Proceso de revelado: Caídos por la patria

0 Shares 0 Shares ×

Cataluña, Catalunya, Artur Mas

A la izquierda, Pujol; a la derecha, el patíbulo. Si bien la posición es paradójica para Pujol, más cómodo en la derecha, supongo que el patíbulo no tendrá queja. Nada puede ser más simbólico. Si se fijan bien en los detalles, el ex presidente catalán parece tener las manos atadas a la espalda; lo que en su posición inicial era una pose de tranquilo paseo, ahora es la postura del ajusticiado. Del paseo al paseíllo, despeñado de su pedestal, que fue Cataluña y que ahora es el cadalso, sostenido como todos los nacionalismos por su bandera; cuatro sólidos pilares metálicos, las cuatro barras rojas de la ‘senyera’.

Me entran ganas de tomarle el pulso al cadáver de bronce. No cabe preguntarse si estará frío; lo contrario sería lo inquietante. La escena tiene la magia de lo prohibido, parecemos espectadores furtivos, llegados antes de hora. El día está nublado, los árboles se agitan con el viento. Todo contrasta con la quietud brutal de un cuerpo derribado, como si hubiera algo más detrás. Quizá sea el vendaval soberanista y la cerrazón del Gobierno, que todavía se pregunta cómo hemos llegado hasta aquí: el ‘molt honorable’, entre los padres de la Transición, que son intocables hasta que se tocan, el eterno socio de gobierno de González y de Aznar; de hablar catalán en la intimidad a no hablar catalán en absoluto.

El ajusticiamiento del Pujol de carne y hueso no ha sido un acto vandálico, pero tampoco ha sido un acto de justicia sin más. Ha sido un acto político en el momento oportuno. Aquello que dicen muchos compañeros periodistas, tan amigos de los lugares comunes: “Un torpedo en la línea de flotación” de lo que sea, en este caso, en la línea de flotación de CIU. Los negocios y la turbia fortuna de Pujol ya se conocían, pero interesaba tenerlo contento, porque ayudaba a contener las ansias de los más soberanistas, tenía influencia. Sin embargo, los tiempos cambian, la influencia mengua y los ánimos se encienden. No hay tiempo que perder. Ya se lo dijo Jorge Moragas a la ex novia de Jordi Pujol Ferrusola: “Si dieses una entrevista y lo contases todo, salvarías a España y yo te haría un monumento”.

Porque de eso va la cosa, de salvar a España a toda costa en lugar de intentar comprenderla en su complejidad. También va de hacer monumentos y de derribarlos, de cambiar al tipo del pedestal y luego ajusticiarlo un día ventoso y nublado. Ajusticiarlo por lo que ya sabían, pero se callaban. Después la cosa irá de lo mucho que salpica el cadáver al caer y de que salpique a Artur Mas, a ser posible. Se intentará, aunque haya que lanzarle el barro por la espalda. Mientras tanto, él ya se ve en el pedestal vacante, cegado por su ego de padre de la nación.

Si yo fuera Mas, iría preguntándole a Pujol hasta qué punto el césped mitiga la caída.

Nacho Carratalá

Periodista de formación, incansable aspirante a escritor, inventor de la verdad absoluta y de la mentira relativa. Juntaletras vocacional, al fin y al cabo.

Sé el primero en escribir un comentario