‘El francotirador’, Eastwood bajo mínimos

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Bradley Cooper, Sienna Miller, Luke Grimes, Jake McDorman, Kyle Gallner, Keir O'Donnell, Eric Close, Sam Jaeger, Owain Yeoman, Brian Hallisay, Marnette Patterson, Cory Hardrict, Joel Lambert, Eric Ladin, Madeleine McGraw

Estoy un poco cansado ya del tema Eastwood. Es un caso paradigmático en el cine actual: vaca sagrada, intocable, defendida a muerte por su legión de admiradores, incapaces de aceptar que el cineasta puede equivocarse como cualquier otro, y que esto no significa que su legendaria carrera vea mermados su alcance e importancia artísticas. Pero basta que alguien señale las deficiencias (en este caso todavía más graves que en sus anteriores cuatro títulos) de su nuevo trabajo para que se te lancen al cuello, porque, claro, tu único interés es atacarle sin piedad, sin saber muy bien cuál puede ser el motivo personal de ello.

He sido, sin embargo, admirador de Clint Eastwood desde la infancia. Me fascinaban sus personajes de pistolero falsamente heroico, y en el fondo terriblemente cínico y amoral. Su icónica estampa, su irresistible carisma, eran arrolladores desde las películas de Leone. Y luego, cuando empecé a ver sus películas como director, encontré a un cineasta de gran talento, sobrio y contundente, maestro en la dirección de actores (cuando quiere, que no es siempre…), y que prolongaba en esa faceta lo que ya había sembrado tímidamente como actor. Pero hay que tener algo muy en cuenta: Eastwood no es autor ni coautor de sus guiones, ni siquiera es el autor de los proyectos. Él es, simplemente, y me parece muy defendible, un director de encargo, un mercenario a la búsqueda del guion que más pueda interesarle o que mejor le sepan vender, y a continuación ofrece a ese guion su oficio y talento. Esta forma de trabajar es altamente peligrosa porque, si el proyecto o el guion es tuyo, si te equivocas y la película queda fallida, al menos puedes intentar inocular a ese proyecto, a esa historia, tu visión del mundo, y tendrá un valor dentro de tu carrera. Pero si, además de equivocarte, lo haces vendido a un proyecto que nada tiene que ver con lo que se supone que es tu forma de entender el mundo y el cine, te mereces todos los palos que puedan caerte.

El que no entienda ni valore lo suficiente la diferencia entre ser un mero director de encargo y un director-autor, a mi parecer, tendrá grandes deficiencias a la hora de valorar el acabado final de una película.

Yo soy muy exigente. Si leo en el cartel de El francotirador que es una obra maestra, supongo que es posible que sea una obra maestra. Pero si la voy a ver y me parece una película mediocre, me pregunto entonces qué es lo que está pasando, y cómo alguien puede ver en una película tan mal escrita, interpretada con tanta desgana y dirigida de manera funcionarial por Eastwood, una obra maestra. En ese caso, y sin salirnos del cine bélico, ¿qué pensará el que opinó tal cosa de otros títulos como Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) o La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998). O, sin salirnos del cine de Eastwood, ¿qué pensarán de la magnífica Mystic River (2003) o de la insuperable Sin perdón (1992)? No es que a Eastwood se le exija mucho, es que se le exige poco. Basta ver su nombre en el cartel de una nueva película y las valoraciones exageradas empiezan a proliferar, y se le otorga un mérito enorme por hacer un bélico tan complejo a sus ochenta y tantos años de edad. Pero si esta película la hubiera dirigido cualquier otro, no habría tenido tanto impacto mediático, tanta repercusión en taquilla, ni la hubieran nominado al Oscar a la Mejor Película.

Cuenta la historia real del que, dicen, es el francotirador más letal en la historia del Ejército de Estados Unidos, un tal Chris Kyle, que sirvió en la guerra de Irak. Y narra sus hazañas bélicas y sus problemas familiares. Bien. Sobre el papel, la historia no llama la atención, salvo por el hecho de volver a presenciar proezas militares, o porque sea otro acercamiento a esa guerra. Y se esperaría del gran Eastwood que supiera interiorizar el punto de vista de este sujeto, que expusiera la doble moral o, por lo menos, la ambigüedad de los soldados, de la guerra, de los intereses económicos que llevan a un país a enviar a sus jóvenes a morir. Lo que sea. Lo que no me podía esperar, yo por lo menos, es asistir a un delirio patriotero tan absolutamente deleznable, hecho para mayor gloria del Ejército norteamericano, invasor y genocida, a partir de un guion tan lamentable, en el que no hay ni un solo diálogo, ni una sola idea ni una sola secuencia notable, y que Eastwood se encarga de aplanar todavía más con una puesta en escena gris, sin fuerza, sin verdadera emoción (¿dónde está el director que en el descubrimiento del cadáver de Mystic River nos conmocionaba?; desaparecido), sin personajes ni caracteres salvo el principal, ya que el resto son meras sombras sin entidad, con la única salvedad de la esposa interpretada por Sienna Miller con convicción, o del francotirador adversario, que acaba siendo totalmente desaprovechado.

