Buenas y malas películas

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Jim Carrey, Cameron Díaz

Cuanto más se aprende sobre una disciplina artística en particular, menos se aceptan los lugares comunes. Me he pasado media vida escuchando los mismos conceptos y las mismas ideas, y creo que obedecen a una penosa holgazanería intelectual. Me refiero a esas conversaciones pseudocinéfilas en las que los interlocutores se refieren a buenas o malas películas y, sobre todo, a las razones que según ellos argumentan que una película sea buena o mala.

Todo tiene que ver con lo que uno espere encontrar. Con la propia exigencia.

Por supuesto que el espectador sin preparación tiene todo el derecho a calificar una película como “buena” o “mala”, pero quizá los que sí conocen el cine y están más cualificados deberían aportar algo más. Este verdadero debate teórico está prácticamente desterrado de cualquier tertulia, programa radiofónico o televisivo sobre el tema, volumen dedicado a un director o revista especializada, y no digamos de blogs o foros (sitios donde el fanatismo campa a sus anchas). Basta que alguien intente añadir alguna idea algo más profunda o elaborada para que le tachen de “gafapasta”, “listillo” o cosas por el estilo. Pero esos que van más allá de “esta película es mala”, o de “qué gran historia”, son los únicos que intentan desentrañar qué diablos significa esto de filmar películas y elaborar un arte tan complejo como el cine.

Es desalentador comprobar que individuos que se las dan de expertos, en cada cosa que escriben o que dicen, están terriblemente condicionados por una idea del cine clásico por completo desfasada, y que sustentan sus ideas sobre lo que debe ser el cine en base a ese concepto tan manido y engañoso. Más desalentadores aún son los puristas para los que cualquier tipo de cine comercial resulta deplorable, y a los que solamente les interesa un tipo de cine muy determinado y muy radical. Para mí, que no pretendo ser un experto ni mucho menos, una obra de arte (valiosa o deleznable) debe juzgarse y experimentarse comparándola con ella misma y teniendo claro lo que significa en su contexto social y estético. Es decir, que un crítico, o ensayista, está casi obligado a un eclecticismo a la hora de establecer sus ideas. Es más, está condenado a ello.

Así, debe saber apreciar obras de muy distinto calado y forma. Películas ambiciosas en lo estético pero quizá también aventuras de zombis que consiguen exactamente lo que quieren. Lo que importa no es el qué, sino el cómo, y esto es así en todos los ámbitos de la vida, muy especialmente en el arte, que intenta crear otra vida, más verdadera que la real. Quizá filmar una perfecta película de zombis es más complicado que contar de manera académica la vida de un pintor, y lo es porque a lo mejor el director se ha planteado retos y formas mucho más importantes y complejas. Me explico:

El grueso de espectadores, sean cualificados o no, quieren una historia que esté contada de la forma más simple y directa posible. Que la historia sea buena o interesante, original pero también universal. Que se pueda identificar con los personajes, que sepa identificar la ficción y la manera de construirla sin sentirse demasiado descolocado. Que la puesta en escena sea clara y expositiva, racional y lógica. Que todo responda, en definitiva, a una serie de cánones reconocibles. Que el conjunto final le emocione y le divierta. Quizá que sea un relato triste pero que se disfrute visual y sonoramente. Así, otros conceptos o rasgos que para mí son definitorios del gran cine pasan desapercibidos para ellos. Un gran director, por tanto, es el que cuenta grandes historias y construye imágenes impactantes e icónicas. Para mí es otra cosa.

Para mí la historia y las imágenes son lo de menos, aunque algunas historias y algunas imágenes me parezcan maravillosas o terribles. Lo crucial es el punto de vista. Para Oscar Wilde, el arte es la forma de individualismo más grande que el mundo ha conocido. Y lo es por la mirada y las intenciones del que hace arte. Por lo que pretende y lo que consigue. Existen historias no demasiado interesantes que por la mirada del director se convierten en algo especial. Y detrás de imágenes en apariencia toscas o simples hay un mundo y una vida muy difíciles de describir, que elevan esas imágenes y las hacen volar. El academicismo, mal llamado clasicismo, que, en mi opinión, tanto daño ha hecho al desarrollo del cine como arte, rara vez puede ofrecer algo de esto por su propia naturaleza.

Pero me enrollo.

