Doña Esperanza y los pobres

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esperanza aguirre

Sí, vengo de pasar unos más que agradables días en la capital de reino, en Madrid, con motivo de mi esperada y deseada jubilación. Son ya cuarenta y seis años de servicio a nuestra empresa y, de rebote, a nuestra España, merecedores de un descanso. No sé si sabrán ustedes que soy empresario y que esta fatal condición no se abandona nunca. Dejaré el pie del cañón y de encender la mecha para dedicarme a otros menesteres empresariales más dulces y contemplativos. Pero vamos a lo que vamos, que enseguida se me va el santo al cielo.

Como les decía, vengo de Madrid y observo que, aunque no esté de recibo decirlo, una de las cosas que más molestan en la ilustre capital son los pobres. Allí no se puede ser pobre. Te paseas por la magna Gran Vía, con sus ciento quince años de historia, y ves, como en Pekín, a mucha gente con mascarillas, y como soy de pueblo, pregunto el motivo. Los niveles estratosféricos de contaminación ambiental, según me dijo un joven agente, grande como un armario y con la dichosa mascarilla. “Es que paso muchas horas aquí”, me dijo, y el nivel de contaminación es extremadamente peligroso. Pero eso no merece la atención de sus autoridades, como tampoco la contaminación acústica, insoportable, ni los pólenes alergénicos, ni los árboles kamikaze ni el caos de sus aceras.

Doña Esperanza, su candidata a alcaldesa, no quiere pobres en Madrid; ella es más de aparcar el coche donde le apetece y de pasarse la ley por el forro. Dice que fue a sacar un dinero de un cajero de la Gran Vía. Imagínense un pobre durmiendo junto al cajero… Insoportable. Y lo que todos hemos visto en imágenes en la televisión, ella lo niega con cándida levedad y no pasa nada. La acusación se archiva, y a ella, su partido la premia con la condición de candidata a alcaldesa.

Y tenemos a las familias desahuciadas a mayor gloria de Bankia, de Rato, de Blesa y de sus tarjetas opacas, y a los inmigrantes, sin trabajo, durmiendo y paseando su miseria por las calles de Madrid, que la están llenando, según su aspirante a alcaldesa, de vagabundos que enturbian el ambiente. Más, si cabe, que la polución. La solución, como siempre, será privatizar a los indigentes, alojarlos en casa al estilo de aquella gloriosa película de Berlanga, Plácido, en la que se invitaba a casa a un pobre por Navidad. Aunque en la mesa, el pobre resulte algo más duro e indigesto que el pavo, tiene la ventaja de que fomenta el espíritu cristiano, ese mismo que predica la pobreza y luego se da la vida padre, la vida hijo y la vida Espíritu Santo en un ático de unos millones de nada. ¿O no, Monseñor Rouco Varela? Reparar las almas requiere sosiego, buen asiento y cómoda meditación.

No hay que acabar con la pobreza, sino con los pobres. Muy cristiano, como se ve. Dijo nuestra querida señora que son “una mafia” que estropea la plácida vista madrileña. Además, todos sucios, ellos, una vista molesta que está ahí por gusto. Como dijo, una mafia que duerme al raso por puro placer.

Carmona, otro aspirante a alcalde, lo tiene muy complicado para superar este audaz eslogan de “Limpia Madrid”. Ya puede marcarse unos chotis o cantar en inglés una de Bob Dylan con la eterna María Teresa Campos en su Qué tiempo tan feliz, que no tiene nada que hacer frente a Esperanza. Esta es mucha Esperanza con su limpieza étnica. Qué cosas hacen los políticos en plena campaña…

Y hay otro asunto que, según doña Esperanza, ahuyenta mucho el turismo: las manifestaciones callejeras. Pero no todas; las bonitas que limpian y dan esplendor son las que convoca la Conferencia Episcopal para protestar contra la ley del aborto o contra la educación pública. Como en todo, doña Esperanza quiere para su Madrid “manifestaciones privadas”, que en las públicas se pueden colar antisistemas indeseables. En las privadas está todo más controladito.

Es un poco cansino este afán de privatizarlo todo en una señora que lleva toda la vida viviendo a todo trapo del dinero público. Aunque ella lo compensa reclutando  a ladrones cinco estrellas para que lo público vuelva a ser privado. Granados, cada vez que inauguraba un colegio público, se llevaba a su casa el patio y el comedor en concepto de comisión.

Hay que reconocer, ahora ya completamente en serio, que quien vote a esta señora debe hacérselo mirar. Ese  más del treinta por ciento de madrileños que, según las encuestas, le van a regalar su voto deben de tener algún problema serio. Algo tiene doña Esperanza que en las encuestas dobla a Carmona.

Carmona, espabila, hijo, que te quedas sin pobres y sin Alcaldía.

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