‘Grupo salvaje’ y ‘Los profesionales': México en el alma

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William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan, Edmond O'Brien, Warren Oates, Jaime Sánchez, Ben Johnson, Emilio Fernández, Strother Martin, L.Q. Jones, Bo Hopkins, Alfonso Arau

Yo siempre he pensado que comparar películas es muy divertido y placentero. Escribir sobre una está bien, pero compararla con otra muy parecida en bastantes puntos es proponer un juego de espejos que consiga, quizá, extraer esquinas creativas y narrativas que probablemente no salgan en un análisis individual. Lo más tendencioso es siempre comparar una que no te gusta nada con otra que te gusta mucho, pero hoy me apetece escribir sobre dos películas que me gustan, aunque está claro que una me gusta mucho más que la otra. Porque mientras Los profesionales (The Professionals, Richard Brooks, 1966) es una excelente película del viejo Hollywood, cuyas fórmulas y estructuras de producción estaban a punto de desaparecer, Grupo salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckinpah, 1969) representa precisamente el cambio en el ‘western’, y en el cine americano en general, que cristalizaron en una época mucho más interesante, y que hicieron saltar por los aires la concepción del cine como narradora de aventuras y como soporte existencialista.

Los profesionales es una buena y noble aventura, con cuatro compañeros que no se conocen, salvo los interpretados por Burt Lancaster y Lee Marvin, contratados por un rico empresario que quiere recuperar a su bella mujer, interpretada por Claudia Cardinale y secuestrada por un supuestamente malvado revolucionario mexicano, al que da vida Jack Palance. Grupo Salvaje es un filme mítico, que narra las últimas aventuras (algunos dirían otoñales) de cuatro forajidos que se conocen muy bien desde hace años, y que saben que les ha llegado el ocaso cuando no tienen más remedio que largarse a México, en plena revolución, para ganar dinero sirviendo al mejor postor. Mientras la primera está filmada con esa sobriedad y academicismo que algunos llaman clasicismo, la segunda está filmada con una pasión y un tremendismo que le dejan a uno literalmente sin palabras. El solapado romanticismo, la búsqueda de un ideal que parecía perdido pero que quizá goce de una última oportunidad de redención, de Los profesionales, choca frontalmente con el nihilismo descarnado, la desesperanza final de los integrantes del Grupo Salvaje, para quienes la redención es ya imposible, y que sólo aspiran a salvar, en un aterrador apocalipsis, al quinto y recién llegado compañero, aún a costa de la propia vida.

En muchas de las grandes aventuras y ‘westerns’ de la historia del cine, el sentimiento de grupo, la emoción del compañerismo y la amistad, es esencial. En estas dos no es una excepción. Los aguerridos compañeros de Los profesionales, liderados por el personaje de Lee Marvin, irán conociéndose poco a poco e irán dándose a conocer al espectador. Sus ideas sobre la vida, el amor, las mujeres, el dinero, y la revolución. Sobre todo, la revolución, que será un tema del que hablarán mucho y con conocimiento, porque dos de ellos estuvieron en muchas batallas perdidas, y vieron morir a muchos compañeros, para luego darse cuenta de que no merece la pena luchar para que luego los políticos y los arribistas se conviertan en aves de rapiña de las ilusiones de un pueblo liberado. Pero aún tienen fuerzas para luchar y para creer en causas perdidas. Así será cuando encuentren a Raza, que no por casualidad fue uno de ellos, y que comparte con los personajes de Lee Marvin y Burt Lancaster una búsqueda de libertad personal y colectiva que, desgraciadamente, está reñida con los intereses de los poderosos del mundo. Sin embargo, falta profundidad, realismo, en todo eso, comparándolo con la fuerza expresiva que significa el paso del tiempo, la traición de los viejos camaradas, el odio-admiración de unos compañeros por otros en la película de Peckinpah.

Lo que quiero decir con todo esto es que el cine académico no puede competir, nunca ha podido hacerlo, con el cine de autor de cualquier época. Porque los caracteres, las identidades y recovecos de los personajes son mucho más importantes que la película en sí, y Grupo Salvaje es una película de autor en la que Peckinpah, en su plenitud, da una visión personalísima del mundo y de la vida, y enfrenta a sus personajes a la atroz sospecha de que todo significa nada, y que sólo el respeto por el compañero que va a morir otorga un mínimo de dignidad en un mundo en el que hasta los niños pueden ser asesinos.

Un imperial William Holden, ya maduro pero impresionante, lidera al grupo en el que los personajes de Ernest Borgnine, Warren Oates y Ben Johnson, cada uno de ellos con una vida, una pasión y una actitud frente a la vida completamente diferenciada y emocionante, le siguen hasta el fin del mundo, de su mundo, literal y metafóricamente. No existen la moral ni los ideales. El pasado no es un bello recuerdo sino una sombra trágica que les persigue a todos y que acabará con ellos. Sólo vale la pena vivir el ahora. Sólo merece un esfuerzo una última carcajada, un último trago o un último polvo. Y cuando ni siquiera eso les salva del vacío que les destruye, caminan decididos a enfrentarse al demonio y sus huestes, dispuestos a inmolarse por una amistad perdida, por el único compañero que realmente vale algo. Porque son una panda de forajidos detestables, un hatajo de hijos de puta machistas, violentos, alcohólicos, ya avejentados, que por una vez va a intentar hacer algo bueno por alguien.

Y todo esto, en ambas películas, con México en el alma.

Nunca estuve en ese país, ¿y quién sabe si podré conocerlo algún día?, pero es innegable la fuerza irresistible que proyecta en el cine, de todos los tipos y cinematografías. Como un paraíso perdido, como una frontera hacia la libertad absoluta, y quizá también hacia la muerte, México es en Los profesionales y en Grupo salvaje algo así como el retorno a un territorio sin ley pero también sin dolor, en el que volver a creer y a ser niños, y a enamorarse, y a creer en unos mismos. La increíble luz y los abigarrados parajes mexicanos se transmutan en territorio casi soñado, y su música y calidez humana en la promesa del eterno retorno a un hogar. La memorable despedida del poblado a los aventureros, al son de La golondrina, compuesta en 1867 por Narciso Serradell Sevilla, da el tono lírico perfecto a Grupo Salvaje, mientras que en Los profesionales, con la excelente fotografía de Conrad L. Hall (excelente para la época, entendámonos), aunque consigue que nos creamos que estamos en México, en comparación no es capaz de comprender la belleza y la tragedia de esa gente y de esa cultura. Porque Peckinpah era un poeta, y Richard Brooks, simplemente un buen artesano filmando un encargo.

Veo Los profesionales y me lo paso en grande. Veo Grupo Salvaje y me emociono, y lloro, y me río, y me siento lleno de ira y de vacío. Hay una gran diferencia.

 

Burt Lancaster, Lee Marvin, Robert Ryan, Jack Palance, Claudia Cardinale, Ralph Bellamy, Woody Strode, Joe De Santis, Rafael Bertrand, Jorge Martínez de Hoyos, Marie Gómez

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

1 comentario

  • Responder abril 4, 2015

    Ramón Álvarez

    Pues yo me emociono casi lo mismo con la una que con la otra. Hay auténticos momentazos y pedazos de diálogos en ‘Los profesionales’, como esa definición de la mujer que interpreta la Cardinale (“una de esas mujeres que convierten a los niños en hombres y a los hombres en niños”) o la comparación que hace Palance entre la revolución y la más bella historia de amor, que hacen que esté, como mínimo, solo un peldaño por debajo de la de Peckinpah.

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