Mi devoción por ‘Lo que el viento se llevó’

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lo que el viento se llevó

Hay muchísimas películas famosas en la corta historia del cine. Algunas de ellas me interesan poco o nada, pese a que son consideradas “vacas sagradas” de este joven arte bastardo. Otras he de reconocer que, desde que las vi por primera vez, me embrujaron. Y aunque algunas de ellas, con el paso de los años, me han parecido menos impresionantes, otras, unas pocas, no solamente mantienen intacto ese hechizo sobre mí, sino que además, a cada visionado, mi devoción por ellas no hace más que crecer. Es el caso de la insigne, irrepetible Lo que el viento se llevó (David O. Selznick, 1939), filme que absolutamente todo el mundo conoce, aunque no les interese demasiado el cine, y que las pasadas Navidades cumplía nada menos que setenta y cinco años de vida. Y llegará su centésimo cumpleaños y seguirá igual de impresionante que siempre.

Recuerdo verla fascinado de niño, embelesado por su historia, y ahora, tres décadas más tarde, me observo a mí mismo admirado por su cinematografía. Porque, quizá, por encima de cualquier otra consideración, se trata de un ciclópeo pedazo de celuloide, uno de los más perfectos que ha parido la industria de Hollywood. Una obra faraónica que hoy costaría cuatrocientos millones de dólares y una década de trabajo, pero que a Selznick sólo le llevó tres años terminarla, convencido de que sería la joya imperecedera que de hecho fue, obsesionado por el más nimio detalle, gastando más de cuatro millones de dólares de la época, y pariendo un rodaje lleno de complicaciones y avatares. Selznick es el verdadero autor de la película, muy por encima de los tres directores “oficiales” (Sam Wood, Victor Fleming y George Cukor), porque él fue el alma y el corazón de la película. Hay algunos productores, muy pocos, que son tan autores, o más, que sus directores, y este es uno de esos casos. Él eligió la novela y compró los derechos, él contrató al guionista, eligió a todo el equipo, y decidió todo, desde el principio hasta el final. Fue, por tanto, el director de la película.

Doscientos treinta y ocho minutos de melodrama desatado, siguiendo a la caprichosa y terrible Scarlett O’Hara, una ‘southern belle’ que verá desaparecer de la noche a la mañana su privilegiada existencia en el Sur de los esclavos y la caballerosidad para enfrentarse a la crueldad de la Guerra de Secesión, y después, al hambre y la desesperación. Pero, en lugar de ver mermado su espíritu por ello, se hará más fuerte y más ella misma, sin cambiar jamás, salvo por una cosa: darse cuenta de que en ese torbellino de la historia conoció al único hombre que llegó a conocerla de verdad, el insolente caradura Rhett Butler, quien pasará años tratando de conquistarla mientras ella, obstinada con el único hombre en el mundo que no se rinde a sus encantos, el gentil Ashley, no le hace el más mínimo caso aunque se case y tenga hijos con él.

Creo que uno de los motivos, quizá el principal, de que esta película se mantenga fresca y viva como el primer día, o incluso más, es la fuerza de sus personajes y de los actores que les interpretaron. Eso y el talento de todos los artistas que participaron en la película en cualquiera de sus disciplinas. Muy recordada, en justicia, es la música de Max Steiner, quintaesencia de las composiciones del género, ¡compuesta en tan solo un mes de tiempo!. Pero se olvida a menudo la proeza que representa su diseño de producción, responsabilidad de nada menos que William Cameron Menzies, director de olvidadas joyas de ficción científica como La vida futura (Things to Come, 1936), y auténtico creador de ese color majestuoso de la película por la que ganó un Oscar honorífico. También es toda una maravilla la fotografía del hoy un tanto olvidado Ernest Haller y de Ray Rennahan, cuya complejísima planificación ya muestra techos (dos años antes que el Ciudadano Kane de Welles) y otras técnicas que fueron la apertura para que otros directores famosos las emplearan con mayor asiduidad en sus realizaciones. Sin embargo, es justo decir que, técnicamente, Lo que el viento se llevó es muy superior a la gran mayoría de películas de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta. Filmes aclamados de Hitchcock, Ford o Hawks, rodados muchos años después, no poseen, ni de lejos, esta perfección en los decorados, las luces, ni sobre todo en el uso de la cámara. Cierto que hay detalles de su puesta en escena que responden a algunos arquetipos de la época (inevitables, por otro lado), pero es indiscutible la proeza cinematográfica que son muchísimas de sus secuencias.

Siendo, como es, una película sobre la Guerra Civil, y sobre ese sueño dorado que fue el bello Sur, puede que algunos ojos la vean hoy en día con suspicacia. Puedo imaginarme a Spike Lee presenciando las escenas de esclavos negros y subiéndose por las paredes. Es lógico. Pero convendría situarse en su debido contexto histórico. Hacer una película en 1939, con bastantes actores negros y no tratarles como a basura era todo un logro en esa época. Existen películas en los años cuarenta, y en los noventa, en que los negros eran poco menos que figuras cómicas. Aquí, todos y cada uno de ellos detentan una dignidad y una humanidad insoslayables. La que más, la inolvidable Mammy, interpretada con una belleza, un ingenio y una verdad por la gran Hattie McDaniel (primera actriz negra en ganar un Oscar) literalmente indescriptibles. La esclavitud en Estados Unidos fue un pavoroso genocidio, pero no es el tema de la película. El Sur tendría grandes defectos, pero el Norte tampoco fue, precisamente, igualitario con los negros. Esta obra maestra cuenta lo que hubo, para bien o para mal, y se acerca a la figura de los esclavos negros con mucha mayor entidad que muchos otros panfletos bienintencionados.

Pero es que aquí todos tienen una entidad, una vida, que se hace difícil imaginar un rodaje tan fragmentado, no cronológico, en el que un día se rodaba un baile fastuoso y, al siguiente, la secuencia del caballo muriendo a latigazos. Imposible cantar lo suficiente el talento inconmensurable de Vivien Leigh, que está perfecta en todas y cada una de las muchas secuencias que hubo de interpretar. Necesario repetir que el gran Clark Gable estuvo a su altura con un encanto, una desvergüenza y una elegancia arrolladoras. Y todos los demás, maravillosos. Absolutamente todos. Leslie Howard, Ward Bond, un increíble Thomas Mitchell, Olivia de Havilland (¡que aún vive, con noventa y ocho años!), Butterfly McQueen, Oscar Polk, Laura Hope Crews… Llegan a emocionarte, a conmocionarte. Sobre todo Scarlett y Rhett, su tortuosa historia de amor y pérdida. Son mucho más que una pareja. Son amigos y cómplices, son dos seres parecidos y solitarios que, cuanto más juntos están, menos se comprenden, pero que se admiran y se atraen con una fuerza increíble. Resulta doloroso ver a Rhett desvivirse porque Scarlett se sienta a salvo y feliz, así como verla a ella obsesionada con el sosainas de Ashley y con su necesidad de sentirse la princesa más admirada de la región. No son otra cosa que dos arribistas, dos cínicos que lo único que quisieran es mandar a todo el mundo al diablo y vivir a su manera, sin ataduras, en plena libertad para hundirse en el amor más platónico imaginable, y para erguirse en el fango de la melancolía definitiva.

En comparación con esta maravilla, cosas como Ben-Hur (William Wyler, 1959) o 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), otras películas famosísimas, me parecen de mal gusto, hasta execrables. Lo que el viento se llevó, o más exactamente, Se fue con el viento, se llevó mi corazón para siempre.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

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