‘Inherent Vice’, puro cine

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Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston, Owen Wilson, Reese Witherspoon, Benicio del Toro, Joanna Newsom, Martin Short, Hong Chau, Jena Malone, Jordan Christian Hearn, Michael K. Williams, Martin Donovan, Peter McRobbie, Serena Scott Thomas, Belladonna, Eric Roberts, Maya Rudolph, Jeannie Berlin, Sasha Pieterse, Keith Jardine

Cómo pasa el tiempo. Hace ya un par de años, o algo más, que escribía en este diario mis impresiones sobre la impresionante obra maestra The Master (2012), y ya tenemos nueva película de Paul Thomas Anderson. Por suerte para los que creemos que está entre los grandes de su tiempo, no ha tardado cinco años más en realizar un nuevo título (como sí sucedió entre Punch-Drunk Love y There Will Be Blood, y como volvió a suceder entre esta y la mencionada The Master) y podemos volver así a acceder al trabajo de uno de los pocos directores norteamericanos actuales incapaces de traicionarse a sí mismos acometiendo proyectos de naturaleza comercial, o aceptando encargos que nada tengan que ver con su fortísima personalidad artística.

Algunos decían que, tras el fracaso en taquilla de The Master (fracaso más que lógico por otra parte), que apenas funcionó en Estados Unidos y solamente un poco mejor en Europa, Anderson estaba construyendo una nueva película a toda prisa, y con un carácter más accesible, para no quedarse sin capacidad de maniobra en una industria tan despiadada. Las primeras imágenes y el avance que vimos hace unos meses nos hacían pensar que quizá se trataba de una comedia disparatada. Pero la realidad es muy diferente. Anderson ha llevado a cabo la que probablemente sea la película más abstracta, personal y melancólica de su trayectoria. Una locura, un disparate fílmico, bajo cuyo sustrato subyace una visión despiadada de un país y una época (en consonancia con sus dos anteriores películas), y un esfuerzo estético absolutamente lúcido que quizá no sea fácil de ver para los que únicamente quieren encontrar en una película algo habitual, algo que no les proponga una nueva forma de mirar.

Pero a Anderson todo eso le da igual. Él no quiere hacer solamente una película, quiere construir una visión, por mucho que sus cánones partan de Robert Altman, Martin Scorsese o la literatura negra. Y ya no le interesa un armazón narrativo, sino que salta sin red por los meandros de la antinarrativa más radical, para capturar un estado de ánimo, una forma única e intransferible de filmar. Puede que no llegue a mucha gente, o que muchos de los que vean sus últimas ficciones sientan un profundo rechazo, pero es lo suficientemente valiente como para seguir adelante con esa voz.

La película se encuadra en el verdadero final del sueño americano, a finales de los años sesenta. Con Nixon en la Casa Blanca, la Guerra de Vietnam en el trasfondo colectivo, los ‘hippies’, el amor libre, los asesinatos de Charles Manson… En ese magma, el protagonista, un estrafalario detective privado llamado Larry ‘Doc’ Sportello, eternamente fumado, experimentará el regreso de su antigua novia, de la que sigue enamorado, para proponerle una investigación que derivará en un laberinto disparatado, poblado de personajes absurdos y situaciones delirantes. Un rompecabezas deliberadamente confuso, en el que resulta imposible enterarse de quién hizo qué, y hasta incluso quién se llama de qué manera (en la mejor tradición del cine negro de los años treinta y cuarenta, por cierto, y de la literatura puramente de Black Mask), y muy consecuente con el punto de vista del atribulado protagonista, a quien seguimos en todo momento y del que nos llega a doler su soledad y desamparo, pues es como un niño ingenuo al que todo le queda demasiado grande, y como a él, a nosotros, espectadores, nos queda grande enterarnos de nada de la complejísima trama de bandas nazis, dentistas, promotores de la construcción, policías corruptos… Pero termina por importarnos muy poco, pues lo verdaderamente importante aquí es dejarse llevar hacia ninguna parte.

