Enrique Villén, ¿actor de soporte?

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Enrique Villén, actor

Solo. Tocado con un gorro humillante. Hundido ante una botella de brandy. Del barato. Consciente de ser un miserable. De haber obrado como tal. Sabedor de que no vas a ahogar tus penas bebiendo. De que, como tantas veces te machacaba tu madre, éstas saben nadar. Pero, aun así, vas a seguir bebiendo. Lo necesitas. O no.

Hay que ser un actor colosal para decir tantas cosas sin pronunciar una palabra. Sólo con tu rostro. Con tu cuerpo todo. Con tu respiración. Repitiéndolo una y mil veces si hiciera falta. Ajeno a la veintena larga de ojos que te escudriñan inmisericordes, pendientes del encuadre, de la luz.

Tales pensamientos me asaltaban mientras lo observaba a través de la cámara que manipulaba Dani, supervisado por Colombo, bajo la dirección de David Perea.

Cuando Perea me comentó que, para su largometraje Las aventuras de Moriana (bien entrado ya en su fase de montaje), había contado como uno de los protagonistas con Enrique Villén, despistado como soy y con nula capacidad para asociar rostros con nombres, me quedé igual: no me sonaba de nada el susodicho. Fue enseñarme algunas imágenes suyas y al instante descabalgué de mi ignorancia. Por supuesto que lo conocía: lo había visto decenas de veces en el cine, en la televisión. ¿Cómo era posible que no me hubiera sonado de nada su nombre?

La respuesta me la dio el propio Villén, cuando le dije que me recomendara algunas de las películas en las que había intervenido, a fin de poder documentarme sobre él.  “No sé si te merece la pena tanto trabajo: sólo soy un actor de soporte”. Su humildad, su sencillez, pero, sobre todo, la humanidad con la que se relacionaba con el resto del equipo me ratificaron en la idea de dedicarle uno de mis artículos.

Actor de soporte. Secundario. O de reparto. Esos actores cuyos nombres no encabezan ninguna cartelera, pero que, con mucha frecuencia, eclipsan a los protagonistas, que hacen inolvidable a una producción, precisamente porque ellos aparecen allí.

Abruma echar un vistazo a la filmografía de Villén: más de cuarenta largometrajes y otras tantas apariciones en televisión, a pesar de su, dicen, “tardía” vocación, pues comenzó como monologuista y hombre espectáculo a los dieciséis años. Ha trabajado con directores tales como Vicente Aranda, Gracia Querejeta, Santiago Segura y, en especial, Fernando León de Aranoa, que fio su musa tres veces a Villén, Álex de la Iglesia, capaz de hacerlo brillar hasta en cinco filmes y del cual el actor se ha convertido en un efectivo puntal, y José Luis Garci, que confió en la versatilidad del actor madrileño también en cinco ocasiones.

Ha sido nominado tres veces para recibir el Premio al Mejor Actor de Reparto, una para los Goya y dos por sus colegas de la Unión de Actores. Ha producido, incluso, algunos cortometrajes y anuncios con alta carga de compromiso social.

A Villén lo han encasillado en el rol de hombre fracasado, anodino. Ese tipo al que ves a diario en el bar de tu barrio. Acodado en la barra ante una copa de coñac barato. Siempre solo. Sin hablar con nadie a no ser consigo mismo.  Ese tío al que ves en su rincón habitual mientras te tomas la última antes de irte a casa de tus suegros para aguantar las pullas de tu suegra y las soflamas del pelmazo de tu cuñado en Nochebuena. Indiferente a si aquel tío va a cenar solo esa noche o a si se ha pedido trabajar ese turno en su anodina empresa.

Pero, al mismo tiempo, es esa persona que te invitará a una caña y brindará contigo a distancia cuando te vea derrotado el día en el que te despida el capullo de tu jefe. Ese hombre que te palmeará la espalda al despedirse, como si quisiera darte fuerzas para acudir a casa y confesar a los tuyos tu despido. Ese tipo del que no sabes ni su nombre. Al que piensas devolver la invitación mañana y preguntarle cómo se llama. Propósito que se te olvidará tan pronto salgas a la calle.

Villén es actor honesto, que pone las asaduras en su tarea, sin importarle el protagonismo o no de su personaje. Que es capaz de hacer multicolor un papel que sobre el guion parecía gris. Que respeta su trabajo porque se respeta a sí mismo y, por encima de todo, al espectador. Que se implica a fondo en un proyecto, sin tener en cuenta si es de un director consagrado o de uno novel, tan sólo porque su intuición, su coherencia le susurran que el proyecto es bueno y que ha de vaciarse en él.

El cine español y la gente de bien que se siente orgullosa de su cultura y la valora en su justa medida tienen mucho que agradecer a León de Aranoa, a Garci y a De la Iglesia. Yo, por mi parte, les agradezco además que hayan confiado una y otra vez en Enrique Villén, en su convicción de que éste resolverá con solvencia el papel que le asignen, que les hará ver diamantes donde ellos pensaban que sólo tenían carbón. Tal y como ha demostrado el polifacético actor, por ejemplo, regalando al espectador desternillantes momentos en su actuación como genial “tarado” en Las brujas de Zugarramurdi, en la que escolta a la fastuosa Terele Pávez, quien consiguiera un Goya con esta película.

Por cierto, Pávez comparte cartel con Villén en el nuevo producto de Perea, Las Aventuras de Moriana. En el que el madrileño ha sido obsequiado por el director y guionista con un papel “bombón”, donde demuestra a los escépticos el inmenso talento que circula por sus arterias.

Sí, puede que Villén sólo sea un actor de soporte. Bendito sea por ello. Actores como él hacen aún más grande nuestro cine.

2 comentarios

  • Responder enero 15, 2015

    Alonso Posadas

    Gran sensibilidad, Arístides, al dedicar un artículo como este a un hombre como él. Te felicito y, por razones personales, te lo agradezco.

    • Agradezco mucho tus palabras. Creo que es de justicia homenajear a un actor fundamental en nuestro cine como es Villén. Sólo espero que le dejen seguir mostrando su inmenso talento.
      Un saludo.

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