Hopkins

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anthony hopkins

Existe cierta raza de actores que son algo más, mucho más, que intérpretes. Son iconos, leyendas, creadores. Su trabajo perdurará, probablemente, durante décadas, como ejemplo de perfección y de belleza en el arte que han elegido engrandecer. Y no me cabe duda de que Anthony Hopkins es de esa raza de actores.

Nacido hace setenta y siete años en Margam, este galés de voz cultivada y aspecto flemático comparte con los grandes actores británicos de todos los tiempos una férrea formación teatral, un dominio absoluto de su cuerpo, una capacidad para la transformación interior y esa serenidad e imperturbabilidad propias de otros grandes como John Gielgud, Michael Caine, Laurence Olivier, Daniel Day-Lewis, Ben Kingsley, Richard Burton, Charles Laughton o Alec Guinness, que sin embargo no se ve reñida con una explosión exterior de violencia o de ira verdaderamente indescriptible. Como un torrente aprisionado en el interior que en determinada secuencia por fin estalla en una emoción de lágrimas o sangre, y que desmiente tanta serenidad o tanta elegancia aparente.

Porque, admitámoslo, para cierto tipo de cine o teatro, el mayoritario, los actores anglosajones siempre han sido los mejores, y continúan siendo los mejores. La riquísima tradición teatral británica es un factor decisivo en eso, pero también la capacidad que han tenido los buenos actores ingleses de adaptarse a cualquier género narrativo, y de apropiarse de los resortes íntimos de casi cualquier personaje. Y en ese sentido, la trayectoria de Anthony Hopkins es crucial para entender hasta dónde pueden llegar los actores británicos. Han nacido para hacer teatro y cine, para inventarse otras experiencias y vivir a través de ellas con una naturalidad pasmosa. Los actores españoles, que durante décadas gozaron de excelentes secundarios, deberían aprender todo lo posible sobre la dicción, la intuición para ponerse frente a una cámara, la comprensión de un guion de los actores anglosajones.

La carrera de Hopkins es ciertamente irregular. Cuentan que tuvo magistrales interpretaciones teatrales, y otras deleznables. En el cine, tardó mucho en conseguir la grandeza. Comenzó con la imponente El león en invierno (The Lion in Winter, Anthony Harvey, 1968), y a una serie de títulos que ya nadie recuerda siguió la famosa Las dos vidas de Audrey Rose (Audrey Rose, Robert Wise, 1977), que tampoco aportaba nada a su carrera. Su primer papel importante fue en la bellísima El hombre elefante (The Elephant Man, David Lynch, 1980), en la que sabía inocular a su Dr. Treves una humanidad maravillosa y nada simple. Pero los años ochenta fueron mediocres para él, pues en ningún momento pudo conseguir papeles con los que hacer crecer su estela. Todo cambió, por supuesto, cuando llegó El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991).

Hay cuatro grandes interpretaciones que cimentan su grandeza como actor. Su increíble Hannibal Lecter de El silencio de los corderos, su Mr. Stevens de Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993), el Van Helsing de Bram Stoker’s Dracula (Francis Ford Coppola, 1992) y el Jack Lewis de Tierras de penumbra (Shadowlands, Richard Attemborough, 1993). Cuatro papeles que ven la luz en apenas tres años, y en los que ofrece todo un recital de versatilidad y toda la riqueza y capacidad de su registro.

Nada fácil resulta interpretar a un buen hombre, un hombre compasivo y sensible, encerrado en la mente de un loco despiadado, de un asesino diabólico como el doctor Lecter. Tampoco contar un enamoramiento progresivo, y una pérdida terrible posterior, de forma pocas veces vista, interiorizándolo de manera tan emocionante para su Jack Lewis. Tuvo que ser un trabajo minucioso de gestos, réplicas, miradas, sutiles sugerencias, pero sobre todo contención a punto de desmoronarse, en su mayordomo Stevens. Y pocos actores dominan la sobreactuación de tal manera que resulte creíble como en su Van Helsing. Es un talento, no ya miguelangelesco, como el de Day-Lewis, sino aterrador, porque detrás de sus calmados ojos azules y de su gesto de inglés tradicional se esconde el terror, las lágrimas que caen a fuego, la humanidad que fluye a borbotones. Es como observar a un ángel caído capaz de atrocidades, de un dolor inmenso, de una aventura sin límites… sin perder jamás la compostura.

Lástima que poco más haya en su carrera, salvo interpretar a Odín o participar en producciones comerciales sin el menor interés. Pero basta con el talento nombrado para ponerle entre los más grandes de su tiempo, sin duda.

Adrián Massanet

Agitador del diario, anarquista, insurrecto, subversivo y aprendiz de bohemio. Puedes leerme en Twitter si acepto tu petición.

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