Y el que sepa o pueda degustar el cine puro, se dejará llevar sin problemas. El cine ya no puede ser un mero soporte de historias y, solamente en la perfecta fusión de forma y contenido, un artista puede hacer algo interesante en este medio joven y viejo a la vez. El loco Anderson, consciente de esto, va más lejos que nunca, y cada plano, cada sonido, cada secuencia (los verdaderos elementos que hacen del cine un arte, y nunca contar una historia bella o emotiva de manera académica) están poderosamente ensamblados, como una sinfonía audiovisual a la que no le importa ser comprendida pero sí ser sentida. Y en toda su magnitud.

Un genial Joaquin Phoenix (como suele ser habitual en él desde hace años), un reparto perfectamente sincronizado, una fotografía de ensueño (y casi lisérgica…) firmada por el gran Robert Elswit, un diseño de sonido que roza la perfección y un ritmo y un tempo muy elaborados convierten esta experiencia alucinada en algo memorable, inescrutable y muy difícil de analizar, que solamente va a crecer con el paso del tiempo y que supone un nuevo peldaño hacia lo imperecedero en la carrera de un cineasta indispensable.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

5 comentarios

  • Responder marzo 17, 2015

    Pablo

    Te olvidas de un dato ineludible: la película está basada en una novela de Thomas Pynchon. Esa “antinarrativa radical” de la que hablas se debe más al escritor que al director, aunque se adapte perfectamente al exquisito estilo de PTA. De todos modos, “Inherent Vice”, dentro de la obra de Pynchon, es una de sus obras “más convencionales” a nivel narrativo, además de tener uno de sus argumentos más sencillos, coherentes y cerrados. Aún así le sirve a PTA, como has comentado, para seguir explorando los derroteros por los que ya se había aventurado. Por cierto, la “adaptación” es “muy fiel” a la novela, si se puede decir tal cosa.

    Saludos.

    • Responder marzo 20, 2015

      Adrián Massanet

      En efecto, se me olvidó nombrar la novela original, que no conozco. De todas formas, comparar literatura y cine no tiene mucho sentido, creo. Lo importante aquí es cómo este material se adecúa al estilo y la visión del mundo y del cine que tiene Anderson.

      Muchas gracias por tu comentario.

  • Responder marzo 19, 2015

    Casimiro

    He echado en falta algo más de inventiva y elaboración visual, además de mayor riesgo integrando en la trama varias subsubtramas de la obra original (la de una ola gigante; la adicción de Sauncho (Benicio del Toro) a los dibujos con el pato Donald…), que hubiesen hecho de la cinta algo todavía más radical.
    A quien le haya gustado que se lea el libro, que tiene bastantes variaciones y bastantes situaciones graciosísimas.
    Aún así, grande PTA (una vez más). Que no tarde mucho en volver.

    • Responder marzo 20, 2015

      Adrián Massanet

      Bueno, siempre que nos gusta una novela echamos de menos que, en su adaptación, no se incluyan cosas, pero dudo mucho que esta película pudiera haber sido más radical.

      Saludo afectuoso.

      • marzo 20, 2015

        Casimiro

        Sí, desde luego Adrián.
        He sido un poco tramposo, porque hay que contar con que el lector de una novela no es igual que el espectador de una película como para comparar ambos por su resultado. Me gustaría ver cómo puede desarrollar este modo de narrar tan anticomercial- y tan pynchoniano- prescindiendo de una trama detectivesca. Aunque precisamente ahí está gracia, que el argumento y sus hilos son tan importantes en el cine noir que para el espectador esta película es un suplicio, si lo que quiere es entender y entender. Un segundo visionado para estas personas supondría una sorpresa (con la historia ya conocida), ya que solo así se centrarían en la forma, que es lo primordial.

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