Huertaween

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Día de Difuntos, Todos los Santos, Bando de la Huerta, Murcia

Que vivimos en un mundo globalizado no lo duda nadie. Que la globalización sea del todo positiva, eso sí que lo cuestiono. Que sucumbir a ella signifique renunciar a tu cultura, abjuro de ello.

Estupefacto, asisto a cómo una costumbre totalmente ajena al mundo mediterráneo, en el que, hasta no ha mucho, se desenvolvía el españolito de a pie, se ha introducido en el día a día común, desplazando a otras que, se supone, estaban arraigadas en nuestros genes. Me estoy refiriendo a ese engendro pseudonorteamericano del Halloween del carajo. Éste puede tener todo su sentido en el ámbito anglosajón, donde nació para rememorar el Samhain, con el que los celtas celebraban el fin del verano y el comienzo de la estación oscura. Festival que fue cristianizado por los primeros misioneros católicos en el siglo VIII y destinado a recordar en esas mismas fechas a todos los santos y difuntos.

De Gran Bretaña e Irlanda dio el salto a los Estados Unidos, Canadá y Australia, acompañando el alma de quienes se vieron obligados a emigrar huyendo de hambrunas y miseria. Esto lo hizo en el siglo XIX, pero hasta la segunda década del XX no comenzó a ser celebrado masivamente, en especial en Estados Unidos y Canadá.

Sin embargo, el cine fue el culpable de su globalización a partir de la década de los setenta del siglo pasado, convirtiéndose en pionera la película Halloween, de John Carpenter, un subproducto de terror.

Desde entonces, lenta pero inexorablemente, tal plaga se ha ido extendiendo a lo largo de todo el orbe, sobre todo occidental. Así, desde una década hacia aquí, las tiendas de disfraces y bazares se llenan de trajes y complementos “monstruosos”. Centenares de jóvenes, niños y no tan niños, se visten de fantoches y se reúnen en jolgorios más o menos alcohólicos, según la edad de cada cual. Colegios, institutos o lugares de ocio de toda condición se ensucian con telarañas y objetos, presuntamente terroríficos, compitiendo entre ellos en horteradas. Padres que, hasta su paternidad, presumían de tener carácter propio y no dejarse arrastrar por las modas, se ven forzados por la supuesta presión social a vestir a sus criaturas, algunas de meses, de brujas o diablillos y llevarlos a fiestas a casa de sus amiguitos.

Entre tanto, festividades que han venido acompañando al hombre mediterráneo desde hace al menos dos milenios se ven postergadas por la moda bárbara y recluidas en un sector de población de edad avanzada. Con lo que irán muriendo conforme lo vayan haciendo nuestros mayores.

En tiempos romanos, entre los días 13 y 21 de febrero, se celebraban las Parentalia, en las que se honraba a los difuntos y se intentaba aplacar sus espíritus para que no perturbaran la paz de los que habitaban en el hogar familiar. El día 21 tenía lugar la fiesta de las Feralia, cuando los familiares visitaban las tumbas  de sus ancestros y dejaban coronas de flores, sal, pan empapado en vino puro y leche: “Hasta su propio honor tienen las tumbas. Sosegad las almas de los padres y obsequiad con pequeños regalos  a las piras extintas. Los dioses Manes exigen cosas pequeñas; reconocen el amor de los hijos en vez de regalos lujosos. Basta con una teja adornada con guirnaldas, unos cereales desparramados, un poco de sal, trigo empapado en vino y violetas sueltas. Pon estas cosas en una vasija y déjalas en medio del camino (…).  Ahora andan vagando las almas sutiles y los cuerpos enterrados en los sepulcros; ahora se alimentan las sombras con la comida proporcionada…”, escribió Ovidio en Fastos.

La celebración culminaba el día 22, en el que se reunían todos los miembros vivos de la familia para celebrar un banquete y se intentaban olvidar disputas y rencores. Incluso se hacían regalos y se intercambiaban promesas de buena fe. A los recientemente fallecidos en el seno familiar se les reservaban asientos en los ‘triclinia’ y se les servían sus alimentos favoritos.

