Titanes

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Grecia, Roma, comedias, tragedias, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Plauto

El auditorio está abarrotado. Algunos espectadores han llegado a aguardar media hora de cola para comprar las entradas. Hace frío. Son las ocho de la noche. De un viernes, víspera de carnaval. No importa.

No es un concierto de música electrónica. Ni una exhibición de Paquirrín pinchando discos. Tampoco han invitado a ningún orangután de Gran Hermano VIP. No van a presentar Cincuenta sombras de Jesulín. Todo lo contrario: los que actúan son un grupo de estudiantes de instituto. Hacen teatro. Una tragedia. ¡Una tragedia griega! De Sófocles, un autor que lleva muerto más de dos mil quinientos años. Antígona.

Los imberbes actores están nerviosos: traviesos faunos hacen cabriolas en su estómago y sienten cierta desazón, mezclada con enormes dosis de ilusión. Esas emociones sólo las habían experimentado hasta ahora las noches de Reyes y al cruzarse con esa persona especial que les hacía tilín. Pero hoy es diferente. Es… la magia del teatro: un dulciamargo veneno.

Entre el público, tus familiares, amigos y compañeros de clase, tus profesores. Y decenas de desconocidos. Eso es lo que te impone más respeto. Sabes que tu abuela, que ha pisado un teatro por primera vez en su vida, va a estar contigo durante toda la representación. Que te dirá que lo has hecho como los ángeles. Que alabará tu parlamento, tu hermosa apostura. Pero los otros… Los otros, incluido alguno de tus compañeros, ésos son más difíciles de conquistar. Temes quedarte en blanco en mitad de la función. Que un yerro tuyo levante una carcajada en el patio de butacas y  haga estallar toda la tensión dramática.

Una orquesta, también de estudiantes, dirigida por su profesora de Música, acompaña a los actores. Tal y como sucedía en la Atenas clásica, donde, por primera vez, los mortales sintieron la necesidad de comunicarse con los dioses a través del teatro. Se nota que quien dirige el espectáculo, mi amigo Paco Pérez-Cartagena, sabe lo que hace.

Un lucido decorado, confeccionado por profesores y alumnos del Departamento de Plástica, orna el lado diestro del escenario. Representa las puertas del palacio real de Tebas, desde donde el tirano Creonte asistirá al castigo divino por haber cedido a la ‘hybris’, la soberbia inhumana.

Antes siquiera de empezar la función, me es imposible dejar de valorar en su justa medida la descomunal labor que Paco y sus compañeros han debido desarrollar para que el espectáculo pueda ser alumbrado: estudio minucioso y adaptación del texto sofocleo, pruebas para elegir actores y configurar un reparto solvente, interminables horas de ensayos con protagonistas y coro, escritura de partituras y búsqueda de los mejores pasajes para ser musicados, nuevos ensayos, ahora, con los músicos, supervisión de la realización de decorados, selección de vestuario… Una labor más propia de titanes que de meros profesores de instituto.

Llevo casi treinta años vinculado a la representación escénica escolar. Veinticinco de ellos como profesor. Ergo, puedo decir con conocimiento de causa que hacer teatro con mis alumnos ha sido de lo mejor que me he encontrado a lo largo de mi carrera. Que haber actuado en mi adolescencia, bajo la entrañable dirección de mis profesoras Mariví (que los dioses me arrebataron con saña antes de poder agradecerle sus enseñanzas) y Adela, marcó mi experiencia vital y me fue de gran ayuda en los momentos cruciales.

Es emocionante reencontrarme, gracias al milagro de las redes sociales, con mis antiguos actores veinte años después y que aún se acuerden de pasajes de las obras que escribí para ellos. Que te digan que esa experiencia les señaló. Que alguno, incluso, haya optado por abrirse camino en el proceloso mar del teatro profesional. No tiene precio.

Con la llegada de los vencejos, en primavera, se produce un milagro por campos y ciudades de la península ibérica. Decenas de coliseos se llenan de jóvenes espectadores que acuden a libar la representación de una tragedia o una comedia grecolatina. Lugares mágicos como los espacios romanos de Mérida, Itálica, Segóbriga o Baelo Claudia son invadidos por hordas de adolescentes que acuden a reír con Aristófanes o Plauto, o a estremecerse con los inmortales dilemas pergeñados por Eurípides, Sófocles o Esquilo. Dos mil años después de su construcción, esos entornos vuelven a cobrar vida y a cumplir la función que sus constructores primigenios les dieron: conmover al espectador.

El milagro acontece gracias a los festivales de teatro grecolatino. Entre otros, la semilla la plantó en los años noventa Aurelio Bermejo, profesor de Latín y alma máter del festival que empezó a gestarse con la intención de recuperar el edificio escénico romano de la ciudad de Segóbriga, en la provincia de Cuenca. A él se le unió el Instituto de Teatro Grecolatino de Segóbriga, que fue extendiendo esta experiencia por otras sedes: Cartagena (donde el inolvidable Ricardo Alarcón invitó a mis Thaliae Catuli a estrenar El juicio de Paris en 1996), Mérida, Madrid y un largo etcétera. El testigo lo tomó la asociación Prósopon y el instituto CRETA. Hoy en día, rara es la provincia donde no se celebre esta fiesta en honor a nuestros ancestros, habiendo contagiado, además, a nuestros hermanos lusitanos.

A estela de este fenómeno, simples profesores de Latín o Griego, que no se conformaban con ser meros docentes sino que querían convertirse en maestros para sus alumnos, se formaron en sus tiempos de ocio como directores, acudiendo muchos a Grecia a beber de las fuentes escénicas. Compatibilizaron su tarea pedagógica con su nueva vocación, robándole tiempo al sueño, a las vacaciones. En una labor callada, constante, sacrificada hasta extremos impensables para los no iniciados.

Casi legendarios son ya José Luis Navarro, faro para los amantes del mundo clásico, y Gemma López, con sus grupos Helios y Selene Teatro. Emilio Flor y sus Balbo gaditanos. Roberto Campos y Miguel Navarro con su Komos valenciano. Pep Luque y sus sevillanos In Albis. O los tristemente desparecidos, por jubilación o hartazgo de sus directores, Sardiña Teatro, Calatalifa o Thiasos.

Todos ellos, a los que se unen, aún balbuceantes pero con un futuro lleno de promesas, mis queridos Engracia Robles con sus Caligae yeclanos y Paco Pérez con su Basílica de Algezares, y obran el prodigio de demostrar a quien tenga el alma abierta que los clásicos aún tienen muchas lecciones que compartir con nosotros. Que los versos de Esquilo, los coros de Sófocles, las mujeres de Eurípides, las chanzas de Aristófanes, Plauto o Terencio son y han de ser eternos. Todos estos directores se han convertido en los nuevos aedos, los vates que se convierten en intermediarios entre los dioses, los cuales nos hablan a través de los dramaturgos, y los espectadores. Ni más ni menos.

Y estos maestros lo hacen ‘ars gratia artis’: por simple amor al arte. Como diría Lope de Vega, otro que de teatro sabía un rato: “Esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Son los nuevos titanes.

 

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