Una gran película se caracteriza, no por una gran historia, sino por la forma de hacerla. Que tenga grandes secuencias, grandes personajes, grandes hallazgos formales. Que todos los elementos de la película tengan una intención, un rigor. Una necesidad. Que los cortes de montaje, todos ellos, ya sean doscientos o mil quinientos, sean por algo. Y ese algo tiene que estar en sintonía con los planos y el sonido. Y esa melodía tiene que engarzarse con la caracterización de los actores, y esos personajes son los verdaderos instrumentos sinfónicos de lo que el director trata de inducir en el espectador. Puede sonar todo esto muy rebuscado y hasta pedante, pero es la realidad. Vale más una película con dos o tres secuencias portentosas y el resto regular que una película con una gran historia sin una sola secuencia notable. Porque vale mucho más la experiencia de ver algo extraordinario que recordar más adelante la globalidad. Lo que importan son los detalles, las pequeñas cosas. Esa mirada que ya define a un personaje que ya no hace falta que abra la boca para explicar quién es. Vale mucho más un plano de cinco minutos de duración que una obra construida a base de montaje, porque el ritmo no existe gracias al montaje, sino a pesar de él, parafraseando a Tarkovski.

No es cuestión de ser demasiado elitista, sino demasiado poco. Y cuando uno ha visto muchas maravillas, el paladar se le rebela.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

4 comentarios

  • Responder enero 6, 2015

    Guille404

    Me interesa tanto lo que expones en este tema que casi que me apena que lo hagas de una manera tan concisa. En cualquier caso, si algo consigues en los lectores que te llevamos tiempo leyendo, es que nos acerquemos al cine desde muchos otro puntos de vista, que a su vez se van diferenciando poco a poco de los que tú expones. Y eso es impagable.

  • Responder enero 6, 2015

    predicador

    Qué gran película La Máscara, por cierto, Chuck Russell no hizo nunca nada tan bueno, ni antes ni después. Ni esa parodia de actriz, Cameron Díaz, estuvo nunca tan bella y atractiva.

  • Responder enero 10, 2015

    Pau

    Que alegría ver que tu nuevo artículo trata de este tema ya que he pensado muchas veces en ello. Y creo que no hay un ideal colectivo entre los críticos de cine sobre lo que define una buena película. Hay críticos que escriben sobre cine sin antes haberse preguntado que hace que una película sea buena y eso los lleva a tener un criterio incoherente y ,a veces, no saber realmente por qué tienen una opinión sobre una película. Muchos críticos sólo se limitan a enumerar y valorar los apartados técnicos sin hablar de las emociones que provoca o el valor artístico de la película.
    Coincido contigo en que una buena película es aquella que no solo te entretiene, te hace pensar o busca conmocionarte sino que busca nuevas vías para generarte estas sensaciones, crea un nuevo lenguaje. Este nuevo lenguaje, pero, no puede ser cualquier cosa sino que debe ser coherente con la historia y con el objetivo final de la obra. Si se consigue mantener este estilo durante todo el metraje, la película se convierte en una obra maestra.
    Se agradecen estos artículos con intención didáctica para los que queremos, en un futuro, poder analizar el cine con criterio y experiencia, y a través de los pequeños pedacitos de verdad que hay en las películas intentar entender el mundo.

  • Responder enero 11, 2015

    Casimiro

    Tan solo quería decir que te sigo desde hace muchos años ya, en tu etapa bdc, y pese a no compartir todas tus filias y fobias (¡faltaría más!), puedo decir y agradecerte que han sido tus artículos los que más me han ayudado a formarme una idea reflexiva de este arte. Y te debo la devoción por Lynch o Tarkovski. Supongo que entenderás lo agradecido que estoy.

    Sobre el cineasta de Montana, yo también pienso que el 90% de lo que se dice de él son disparates. No solo no es lo críptico que dicen algunos, sino que, además de acercarse al personaje femenino desde una óptica muy poco tratada en su país (y por tanto valiosa), lo laberíntico de su propuesta siempre se adecua al mensaje; jamás se usa de manera arbitraria, o para “que nadie le entienda y hacerse el listo de la clase”. Tan solo hay que tener sensibilidad, o darle un poco al coco. El problema es que que la sociedad trate a Lynch de incomprensible dice mucho de ella, y nada bueno (de su utilitarismo, de su impaciencia, de sus prejuicios, de su insensibilidad, de su cabezonería…). Todo atributos que se oponen al arte en su máxima expresión.

    Un saludo, Adrián.

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