Cuidado, mucho cuidado

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incumplimiento del programa electoral

Cuidado, sí, mucho cuidado. La democracia conlleva la voluntad del pueblo, del ciudadano sobre la voluntad de la minoría poderosa. En España o en cualquier país de esta Europa ultracapitalista no gobierna, lamentablemente, el pueblo. Gobierna, nos guste o no, una minoría. La otra tarde, en mi paseo vespertino, escuchando una emisora, me impresionaron las palabras de un conocido periodista: “España está gobernada por una minoría: algunos del Gobierno y, principalmente, los presidentes de las empresas del Ibex 35”.

Juan Rosell, catalán y presidente de la CEOE, tiene una extraña propensión a decir inconvenientes. Y tras las enormes tonterías que hemos tenido que escuchar sobre el 24 de mayo, eché en falta alguna más suya. Vistos los resultados e inquieto por el cambio político que sentenciaron las urnas el domingo, Rosell conminó a los partidos a que olvidaran sus programas, ya que una cosa son las campañas electorales, y otra muy diferente, sentarte en la poltrona y comenzar a gobernar.

Dentro de las habituales incongruencias de este señor, algo de razón mueve. Lo que ocurre es que hay cosas que no se pueden despachar con ese desparpajo. Sobre todo, últimamente en España, donde ya comenzamos, por fortuna, a exigir que se cumplan, que puede salir bastante caro no hacerlo. Que le pregunten si no a Zapatero, que siguiendo voluntades de Angela Merkel, se condenó a sí mismo a los infiernos cuando, en mayo de 2010, se avino a hacer lo que había prometido no hacer nunca. O a Rajoy, que en la campaña previa a las elecciones generales de 2011 juró y rejuró cosas que luego le faltó tiempo para enmendar, so pretexto de una herencia recibida que ha usado como justificación de todos sus incumplimientos.

Zapatero, pese a su declarado y manifiesto izquierdismo, no tuvo más remedio que sucumbir a las presiones de Angela Merkel y de los numerosos burócratas, bien pagados, cómo no, de Bruselas, e inició el mal camino de los recortes. En las urnas, terriblemente implacables, y en justo pago a su desatino, los socialistas perdieron casi todo el poder territorial que tenían y, poco después, obtuvieron los peores resultados de su historia en unas elecciones generales. El pobre Rubalcaba tuvo que inmolarse como víctima propiciatoria. Políticamente, el bueno de Rubalcaba ha pasado a mejor vida política. Rajoy, que prometió no tocar los gastos sociales ni subir los impuestos y otras muchas cosas más, hizo luego mangas y capirotes de sus promesas. Y los ciudadanos, claro está, no han tardado en pasarle factura.

En noviembre o diciembre, cuando tengan a bien convocar nuevas elecciones generales, Rajoy y su tropelía también pasarán a mejor vida política, y es que el ciudadano calla, obedece, protesta, pero no olvida. Siempre espera, ávida, su justa venganza.

Ahora, a Rosell, fiel a sus desatinos, no se le ocurre nada mejor que aconsejar a los partidos (se entiende que, sobre todo, a Podemos y a sus plataformas municipales) que se olviden de sus programas y gobiernen como convenga a las circunstancias. Como si estuvieran nutridos por esos políticos al uso que utilizan sus compromisos para engatusar a los electores y, antes incluso de tomar posesión, se olvidan de ellos para siempre. Yo no sé si harán caso a Rosell, aunque lo dudo. Y, en cualquier caso, no se lo recomiendo en absoluto, porque los ciudadanos (la mayoría de los ciudadanos) estamos hasta el mismísimo moño de que nos tomen el pelo.

Tierno Galván, el eterno recordado alcalde de Madrid, máxime ahora con tanta mediocridad, en asuntos políticos rozaba peligrosamente el cinismo. Los programas electorales, decía, están para no cumplirlos, y puede que su porción de razón atesorara, pero quienes han vibrado de emoción con Pablo Iglesias, con Manuela Carmena o con Ada Colau esperan, con una ingenuidad infantil, que no sea así. La gente no es inconsciente y sabe que el cielo no se puede asaltar a las primeras de cambio. Sobre todo, cuando los problemas van a llegar en avalancha y seguramente serán cicateros los apoyos. Lo que no parece probable es que esa misma gente esté dispuesta a aceptar sin más una nueva decepción. Ya llevan muchas.

Ni la OCDE, ni los empresarios del Ibex 35 ni aquellos que llevan su opaco dinero al paraíso de Suiza o de las Islas Caimán lo van a consentir. Les ha costado mucho ganarlo o robarlo como para empezar con espesas declaraciones o intensos seguimientos como serán los sabuesos que les pondrían. Esta imposición capitalista puede generar un altísimo grado de frustración de consecuencias imprevisibles.

Cuidado, mucho cuidado, que no os van a dejar. Las baterías ya os apuntan. Haría falta mucha decencia y regeneración para hacer posible tanta dulce y necesaria utopía.

1 comentario

  • Responder agosto 1, 2015

    Víctor

    Uno acaba hasta las pelotas cuando, durante los últimos 4 años, le gobierna un partido podrido hasta los cimientos. Partido que, para más inri, aprueba una ley que fomenta el enjaulamiento de la expresión pública en las redes y cuyo máximo responsable es, a mi modo de ver, un monigote que se esconde de toda pregunta incómoda.

    Ante este dichoso panorama, no veo otra mejor salida que la que plantea Podemos. ¿Su discurso es utópico? Sin duda. ¿Cumplirán todo el programa? Probablemente no (no porque no quieran, sino porque no creo que puedan). ¿Nos hundirá en la mierda? Ya estamos sumidos en ella. Pero es, como mínimo, el partido a quien he oído hablar con más propiedad.

    Puede que la eficiente comunicación sea la nueva arma en esta nueva era política, que con ella se pueda manipular al ciudadano, pero la antigua arma, la de las mentiras, esa ya caducó.

    Un saludo y gracias por tu artículo!

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