Con la llegada del cristianismo, lo único que se hizo fue cristianizar estos ancestrales ritos y, en torno al año 1000, se trasladaron dichas conmemoraciones a las actuales calendas del 1 y el 2 de noviembre, coincidiendo, de este modo, con los días en los que los antiguos celtas evocaban el fin de la temporada de cosechas con el Samhain, antecedente del Halloween anglosajón.

En nuestra cultura mediterránea, se aprovechan estos momentos para honrar a los difuntos en los cementerios, llevándoles flores y cirios y adecentándoles sus nichos o panteones. En torno a ellos se reúnen familiares y amigos que, a lo mejor, sólo coinciden en esas datas.

En este rincón del Sureste, en el que esta harpía desencantada tiene su nido, para las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos se suelen comer dulces como los huesos de santo, arrope y calabazate, tan deliciosos como empachosos. Del mismo modo, existen agrupaciones de músicos no profesionales, con clara raigambre popular, que se reúnen para fechas señaladas y tocan música tradicional que bebe directamente del folklore del Sureste. Se conocen como Cuadrillas de Ánimas y se mantienen en entornos rurales. Estas cuadrillas suelen acudir a los cementerios y cantar tanto en la misa de difuntos como ante las tumbas de los cofrades recientemente fallecidos.

La última tradición que recuerdo, vinculada a lo hasta aquí tratado, es acudir a un teatro a disfrutar con los versos de José Zorrilla y su Don Juan Tenorio. Me consta que también se representa en plazas y calles de ciudades históricas e incluso en algún camposanto.

Los afortunados confiesan que nada mejor que deleitarse también escuchando el Don Giovanni de Mozart, manjar no al alcance ni del gusto de todos.

Triste, constato cómo estas entrañables tradiciones van quedando, como digo, relegadas a un sector cada vez más anciano de la sociedad y que la juventud e infancia las van postergando en beneficio de unos ritos radicalmente extraños como el susodicho Halloween.

Ya he confesado más de una vez que los dioses me han condenado a ser una harpía renegona y escéptica, haciendo que mis pechos compitan con los de la duquesa en besar el suelo y mi cintura con el muñeco de Michelín en lucir lorzas. No obstante, loados sean por ello, me han bendecido ofrendándome unos allegados fuera de lo común.

Los tengo bien aleccionados de lo difícil y fatigoso que es ir contra corriente en una sociedad consumista y tan obtusa como en la que tienen que vivir. Les he ilustrado en que, si tienen personalidad y criterio propios, corren el riesgo de que los encasillen como extravagantes o estrafalarios, de que los demás, que ignoran los que significan los dos vocablos anteriores, echen mano de su torpe dominio del inglés y los motejen, simplemente, como ‘freaks’. Les he instruido en que no tienen que leer más allá del Marca, poniéndoles como ejemplo al probo Rajoy, que lo usa como lectura de cabecera y ha llegado a presidente de toda una nación. Total, para joder a un país no se necesita ser leído.

Les he instado a que se limiten a ver fútbol, a imitar en sus peinados y tatuajes a niñatos como Ronaldo o Messi, a hablar a todas horas de si el primero la mete más que el segundo. Les he animado a empaparse de la basura nacional en Telecinco y en los programas cutres de otras cadenas.

Ni caso. Aparte del Marca, devoran cualquier libro interesante que caiga en sus garras, desde cómics hasta ensayos de divulgación histórica. Abominan de los espectáculos del corazón estercolero y se enganchan a series y a programas de debates políticos o sociales. Osan, en su obcecación, ver películas de cine clásico, aun estando en blanco y negro o siendo mudas (cuales Casablanca, a la que veneran, o Nosferatu), para escándalo y mofa de algunos de sus coetáneos. Quieren comprometerse con la sociedad y el entorno que los rodean, afiliándose a los ‘scouts’ y a otros movimientos sociales.

En resumen, ambos son unos antisistemas, un peligro para la España de putas, camareros y chorizos (todos bilingües, ojo) que Merkel, Rajoy y Wert desean forjar.

Hace unos años, cuando tenían 13 y 9 respectivamente, estábamos cenando en la noche previa a la de Todos los Santos. Unas criaturas, disfrazadas de fantasmones, llamaron al interfono amenazando con algo así como “truco o trato” El mayor, que se había levantado a contestar, les respondió con mucha educación: “Cuando en Estados Unidos celebren el Bando de la Huerta, en esta casa celebraremos Halloween”. El pequeño apoyó a su hermano enfatizando aún más su respuesta.

