Traficantes de almas

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Atentado, terrorismo, Kalashnikov

Hay veces que el respeto a ciertas creencias es una estupidez, sobre todo cuando la creencias son estúpidas, y el respeto, un eufemismo de autocensura. Lo que ha pasado en la redacción de Charlie Hebdo poco o nada tiene que ver con el islam, pero sí con la degradación de la religión en general. Porque esos asesinos no representan a la religión que dicen profesar, sino a un estado de animalidad común a todas las religiones; una minoría que se aleja de la espiritualidad y se hunde en lo más instintivo: el odio a los que ven más allá de lo que no puede verse, o lo que es lo mismo, el odio a la libertad, pues la libertad es la forma más esencial de la verdad; el único camino para alcanzar el conocimiento.

El islam es lo secundario y la animalidad es el extremismo. Un extremismo religioso, sí, pero también político cuando la religión se mezcla con la política y, más aún, cuando la política se transforma en religión. También cuando el fútbol se convierte en doctrina, incluso cuando ocurre con un cantante o un actor. Se entra entonces en una comunidad regida por normas estúpidas basadas en idioteces, todo ello de obligado cumplimiento y cierto por narices. Por eso hay que matar a los que dudan, porque con sus interrogantes desnudan la fragilidad de los dogmas. Los que hayan visto que las columnas de mármol son palillos venidos a más, los que sepan que el paraíso no es más que un dibujo pintado en un techo muy alto, aquellos que se atrevan a mirar más allá de lo cierto, los que griten la verdad, esos serán asesinados, porque a nadie le gusta que le descubran lo estúpido e ignorante que es. Toda una vida dedicada a la servidumbre y la endogamia del pensamiento.

Me había dicho a mí mismo: “Atempérate, deja pasar varios días antes de escribir lo que tengas que escribir”. Pero no he podido. Espero que en mis palabras no se lea un odio a la religión, porque no existe. Mi odio es a la degeneración de las religiones, al propio sistema enfermo que las rige y a sus dirigentes, que no son otra cosa que traficantes de almas. La religión es algo demasiado personal como para necesitar normas de comportamiento. Hasta los más recelosos nos hemos visto tentados por el pensamiento mágico. Es humano, es sano y nos lleva a lugares que no podemos tocar. También nos entretiene, debatiendo con nosotros mismos su existencia, o negándola. Nos hace creer en lo que no existe y, por tanto, consigue que lo hagamos existir. Nos hace creadores, sea eso lo que sea.

Desde luego, eso hacían los compañeros de Charlie Hebdo; creaban a golpe de trazo y con las palabras contadas que caben en las viñetas. Esas palabras que no son dogmas, que no son de obligado cumplimiento. Palabras compartidas, difundidas, escritas para hacer pensar. Pensamientos sin fronteras. Dibujos para caricaturizar la realidad. En nuestra voluntad queda hoy compartir esas palabras, difundirlas ahora que nos manchan las manos; escribir para que otros piensen. Sin fronteras. Y hacerlo antes de que la sátira pierda el alma, antes de que la realidad convierta al periodismo en una caricatura. Algo de aspecto tan verdadero que solo pueda ser mentira.

‘Nous sommes tous Charlie’.

Nacho Carratalá

Periodista de formación, incansable aspirante a escritor, inventor de la verdad absoluta y de la mentira relativa. Juntaletras vocacional, al fin y al cabo.

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