidad, no dejándonos otra opción para romper el cerco y, muy a nuestro pesar, involucrarnos en una dura reflexión intelectual, asumir nuestras culpas y adoptar una actitud de compromiso que ya trascendía lo fílmico (ahí es donde la palabra ‘arte’ cobra sentido)… O eso o apostar por recubrirnos de más corteza intelectual, autojustificadora, exculpatoria y ponernos a otra cosa. El camino no estaba marcado por las recurrentes sendas de la identificación emotiva. En cambio, aquí el espectador sí lo tiene bien trazado, recogiendo los usuales defectos del drama social al uso, didáctico y “con mensaje”, y termina tapándonos con la manta de la emoción forzosa ante el destino de la pareja protagonista. Donde antes había un profundo respeto por el espectador, ya que éste podía adjudicar sin mayor problema un trastorno particular a la familia de “El séptimo continente” en vez de molestarse en análisis político-sociales del entorno, ahora hay incluso cierta arrogancia. Escoge para titular el filme y para calificar la conducta del protagonista una palabra nada trivial, amor. “Esto es amor”, nos está diciendo. ¿Y si la hubiera titulado “Odio”, o “El señor y la señora X”? En otras películas nos ha mostrado profundos y complejos males de la sociedad, pero en esta elige mostrarnos una desgracia, una bastante común y cotidiana para mucha gente. No sabemos si esta pareja burguesa es víctima de sus propios males o es ejemplo de entrega. Es posible que Haneke buscara con esta película algún reconocimiento en forma de premio…

    Un saludo.

  • Responder marzo 20, 2013

    Klaus

    ¿Te atreverías a calificarla como la mejor película de Haneke? Yo me quedo con ‘La cinta blanca’. Creo que la cosa estaría entre esas dos.

    • Responder marzo 20, 2013

      Adrián Massanet

      ¿Atreverme? No sé cuál es la mejor película de Haneke; lo mejor es verlas todas.

  • […] sea dicho todo de paso, que la memoria del cinéfilo vincula con otros títulos como Funny Games (Michale Haneke, 1997) y Teorema (Pier Paolo Pasolini, […]

  • […] estúpido. No mientas. Cuenta lo que hay. Por eso es tan importante, por ejemplo, Funny Games, de Haneke. Porque moralmente es muy cuestionable, y viaja en el alambre. Hay que tener las ideas muy claras. […]

¡Anímate a decirnos que opinas!