La soledad del viajante

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viajantes de comercio

Uno, que ya tiene la mochila cargada de años, recuerda con nostalgia la juventud de aquellos difíciles en los que, en la empresa entonces de mi padre, cogía el muestrario (“mostruario”, decían en Novelda los viajantes), cargado de temores y a la vez de osadía, el coche y, con un alarde de temeridad, me adentraba por las angostas carreteras, vencido de tristeza, para embarcarme en unos viajes que duraban mes y medio en busca de clientes a quienes seducir con nuestros productos. Éramos la prolongación física de la empresa. Solos y ante el peligro.

Yo empecé con diecinueve añitos, ingenuo y pipiolo hasta en el DNI. Mi padre, ahí sí fui un afortunado, me compró un miércoles un Mini, allá por 1969, me dio las llaves, el muestrario y me dijo: “El lunes te vas de viaje a hacer la ruta de Cádiz”. Las dietas, benditas dietas, apenas eran trescientas pesetas, y con ellas debía comer, dormir y poner carburante al coche durante la larguísima e interminable semana. Bien es cierto que la gasolina, porque entonces los coches eran de gasolina, tenía un coste que no llegaba a las ocho pesetas el litro; y las pensiones, aquellas pensiones atiborradas de viajantes, maduros, curtidos, con el surco que dan los años y el esfuerzo, donde cenabas y dormías, si acaso costaban veinte o treinta pesetas. El baño estaba en un pasillo, compartido, y siempre, siempre, había alguien delante. Una odisea, el conjunto.

La ruta de Cádiz tenía su inicio en Cartagena, donde hacías noche, y finalizaba en Granada, ya de regreso. Se aprovechaba todo. Cualquier pueblecito era motivo de parada y visitas. Si vendías, bien. Si no, a por el siguiente pueblo y con el rabo entre las piernas. Y así, mes y medio. Muy duro. Pero aquello me endureció, me formó, pues la vida está llena de asperezas. Los viernes, ineludiblemente, ponías un telegrama a la empresa: “Manden fondos a Antequera”. Y el sábado, porque entonces los sábados se trabajaba, ibas con tu DNI a lista de telégrafos y allí, previa lógica presentación documentaria, te entregaban las trescientas pesetas solicitadas en auxilio de permanencia para la semana entrante. Todo un mágico ritual. Así casi dos meses; lo que duraba entonces una ruta cualquiera.

Hoy, que viajo con mi mujer, y sólo de lunes a viernes, no me explico cómo se podían aguantar semejantes achuchones. De modo que, tirando de galones, elijo mi ruta, Sevilla, donde ya hace cuarenta años que visito, ciudad y cuyo aliento quiero como míos. Allí ya no son clientes, sino amigos. Y allí, en mi Sevilla, regada con el agua de los años, he hecho un gran amigo. Confidente, sincero, eterno… de los que sabes que nunca te van a fallar, engañar o traicionar.

Hoy ya nada es como entonces, afortunada o lamentablemente. Ni yo lo sé. Entonces no existían los estresantes móviles; los problemas parecían menores, porque se dilataban con el tiempo y la burocracia. Nada sonaba a urgente.

Pero un servidor, gracias a aquellos viajes infinitos, conoce toda España, mi querida España, como cantaba la inolvidable Cecilia. Todas, absolutamente todas las capitales de nuestra piel de toro visité, conocí y aprendí a amar.

Los pedidos, si los hacías, se enviaban por correo ordinario. Tardaban sus dos o tres días en llegar a destino, a la empresa, y allí se tramitaban. Nos daban unos sobres, con la dirección de la empresa ya timbrada. Se llamaban “sobres de retorno”. Allí, diariamente los llenabas, si los hacías, con los pedidos del día y previo pegado de su sello, y los enviabas a la empresa. Todo un ritual. En ese casi mágico sobre estaba todo el sudor y el esfuerzo del día.

Pero estabas solo, muy solo. Yo, un crío en mis comienzos, veía en aquellos solemnes viajantes la severidad de la vida, la constancia, y la rudeza de quien transita jornadas con apenas una foto como recuerdo de una familia que le espera. He de reconocer que me impresionaban. Pero no quería parecerme a ellos. La soledad es muy mala compañera y, no es raro, por inercia, mala consejera. No digo en todos los viajantes, Dios me libre; pero en cierto modo, muchos de ellos eran carne de cañón, recién arrancado su coche. La soledad esconde peligros a cada recodo del viaje, sobre todo si son largos y si ni el frío del alma que se siente como navajazos se apacigua con leche templada. Unos, quizá la mayoría, salían indemnes, pero otros no. Y su gastado rostro los delataba, con sus ojos rojizos y su voz cascada. Eran, junto a los camioneros, los auténticos forzados de la carretera.

Hoy, afortunadamente, son una especie en extinción. O extinguida. Ya no existen esos viajes interminables, esas soledades largas huérfanas de abrazos. Todo ha cambiado, todo. Hasta yo mismo. De modo que disculpen, hoy no me apetecía comentar nada de política. Sí de recuerdos. Quizá sea el retrovisor de mi coche, que cada vez más tercamente, por la edad, me refleje más lo que voy dejando atrás, que lo que me espera… En definitiva, esto no es más que pura nostalgia.

2 comentarios

  • Responder junio 1, 2015

    Maolico

    Unos años antes de su primera experiencia yo tuve la mía: viajar con un muestrario de confección (dos baúles con perchas y las ropas colgadas), pero sin coche. Lo hacía en autobuses de línea o trenes, siendo los mozos de estación quienes llevaban los baúles a las fondas mientras yo concertaba las citas con los clientes. Y luego iban trasladando los baúles de tienda en tienda.

    Eso sí, yo volvía los sábados a casa, de modo que no sentía esa soledad tan grande. Cuando más la sentí fue en los primeros 70 al recorrer pueblos andaluces y extremeños casi vacíos por las emigraciones: calles enteras deshabitadas y alguna vieja que cerraba la puerta si me acercaba a preguntar dónde vivía el médico (entonces trabajaba para un laboratorio farmacéutico).

    Pero he disfrutado mucho viviendo de las ventas, por las relaciones humanas, conversaciones en salas de espera que me han hecho aprender cosas que no se aprenden en las aulas, etc…

    Salud, colega.

  • Responder junio 2, 2015

    Wifredo Rizo

    Hola, Maolico.

    Gracias por compartir tus vivencias. Yo, como supongo que tú, aprendí muchísimo en mis viajes.
    Esa experiencia, aunque dura, es irrepetible.

    Un saludo,

    Wifredo

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