‘Mad Max: Fury Road’, magnífica y sorprendente aventura

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mad max: fury road

George Miller irrumpió en el a menudo vibrante, aunque pocas veces reconocido en su singularidad, cine australiano, con su debut Mad Max, salvajes de la autopista (Mad Max, 1979), que pese a sus balbuceos ya mostraba a un realizador de gran potencia visual y que anticipaba de forma evidente lo que estaba por venir. Su segunda película, la secuela, Mad Max, el guerrero de la carretera (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981), cristalizaba por fin un mundo propio que ha derivado en uno de los universos de ‘sci-fi’ y apocalípticos más icónicos y plagiados de la historia del cine de serie B. Y con su tercera película, Mad Max, más allá de la cúpula del trueno (Mad Max Beyond Thunderdome, 1985), cerraba por el momento, y de forma más que digna (aunque muchos la despreciaron), esta aventura de acción, horror, persecuciones y redención.

Ahora, treinta años después, y habiendo experimentado incursiones en otros géneros de forma siempre brillante, inteligente y con buen gusto (¿cómo olvidar la entereza y la honestidad con las que afrontó El aceite de la vida (Lorenzo’s Oil, 1992) o la emoción y la belleza de Happy Feet (2006)?), regresa a ese mundo creado por él para inyectar una nueva vida a su antihéroe, reemplazando al ya avejentado Mel Gibson por el ascendente Tom Hardy, y proponiendo un delirio adrenalítico tan absorbente, trepidante y arrollador que hay que frotarse los ojos de felicidad porque al fin nos llega cine de aventuras sin cortapisas, sin coartadas, sin prólogos explicativos y, sobre todo, sin tregua. Reza el cartel: “El mundo se vuelve loco”, y para un mundo loco, el de comienzos del siglo XXI que nos ha tocado vivir, nos brinda una película absolutamente loca.

En otras palabras, un deleite para los sentidos y la mente del más aguerrido aficionado al cine de acción y horror.

Mad Max: Fury Road no es ni un ‘remake’, ni una continuación, ni un reinicio. Es una reinvención de caracteres, formas y espacios. Es un regreso a una cosmogonía y una forma de entender el cine y la aventura. La película, que es como un sueño, a ratos pesadilla, se erige en un, por muy chocante que resulte, lírico viaje a los infiernos, a lomos de un camión de combate que se convertirá en un personaje más, con sus tripas y su personalidad subyacente, un relato sencillo en apariencia, pero dotado de sutiles cargas de profundidad que estallan ante el espectador más exigente y sensible, demostrando una vez más (por si hacía falta) que el gran  cine de aventuras es mucho más que entretenimiento: es una forma de arte total. Miller, y su excelente equipo de montadores, se plantea la proeza absoluta: persecuciones de más de quince minutos de duración en las que el ritmo de la secuencia sobrevuela peligrosamente los límites cinemáticos, y, aún así, sale triunfante porque suelta por los poros de su médula puro cine: emoción, verdad, sufrimiento, locura, perdón, desesperanza, amistad, comprensión. Y todo eso, milagro, en tramos en los que la narración avanza a una velocidad endiablada, sin permitir un respiro, exigiendo del espectador que se fije, si tiene ánimo, en cada detalle, cada encuadre, cada hallazgo de un guion de hierro, en el que nada sobra y nada falta. Se hace corta, y te deja ganas de seguir viendo más, esta joya recién nacida del género.

Tom Hardy, un actor poderoso y de instinto y gran presencia en pantalla, que de momento no ha brillado en ningún gran papel pero que tiene un gran futuro por delante, borda un papel heredado, pero que aquí resulta estimulantemente secundario. No es él el gran héroe, sino el precioso personaje de Furiosa, interpretado por esa fuerza de la naturaleza llamada Charlize Theron. Esta actriz está aquí espectacular. Ella es la verdadera alma de la aventura, porque con ella comienza y termina todo. La decisión de enfrentarse a la tiranía y salvar lo que en ella queda de inocencia, y hasta el último punto de vista, en la secuencia final, pues es de ella de quien nace ese plano de admiración y respeto. Porque Mad Max: Fury Road es, ante todo, por muy sorprendente que resulte, una película furiosamente feminista. Aquí, la dignidad, la resolución y la entereza de todos los personajes femeninos que aparecen, que son bastantes, otorgan al relato su verdadera dimensión moral. Muchos y muchas feministas se echarán las manos a la cabeza ante semejante afirmación en un ‘blockbuster’ de ciento cincuenta millones de dólares diseñado para romper la taquilla, y para deleite de los machotes de turno. Pero, si van a verla con los ojos bien abiertos y los prejuicios bien dormidos, se darán cuenta de que este hecho es irrefutable. Y poderoso. Porque en el arte, en el más valioso, los conceptos más importantes se sienten mucho mejor en la lucha de opuestos, y ver una película de acción, explosiones y persecuciones en la que más importa y más te conmueve es el punto de vista femenino te hace sentir ese concepto con mucha mayor encarnadura.

Rescatando al director de fotografía John Seale, en su mejor trabajo en quince años, al que lógicamente han añadido las técnicas actuales de digitalización y colorimetría, en un increíble ‘aspect ratio’ de 2.35:1 del que emergen en todo su esplendor las localizaciones de Namibia y Australia que enriquecen la película; apostando por la música de Junkie XL, un casi desconocido en este campo que es capaz de extraer toda la animalidad y bestialismo del guion, y con un diseño de producción que lucha por conquistar, y conquista, un espacio entre tanto videojuego y película apocalíptica. Aunque quizá algunos la tachen de superficial o básica, merece la pena, y mucho, adentrarse en este apocalipsis.

Tiene mucho mérito que un director de más de setenta años, aunque en plena posesión de sus facultades fílmicas, se lance a una superproducción de este calibre, que bien puede significar su ruina final si le sale mal financieramente, o con la que quizá cierre su trayectoria artística, acompañada, o eso dicen, de unas cuantas secuelas, lo que supondría terminar donde empezó, en una apasionante y coherente circularidad creativa que, por mérito propio, le sitúa entre los grandes directores de género de su tiempo.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

7 comentarios

  • Responder mayo 19, 2015

    Martín Brotons

    Habrá que echarle un ojo a la peli. No sé por qué pensaba que serías un crítico feroz con esta saga.

  • Responder mayo 20, 2015

    Adrián Massanet

    ¿Y por qué has pensado semejante cosa?

  • Responder mayo 20, 2015

    Raúl

    Si señor. Un buen chutazo para el cine actual de acción, enfermo de infulas de profundidad, y de falta de garra. Sólo falta que con la inercia de este resurgimiento Carpenter haga una tercera parte de Snake Plissken y la felicidad será absoluta. Hasta con Tom Hardy incluso, que me pega mucho. Bravo.

    Saludos Adrían.

    • Responder mayo 22, 2015

      Adrián Massanet

      ¡Hola, amigo Raúl!

      Me temo que lo de Carpenter es más complicado. Pero por soñar…

  • Responder mayo 22, 2015

    predicador

    La última entrega de la saga The Fast and the Furious tiene persecuciones más largas que un día sin pan. ¿Significa eso que también es una aventura magnífica?

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