Dirán algunos que, a fin de cuentas, Eastwood se limita a contar una historia, no a ensalzar nada ni a nadie. Esto es absolutamente falso. Un director, y menos aún uno tan importante, nunca es un elemento pasivo. Esta película está hecha con el objetivo de convertir a este personaje en un héroe, con aristas, pero héroe al fin y al cabo. Pero un verdadero cineasta tiene la obligación estética de comprender y observar todas las partes. Una preferencia ideológica es imperdonable en el arte moderno, y aquí existe. Si Eastwood prefiriese no pronunciarse como artista ante el genocidio de Irak (uno de los países irónicamente más laicos, según su Constitución, y mejor estructurados de Oriente Próximo, con los mejores hospitales y las mejores universidades, por supuesto lastrado por la dictadura de Sadam Hussein, pero ahora destruido porque Estados Unidos quiso imponerle por las malas la democracia mientras se lleva su petróleo) es lo mismo que si se pronunciase a su favor. En este mundo, el que no quiere dar una opinión, la está dando. El que vota en blanco o no vota es igual de partícipe del desastre que el que apoya a los que masacran derechos civiles. Y el que decide dirigir una película sobre un francotirador que no es más que un memo de Texas que quiere creer que así protege a su familia lo hace por una buena razón, por sus propias razones.

Pero ya lleva varios años y varias películas mosqueando mucho Eastwood con sus decisiones. Sin ir más lejos, la aburridísima (y El francotirador también aburre mucho en algunos tramos, y se hace larguísima) J. Edgar (2012), dedicada a ensalzar, sin apenas ambigüedades morales, la figura de un déspota fascistoide. Y lleva unas cuantas películas dirigiendo sin riesgo, y desaprovechando actores. Bradley Cooper está contenido y bastante metido en el personaje, pero no da la sensación de un trabajo detrás tan importante como el de Michael Keaton en Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014). No hay verdad en su personaje, y lo que es peor, no nos importa. No interesan los desvelos de un asesino que mata niños porque su oficio se lo dicta. Y en todo caso, esos desvelos están muy mal contados. No llegamos a saber quién es Chris Kyle más que en la superficie. La adicción a la guerra se ha contado muchas veces anteriormente y de forma más contundente que aquí, y sus lógicos conflictos familiares no los vemos sino de pasada. El escalpelo de Eastwood parece haberse vuelto romo, incapaz de emocionar.

Me dijo alguien una vez (un tipo que era un mequetrefe, por cierto, y un sinvergüenza declarado) que la carrera de Eastwood era la más importante de la historia del cine. Semejante disparate (propio de una mente subdesarrollada, es decir, infantil), indefendible por mucho que te guste un cineasta, estoy seguro de que lo suscribirían muchos de los que han ido a ver El francotirador y han aplaudido al final de la sesión, aunque el cineasta tenga la desfachatez y la desvergüenza de poner en los créditos finales las imágenes reales del funeral y la despedida de la sociedad americana de tan discutible héroe. Eastwood tiene una sola gran obra maestra, que es Sin perdón, y lo es porque, para empezar, el guion es insuperable. Porque hay personajes con entidad, encarnados a la perfección por un grupo de actores guiados magistralmente por este gran cineasta, porque hay docenas de secuencias, ideas, cristalizadas con gran talento por un genio del cine, porque hay una visión terrible del mundo y del ser humano por parte de un artista en horas bajas, que no me sorprendería que se pusiera a presidir, ahora que ha muerto Charlton Heston, la Asociación Nacional del Rifle. ¿Qué les pasa a algunas leyendas que se vuelven tarumbas en su senectud?

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

4 comentarios

  • Responder febrero 27, 2015

    Raúl

    Ni a Boyero le ha gustado, así que ya tiene que ser mala. Y muy de acuerdo con lo de ‘Unforgiven’. David Webb Peoples es un guionista de genio (¿de ‘Blade Runner’ salvarías su trabajo?).

    Esperemos que Eastwood tenga una última bala en la recámara. Tipos como Malick o Lynch pueden empezar a dirigir películas malas de aquí a que la palmen, pero al menos, como bien dices, son suyas y de nadie más.

    Saludos.

  • […] Dios de los cristianos, el racismo contra otras culturas… Más ejemplos: Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004) es una noble y emotiva película, pero ahí la protagonista es intachable (trabajadora, […]

  • […] estado a punto de hacer una comparativa sobre las carreras de Clint Eastwood (el, no se sabe muy bien por qué, proclamado último director clásico, casi el mejor director […]

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