En la cena, ambos continuaron discutiendo sobre si en sus colegios o institutos, impulsados por sus profesores de inglés, se llenaban pasillos con exposiciones de lápidas y esqueletos, sobre si las calles se llenaban de brujas y esperpentos esa noche, sobre si algunos de sus compañeros, menores de edad, quedaban con sus colegas para hacer botellón y emborracharse aprovechando esta excusa.

Su conversación se fue tornando acerca de si, en su tierra, el Bando de la Huerta, que nació como un homenaje a las raíces agrícolas de nuestra ciudad, había degenerado en un macrobotellón semiorgiástico, en el que se consumen hectolitros de alcohol, se destrozan y empuercan plazas y jardines y acaban zagales de poco más de doce años atendidos por comas etílicos. Eso sí: todos vestidos de huertano. Criticaban a aquellos camaradas que, semanas antes, alardeaban en los pasillos del instituto diciendo que tenían el riñón preparado para el Bando. Defendían que eso no debía ser el Bando de la Huerta. Que lo que se debía homenajear era la forma de encarar el devenir que nos habían transmitido nuestros mayores, mediante la vida sencilla y en armonía con la naturaleza del huertano.

No recuerdo cómo, pero la cosa degeneró en que, para protestar por ambas cosas, el Halloween y la degeneración del Bando, ellos iban a empezar a celebrar el Huertaween. Se vistieron de huertanos, salieron a competir con los imitadores de lo anglosajón e intentar “huertanizarlos”.

Han pasado cuatro años. Cada noche del 31 de octubre se embuten su traje huertano y se lanzan a las calles, pidiendo o amenazando (lo ignoro) con “parranda o limones: si no me das un puñado de limones, te canto una parranda”. Ambos tienen una voz de grajo, como la mía, por lo que sus víctimas prefieren darles los limones a escucharles cantar. Cuando los ven así, algunos se burlan de ellos, e incluso determinadas pandillas monstruosas los han perseguido a cantazos o a limonazos. Pero ya han reclutado un trío de acólitos, que no atreviéndose a vestir aún el traje tradicional, los secundan en sus rondas defendiendo nuestra esencia.

Así que, en mi entorno, lo que se celebra para las vísperas de Difuntos es Huertaween. Lo cierto es que no sé si sentirme orgulloso o culpable de tener a unos allegados tales. Lo mismo que me ocurre al encontrarme con alumnos que piensan ‘per se’ y son capaces de no escuchar los cantos de sirena que les marcan las modas estúpidas y vacías.

1 comentario

  • Responder noviembre 20, 2014

    Pablo

    La asimilación de cierta cultura en detrimento de otra, aunque sea algo triste, también es algo más o menos inevitable donde hay comunicación entre dos culturas diferentes, ¿no? Precisamente el ejemplo de los romanos viene muy a colación. ¿Acaso cuando España empezó a ser dominada por los visigodos no debió de haber gente que lamentase el que ya no se adorase a Júpiter y a Venus? ¿La invasión española cristiana de América no hizo que desaparecieran culturas y costumbres milenarias?

    Afortunadamente, hoy en día los contactos interculturales suelen (suelen) ser menos destructivos. Pero, inevitablemente, las costumbres con más “personalidad” (pueden ser las más divertidas, las más atractivas, las más X) se van a acabar imponiendo a costumbres de las que la gente tal vez esté un poco cansada. Eso es inevitable. Y no me parece necesariamente que sea malo.

    No significa que olvidemos de dónde venimos, ni mucho menos. Ahí está la Historia para que la estudiemos, nunca la olvidemos, y comprendamos quiénes somos y de dónde venimos. Pero si unos pueblos van asimilando las costumbres de otros, y eso significa que poco a poco, y de forma siempre pacífica, la humanidad se vaya entendiendo mejor, lo veo incluso como una evolución muy positiva.

    Y no todo está siendo desaparición de la cultura española. Valga por ejemplo, que en muchos países occidentales se han instalado los bares de tapas. Por no hablar de la música y bailes latinos. Nuestra cultura también se exporta. ;-)

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